Liquidez

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Cualquier alteración de los accidentes en el mapa celeste en que navegamos a bordo de esta nave esférica llamada Tierra, tiende a quebrar el equilibrio de nuestras neuronas que se mueven como funambulistas en la cuerda floja de la existencia. Así las lunas nuevas y llenas avivan las mareas porque al estar en línea con el sol suman sus fuerzas de gravedad y tiran de la tierra y del agua; como esta última no es rígida se abomba. También se abomban nuestras neuronas y, durante esos ciclos, se nos desbordan las emociones. En nuestro hemisferio el verano es tórrido a pesar de que el flujo de fotones, ese cordón umbilical que nos une al útero del sol, debería radiar menos luz y calor porque el astro se encuentra más lejos de nosotros, pero sucede que nuestra nave tiene un ángulo de declinación y los rayos en verano nos caen a plomo. De resultas nuestras neuronas se calientan en demasía les entra la modorra y la ideas se licúan.

Sólo así se entiende que todos los medios hayan elevado a los altares el gesto gregario y estúpido de unos chavales que, en una piscina pública, se lanzaron al agua en camiseta desobedeciendo al socorrista, saltándose las normas y faltando a la más elemental higiene. Lo más insólito es que lo hicieron para solidarizarse con una persona transgénero, al parecer en proceso de cambio, que sentía pudor de bañarse con un cuerpo todavía en transformación. Supongo que mañana harán lo mismo con quien tenga una cicatriz que le afea una parte del cuerpo, o con aquel que se siente mal mostrando su prominente barriga cervecera. ¿Se solidarizarán también con los enfermos que sufren de incontinencias bañándose con ellos? A este paso veremos a las televisiones ensalzando ese mismo comportamiento cuando lo practiquen los devotos de religiones que exigen, para el baño público, tapar la mayor parte de la anatomía humana. Que el edil del ayuntamiento de Salinas de Alaña, Clemente Pérez, en vez de defender tanto el reglamento dictado por el Consistorio como la actuación del socorrista, se pusiera delante de la procesión de descerebrados y alegara que él hubiera hecho lo mismo dice muy poco de un gestor de lo público.

Mi apoyo y solidaridad a las personas que viven en un cuerpo físico con un género que no reconoce su propio cerebro. Abogo por su derecho al tratamiento físico y psicológico a costa del erario público. Creo que hemos de  seguir luchando contra la indigencia intelectual de las personas e instituciones que todavía les discriminan y conculcan sus derechos, contra quienes les insultan y les agreden, contra los que le faltan al respeto…  Pero también hay que luchar contra los que confundiendo el culo con las témporas pretenden compadecer a estas personas como si fueran menores de edad, otorgándoles el privilegio de saltarse la norma como un mero fuego de artificio que relumbra y al instante se extingue, mientras le niegan el derecho más elemental: ser un ciudadano con su amplio abanico de derechos y también de deberes. Ni más ni menos que cualquier otro ciudadano.

Ya te digo que este tiempo de sopor produce atonía hasta en los cerebros más privilegiados. Este domingo en su página de El País, Piedra de Toque, Mario Vargas Llosa se preguntaba si no sería justo respetar la voluntad de Patricia Aguilar, la chica ilicitana que sufrió un “secuestro” psicológico por el Príncipe Gurdjieff, ese chamán estafador peruano que la atrajo hasta Perú, se la benefició, le hizo una hija y la explotó al igual que a sus compañeras de harén. Se pregunta el escritor si “le abrirán quienes la desprogramen el camino de la normalidad”. Dado que ella no quiere que la “salven” porque está muy contenta con su suerte concluye el premio Nobel que, es mejor dejarla hacer lo que a ella le parezca. Sí señor, volvamos a la Edad Media, borremos el siglo de las luces, quememos las bibliotecas, las universidades, abjuremos de la medicina y de la psicología, hagamos papilla a martillazos los ordenadores y los servidores y cualquier otro soporte que pueda contener un bit de información científica, hagamos una pira con todos los móviles, coches, lavadoras…, desterremos la luz eléctrica de la faz de la Tierra. Volvamos a la mística borrega de los mitos, creencias y religiones. Éramos tan felices en la ignorancia hasta que se hizo la luz de la ciencia y nos desprogramó. Maldita sea.

Sepa Don Mario que fui un preadolescente que viví el tardofranquismo en aquella España que constituía la reserva espiritual de occidente. Vivía contento hasta que, sin duda por azares demoníacos, se apostaron bajo mis pestañas unas centenas de libros que me desprogramaron y de sus lecturas resultó aniquilada mi “normalidad” ignorante y gregaria. De entre esas páginas recuerdo sus novelas La ciudad y los perros, la Casa Verde y Conversaciones en la catedral.  Por eso, estimado maestro, yo le acuso por haberme despabilado el mito onírico de la fe y la ignorancia.

J. Carlos

 

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