Instante

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          Más allá del morro del coche, la carretera se desliza hacia atrás como una cinta negra, sin fin. Las rayas pintadas de blanco se alargan a medida que te acercas y desaparecen, y vuelven a nacer y alargarse y a desparecer. El pie derecho se hunde en el pedal. Es una sensación placentera. Vas penetrando el aire, mientras el paisaje boscoso se perfila y le nacen los volúmenes poco a poco. La luz es de un blanco crudo que viene de más allá del horizonte y rebota en la bóveda celeste. Hace dos meses, en esta misma carretera, también amanecía y la luz también empezó con un brillo como de fósforo. Danielle dormía a tu lado, serena, con la melena roja cayendo en suaves ondas hasta su antebrazo.

El Ipod emite música de Wagner, son los acordes de la segunda ópera de El Anillo del Nibelungo. Las notas galopan. El humo del tabaco hace juego con tu sueño azul y te adormece. Toda la noche conduciendo. Los músculos del cuello se han endurecido, pesan, casi se diría que te duelen. Hay un momento en que el horizonte parece el cráter de un gigantesco volcán que va a estallar. Las montañas y los árboles y las señales de la carretera se hacen más nítidas, aunque tienen un halo anaranjado. El pie sigue hundiéndose en el pedal derecho y el automóvil traga más rápido los jirones de bruma. Aquella otra mañana nació limpia y seca. Era verano. Cuando miraste a Danielle dormía a tu lado, serena, la luz le pintaba de oro pálido los labios y le ponía un arrebol en las mejillas.

Los párpados te pesan, siempre te pesan en la frontera entre la noche y el día. Apenas los entreabres porque la luz crece muy rápido y te hiere. Los agitas como alas de mariposa para lubricar la cornea que ha secado el humo del tabaco. Dejas que caigan por un segundo largo. Cuando intentas abrirlos parece que se han anudado las pestañas y que no puedes deshacer los nudos. Bajas la ventanilla, te asomas y dejas que el chorro de aire frío te despabile el sopor. La tierra toda se tiñe de un alumbre rojo. Subes la ventanilla. Según tu recuerdo, hace dos meses y tres días también estaba naciendo el sol y también pesaban los párpados. Te adormecía el silencio y el rurún del coche y la respiración de Danielle que se había acompasado al ritmo de la tuya. Hasta en eso parecíais un solo ser. No pusiste la radio ni bajaste el cristal por no despertarla.

La cabalgata de las valkirias arranca de los metales las notas triunfales de los himnos. Wagner  siempre dibuja un mapa de sonidos en el vello de tu piel. Cabalgas en tu coche a la espera de que las valkirias te rescaten como a un héroe caído en la lucha y te lleven al Valhalla. Tienes prisa, que se aparten los demás que no son héroes ni han caído en la batalla de la vida. Disparas ráfagas de luz y aporreas el claxon cuando algún impertinente no se aparta a la derecha. Wagner alimenta la furia de tus recuerdos. Todos dijeron que te quedaste dormido. No es verdad. Apartaste la vista de la carretera del embalse sólo un segundo y miraste su cabello ungido de sol que parecía un incendio. Necesitaste otro segundo más para una caricia. Tenías que tocar ese fuego con tu mano.

Ahora, antes de que el puente gire a la izquierda, tienes en el horizonte media esfera de sol que parece una moneda partida de lava líquida. Si cierras los ojos sigues viendo el sol, también su melena roja cayendo prendida con hilos de fuego. La orquesta se desboca, son los últimos acordes. El pie derecho hunde el acelerador hasta su tope. Aferras con las dos manos el volante, sin girarlo, no quieres que trace la curva. Cuando abres los párpados que tapaban la luz en tu pupila tienes delante el pretil de aluminio que te separa de un abismo. No tocas el freno. Apenas oyes unos chasquidos al derrotar la baranda porque el golpe ha coincidido con el último estruendo de las trompas y timbales.

Estás suspendido en el aire. Viajas proyectado hacia la moneda incandescente que está emergiendo de la costura que une el cielo con la tierra. Recuerdas el grito de Danielle cuando el coche caía de pico al embalse, y la última imagen de su pelo flotando tras el vidrio de la ventana que tú intentabas partir a puñetazos, y los nudillos de tus dedos manando hilillos de sangre que colgaban en el agua.

En este leve instante en que la gravedad queda en suspenso adviertes que la montaña también mete sus faldas en el agua. ¿Será Danielle disfrazada de valkiria que viene a recoger al héroe caído y llevarlo en sus brazos al paraíso? Silencio. No tienes miedo. Vas hacia el camino de luz, volando. Necesitas un segundo más, sólo un segundo, como entonces, para acariciar su cabello ungido de sol.

 J. Carlos

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Una respuesta a “Instante

  1. Jose Maria Cubillo Tejedor

    Impresionante relato que me recuerda esos momentos tan peligrosos en que te vence el sueño y corres el riesgo de ocasionar una tragedia,por otro lado evitable.Muy dura y triste,pero real.Enhorabuena.

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