Breve historia de un dedo

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Se conocieron en una fiesta de la Facultad de Medicina. Tardaron dos domingos en distanciarse de sus respectivos amigos. Hasta la cuarta semana no recalaron en el Retiro para adentrarse, con la tarde ya vencida, por los senderos más solitarios. Él esperó todavía a que las farolas se fueran encendiendo antes de pasarle el brazo por encima de los hombros. Empezó descuidadamente dejando que los dedos se deslizaran sobre la hombrera de su jersey. Lo hizo con la misma delicadeza con que se posa una mota de polvo. Como ella no rechazó aquel acercamiento terminó por descansar la mano entera y, minutos más tarde, el brazo ya rodeaba su cuello. Terminaron sentados en un banco, no muy lejos del estanque, bajo un fanal que alguna pedrada certera había dejado a oscuras. Eran tiempos difíciles y las aproximaciones se diseñaban como la estrategia militar en las batallas, cada centímetro de piel era una plaza conquistada y cada conquista te permitía seguir avanzando, aunque en ocasiones había que optar por retiradas tácticas.

Ella le retenía las manos entre las suyas, no tanto por acariciarlas sino por impedir los avances cada vez más audaces, y dijo aquello descuidadamente, porque los silencios estúpidos del enamoramiento exigían romperlos con algún comentario: “Qué curioso, el dedo pulgar de tu mano derecha no parece tuyo. Es como si fuera de otra mano. No sé, como si perteneciera a otra persona”. Él le explicó que siendo un niño, cascando nueces con una piedra, se aplastó el dedo. Perdió la uña, aunque por dentro de la cutícula, como si fuera un seno materno, vino a nacer otra que fue creciendo hasta cubrir la falange. La nueva nunca le gustó, era cuadrada y dura como un caparazón, además, siguió contándole, no pudo olvidar el proceso de tumefacción con aquel olor a podrido de la uña que terminó desprendiéndose. Ella se llevó el dedo a sus labios y él, con un rictus de asco, lo retiró.

Marga, es psiquiatra. Se casaron al poco de terminar la carrera. Por su profesión y por la convivencia diaria sabe que Sandro es obsesivo, que le perturba cualquier contratiempo. Sin embargo, ignora la angustia que sembró en el cerebro de su marido aquella observación insustancial dicha para ahogar un silencio, y de la que nunca han vuelto a hablar. También ignora que aquel mismo día compró unos guantes de piel de cabritilla en unos grandes almacenes y que, desde entonces, adquirió la costumbre de meter las manos en los bolsillos cuando no trabaja con ellas. Tampoco le extraña que hasta en casa, salvo con el servicio, cuando tiene la mano desnuda la cierra en un puño con el dedo dentro.

Están bien situados. Casa señorial en el barrio de Salamanca, coche de lujo para menguar el tedio de los desplazamientos en los múltiples viajes que gustan de hacer, dinero en la tarjeta para ir acomodando la vida a los placeres más refinados y paciencia e ingenio para ir gastando los años. Los viernes a la tarde van juntos al mismo salón de belleza de un afamado peluquero. Mientras peinan a Marga, a Sandro le hacen la manicura. Siempre le atiende la misma chica, ya ha aprendido que el dedo en el que se tiene que esmerar para contentar a su cliente es el pulgar derecho. Tiene que limarle las sucesivas capas que engrosan la uña, aplicarle después un esmalte incoloro y recortársela en pico para romper las líneas rectas porque crece roma y parece una tesela mal encajada. Al principio las clientas consideraron su presencia una rareza, con el paso de los años se han acostumbrado y, ni siquiera reprimen los comentarios subidos de tono sobre los cuerpos de los hombres que aparecen en las revistas.

La asistenta, Inés, está hoy desquiciada porque el señor –qué manía con cortar jamón para acompañar el vino de media mañana con la poca maña que se da- se ha rebanado el dedo pulgar con el cuchillo jamonero y se lo han llevado en ambulancia al hospital. Fue el señor quien se vendó la mano, recogió el apéndice ensangrentado de la mesa y lo envolvió en una servilleta. Para Inés ver sangre y descomponerse es todo uno. Por eso se limitó a acercarle el botiquín y, siguiendo sus instrucciones, llenar la cubitera de hielo. Quiso llamar a la señora pero él la persuadió de que no lo hiciera. “Estás hecha un manojo de nervios si la llamas ahora se va a asustar ya la llamaré yo más tarde” -le dijo. Cuando los enfermeros recogieron el estuche de madera de sisu con la tapa picada de agujeritos e incrustaciones de elefantes de latón, donde yacía el apéndice del señor entre cubitos de hielo, Inés corrió al dormitorio principal para buscar un pañuelo de seda del armario y se lo dio para que envolvieran el estuche.

Inés tiene los nervios sueltos y no acierta hoy con las tareas del hogar, primero se le ha roto un vaso en el lavavajillas, más tarde, al tirar del cable de la aspiradora se ha soltado el aplique del enchufe de la pared, y  ahora, al pasar el plumero por el último anaquel de la librería del gabinete donde el señor se pasa las horas dibujando planos, se le ha venido encima un álbum de fotos y ha quedado desarticulado sobre el parqué con la hojas abiertas. ¡Qué extraño! Todas son fotos de dedos. Pasa las páginas con rapidez, sólo hay instantáneas de uñas cuidadas y de dedos largos y esbeltos. Las imágenes le avivan el recuerdo del pulgar en el suelo desangrándose, como si tuviera vida propia, alejado de la mano de su señor, y se le escapa un hipido. ¡Pobre señor! Ahora se lo estarán cosiendo en el quirófano y a lo peor no le agarra bien como algunas plantas o pierde movilidad. Es delineante y lo necesita para dibujar. Se sienta con la cara anegada en lágrimas por la desgracia del señor. También llora por ella misma, le vienen los recuerdos en tumulto, porque aquel dedo ha recorrido en muchas ocasiones las formas de su cuerpo y le gusta tenerlo en su boca, succionarlo, pasar la lengua por esa uña que resbala como si fuera una concha de nácar y apretar la yema contra el paladar cuando el señor se viene.

Harta ya de llorar, se ha preparado una abundante comida porque la angustia le produce siempre una sensación de hambre. Como de costumbre, come de pie, en la cocina, con el plato en el aire sujeto con la mano y viendo la tele. Están dando las noticias de las tres de la tarde. La locutora narra un extraño suceso: “El joven modelo Honoré Chantal que aparece esta semana en la portada de Vanity Fair ha sufrido un atraco esta madrugada. Se sospecha de un ajuste de cuentas porque los delincuentes le han seccionado con un bisturí el dedo pulgar de la mano derecha, y se lo han llevado en la caja de madera de quemar incienso. Fuentes policiales confirman que, salvo la cajita y el dedo, no se han llevado ni dinero, ni joyas ni otros objetos de valor”. En el noticiario pasan, sin solución de continuidad, a comentar las jugadas más sobresalientes del fútbol dominguero. Inés, aburrida, viendo por tercera vez la imagen a cámara lenta del gol de Ronaldo se pregunta, qué contendría el paquete que trajo a primera hora de la mañana un motorista y que se empeñó en recoger personalmente el señor. Pronto es su cumpleaños. En el último le regaló el traje verde de satén de lino y seda para hacer de madrina en la boda de su hermana. El paquete envuelto en papel marrón abultaba poco, quizá un reloj o una pulserita, piensa. Se le escapa un suspiro. Hace un ademán con la mano como si espantara un pensamiento y se le abre la boca porque la desazón también cansa.

J. Carlos

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