Soberbia y silencio

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El narrador de ficción siempre juega con ventaja. Toma de la mano al lector y lo coloca en primera fila para que no se le escape ni un diálogo, ni un gesto, ni una arruga de la ropa. Si es menester levanta la tapa de los sesos de los personajes para que el lector pueda ver lo que piensa, o les disecciona en canal el corazón para mostrarle el pálpito de las emociones y los recovecos donde se esconden los sentimientos. El narrador de periódico, igual que el historiador, lleva siempre la peor baza, es un mero voyeur que acumula evidencias aplicando el ojo a la cerradura y la oreja al parloteo. Como no le está permitido trepanar cerebros ni eviscerar a sus personajes se limita a bruñirles la cara del poliedro con la que quiere que el lector les mire. Ni uno ni otro son confiables, el uno porque construye meros artificios, el otro porque pretende contener el fluido de la realidad en el cuenco de las manos.

El único narrador confiable, al menos legalmente, es el juez. Fue una convención, sucedió que los dioses estaban en el más arriba y no se dignaban bajar para narrarnos, desde su omnisciencia, cómo se habían desarrollado los conflictos y los agravios entre los hombres. A falta de un relato único siempre terminábamos a palos o a bombazos. Para resolver esta tragedia decidimos nombrar a un narrador de entre nosotros y le otorgamos el beneficio de la credibilidad.

Ayer la Audiencia Nacional nos desveló el relato de la Gürtel. Todavía no es el último, de forma que no podemos levantar el adjetivo de presuntos a los veintinueve condenados hasta que el narrador Supremo estampe su firma. En esta penúltima narración, todavía presunta, se describen los hechos de estos apóstoles de la codicia con la misma precisión con la que un lapidario pule las facetas de un diamante hasta conseguir la talla princesa. Tiene una prosa densa, reiterativa, en la que viene a asentar y otorgar carta de naturaleza a todo aquello que ya conocíamos de sobra por los medios. Si deconstruyes la sentencia quitándo el polvo de la jerga jurídica y barriéndo el argot contable se queda reducida a una sola frase: “Qué escándalo, qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”. La misma que pronunció el capitán Louis Renault en la película Casablanca.

También puedes destilar la sentencia. Es fácil. Se trataría de meter el millón de palabras en la caldera de un alambique, ponerle un fuego debajo hasta que el termómetro del capitel marque los 64º. Cuando el vapor empiece a condensarse en el serpentín habrá de aplicársele un poco de frío para que, por cambio de temperatura, se precipite el licor de la soberbia por la boca del caño. Son mil seiscientas ochenta y siete páginas que destilan una sola palabra, soberbia. A estos facinerosos abonados al pijerío les perdió la soberbia. Porque yo lo valgo. Estaban tan pagados de sí mismo que levitaban un palmo por encima del resto de los mortales. Militaban en una organización que tenía el poder y, no sólo disponía de una maquinaria precisa para saciar su codicia, también expedía los pasaportes a la impunidad. Fueron incapaces de advertir, ensimismados en su latrocinio, que la omertá sólo funciona cuando coses la boca del soplón a balazos. No fueron los policías o los jueces quienes encontraron el hilo de Ariadna, las delaciones surgieron del mismo seno de la organización criminal donde pace el Minotauro. Fuego amigo. Gestapos y gestapillos. Intereses contrapuestos. Luchas de poder intestinas. Envidias. Recelos. En suma, soberbia.

Resulta enternecedor, aunque sepas que es una burla a la inteligencia,  el espectáculo de los voceros de la organización política condenada repitiendo las mismas consignas como muñecos de cuerda a punto de pararse o descomponerse. Las frases son las mismas. El tono, con el tiempo, va decayendo y pasa de barítono a bajo como el de una misa de réquiem. La cara se les amustia al igual que amustia sus gestos el enterrador cuando se acerca a los deudos por ver si cae una propina.

Entretanto, el Minotauro perdido en el laberinto de su indolencia, necesita zamparse urgentemente siete Zapalanas y siete Ratos para saciar el apetito. Lleva casi una década dando cuenta del sacrificio de siete hombres y siete mujeres que le echan los suyos en el laberinto judicial y que, desorientados, acaban en las fauces de la bestia perdiendo hasta su identidad (esa persona de la que usted me habla). Ignoro si el Teseo que luche y mate al Minotauro será Bárcenas, harto ya de ser la puta del PP y encabronado ante la perspectiva de que las posaderas de su santa terminen calentando la taza del retrete de una celda. Lo que sí sé es que el héroe que acabe con la bestia no será ni Rivera, ni Sánchez, ni siquiera las urnas. Caerá abatido por los propios. El arma no serán los sobres de un blanco roto que contrastaba con el color mierda de los cigarros puros  con que los tapaban. Tampoco el tiro de gracia será la acreditación de que la identidad de M punto Rajoy coincide con el Minotauro. Me temo que caerá por algo tan ruin y tan poco sublime como los tarros de crema antiedad de la Cifuentes. Ya sabemos que los narradores de ficción y los historiadores cargan las tintas en la épica pero la realidad es siempre más prosaica.

Hay narradores que juegan magistralmente con los silencios, al fin y al cabo, una novela es como una sinfonía y la música es una concatenación armónica de sonidos y silencios. Los silencios pueden ser espesos como el del teléfono cuando tiene que sonar y no suena, breves como el que se sucede cuando las bocas van a sellarse en un beso, inquietantes como el de la naturaleza antes de que estalle la tormenta. También pueden ser broncos como el mutismo de Aznar. Recuerdo que Váquez Montalbán acuñó en un libro póstumo el concepto de “aznaridad”. No vivió para saber que además de los delirios de grandeza que enmascaraban su incompetencia, gastaría malos modos con su pupilo, zahiriéndole y denostándole, en cuanto éste se libró de su vasallaje. Murió sin sospechar que la aznaridad se resumiría en oponer un tupido silencio frente a las fechorías de su ejecutivo, cuya foto hoy podría orlarse con un “Se busca” porque como escribe Rubén Amón: “No está claro si Aznar tenía un Gobierno o si pretendía asaltar el tren de Glasgow”.

Para los que piensan que quien calla otorga -no es mi caso- todos los silencios son cómplices.

J. Carlos 

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Una respuesta a “Soberbia y silencio

  1. Hasta donde yo sé el ser humano, social y socializable, se mueve por grupos o tribus.
    Los que “andan“trabajando o metidos en ambientes públicos conocen bien eso de “las familias“ por eso no se extraño de lo que ha estado pasando.
    De lo que sí se extraña es que, Dios me perdone y puede que esté equivocada, la Justicia haya funcionado….. pero hasta el final, sin indultos…. escondidos!!!

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