Equidistancia

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La inteligencia artificial nos resulta inquietante porque es capaz de acceder de forma instantánea a toda la información, en forma de datos, en cualquier parte. Lo demás es capacidad de computación y algoritmos. Nuestros cerebros aislados no pueden competir. Por eso cuando las cámaras y el radar de un coche autónomo detectan un bulto en el asfalto a trescientos cincuenta metros, su algoritmo busca en la nube y de inmediato reconoce que se trata de una cría de conejo de angora de un kilo de peso, y como está censado con un chip subcutáneo, sabe a qué familia pertenece, filiación, color de pelo, fecha y lugar de nacimiento. Pero no te aflijas, a pesar de que te hayan inoculado el miedo las películas de ciencia ficción, las máquinas no tomarán el poder. Son incapaces de crear ficciones y creer en ellas. Ya te tengo escrito que la ficción es el motor de la historia, la argamasa que nos une a los humanos para cooperar. En 21 lecciones para el siglo XXI nos dice Yuval Noah Harari que: “somos los únicos mamíferos que podemos cooperar con otros extraños porque solo nosotros podemos inventar relatos de ficción, difundirlos y convencer a millones de personas para creer en ellos.” Ahí incluye desde la Biblia a Don Quijote de la Mancha, El Corán o Harry Potter.

Cosa distinta es que, anestesiados por el espejismo de la pantalla táctil del móvil, no veamos el caballo de Troya que llevamos en nuestros bolsillos. Algún día, poco antes del amanecer, se abrirá en canal su barriga y de sus tripas saldrá un ejército invisible que arrasará con los puestos de trabajo y jibarizará los salarios. Ya está pasando.

Lo que a mí me intriga y no cuenta Yuval es cómo se imponen y superponen unos relatos sobre otros. Sería interesante conocer qué elementos persuasivos o represivos posibilitaron que el Cristianismo barriera de un escobazo todos los dioses de Roma. Por qué el Corán se superpone a la Biblia. Qué factores posibilitaron que Don Quijote se convirtiera en el icono de la novela durante cinco siglos. O cómo fue que el Impresionismo se impuso a la Academia. Ya sé que hay historiadores que han estudiado de forma prolija qué acontecimientos y en qué contexto se sucedieron para que apareciera un nuevo relato y tapara al antagónico o, al menos, lo intercalara.  También sé que el márquetin no es más que un conjunto de técnicas para difundir un relato que se afiance en el imaginario popular y convenza a la gente. Pero en este proceso de asentar un relato frente a otro ya existente hay un elemento clave que, a veces, se nos olvida: la equidistancia.

Ahí tienes el independentismo catalán que en 2009 representaba el 13,9% de la población se triplicó en tres años hasta alcanzar el 34% en 2012. Dos años más tarde, en 2014, suponía ya el 48,5%. Ni los creadores de los anuncios de Coca-Cola soñarían nunca con unos índices de ventas tan altos en tan poco tiempo. Saben que sólo es posible si silencia al resto de marcas. Es decir, rompiendo la equidistancia. Cuando el relator del estado social y democrático de derecho que es España dejó de vender su relato en el nordeste de la península, los independentistas difundieron el proces a diestro y siniestro con armas y bagajes. Y es forzoso reconocer que como estrategas del márquetin y la publicidad son insuperables, no en vano es tierra de escritores, teatreros y grandes comunicadores. Por el contrario, los guionistas a este otro lado del Ebro son patéticos, en vez de llenarles las calles con lacitos rojigualdos van a la batalla perdida de desprender los amarillos de las farolas y de las verjas.

Guardar la equidistancia no está en el ADN de nuestros medios de comunicación. Ellos son más de trincheras. Los hay que abonan la audiencia subiendo el nivel de mentiras y exabruptos, así que el periodista está a la caza y captura del vitriolo para servírtelo en bandeja sin filtros ni matices. Los hay que son la voz de su amo. Y tanto los unos como los otros si el xenófobo Quim Torra tose se retrasmite a toda España, pero para ver en pantalla a Juan Vicente Herrera –pongo por caso- tiene que desplomarse el cimborrio bizantino de la catedral de Zamora y pillar debajo a toda la parroquia. Por eso en cualquier menú periodístico tienes que tragarte el relato indepe donde la realidad se amolda al discurso como cualquier dictadura que se precie o, comerte la ficción de una España donde todavía ondean las banderas victoriosas al ritmo alegre de la paz.

Hasta con Franco, que va a cumplir 43 años bajo tierra, las equidistancias mediáticas ne están ni se les espera. Aprueba el Parlamento, sin ningún voto en contra, exhumar la momia del dictador de ese mausoleo que es como una patada en la boca a la democracia y, en el momento en que el Gobierno siguiendo el mandato de los representantes del pueblo aprueba el decreto ley, nuestros medios se meten en un agujero de gusano y nos vuelven al No-Do. Entrevistas al nietísimo que amenaza al Gobierno sin que el periodista le señale sus desafueros, comparecencias de Asociaciones franquistas que se cagan en la democracia y propalan libelos en la mejor doctrina del fascio, señoras fachas salidas del Frente de juventudes que chupan cámara mientras echan bilis por la boca sazonada con unos pellizcos de odio.

Y no te cuento la caterva de plumillas que llevan semanas abonados a la nostalgia en el cenagal de la dictadura, lo que no sé es cómo se las arreglan tecleando con una sola mano porque es escuchar el nombre de su caudillo y se les extiende el brazo derecho, cara al sol.

J. Carlos

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