Ruido y furia

Furia

Vivimos condenados a estar siempre con nosotros mismos. No es posible tomarnos una semana de vacaciones en Bali y dejar el cerebro en casa. La ley del divorcio tampoco contempla la posibilidad de separarnos ni de mutuo acuerdo ni por fallo judicial. Ni siquiera se te permite huir de ti mismo, ya no digo para siempre, me refiero a una fuga pasajera, mínima, como los diez minutos para el bocadillo o el tiempo que gastas en comprar el pan o tomarte un café. Hay sucedáneos, claro, me refiero a los periodos en que duermes y a los trances derivados de los colocones de alcohol o drogas; pero son enajenaciones falsarias, meros placebos, sigues estando ahí cuando despiertas y los sueños y las alucinaciones son tuyos; de hecho, aunque recuerdes con sensaciones vívidas  que volaste más alto que el cóndor, nunca traspasaste los muros de  hueso de tu cráneo. Sólo, quizá, los enajenados mentales severos y los que padecen de Alzheimer tengan el dudoso privilegio de extrañarse de sí mismos, pero el precio es excesivo e innegociable, han de entregar la conciencia y dejar de ser. Hay, dicen, personas que, a través de la meditación y después de largos años de aprendizaje, consiguen silenciar su yo focalizando la mente en un único punto de percepción hasta que dejan de oír el ruido de sí mismos. No dudo de que la meditación tenga beneficios psíquicos y mentales, pero creo que no es más que una alteración del estado de conciencia, que sigue estando ahí, sola.

La condena a vivir contigo mismo hasta que la muerte te extinga ha venido atemperada tradicionalmente con una fórmula que combina los siguientes ingredientes: El juego de afectos donde los apegos crean lazos tan fuertes que tienes la sensación de adentrarte en la otra persona y que ella penetra en ti. La religión predicando que no estás solo, que formas parte de un orden superior, un puzle del que tú eres una pieza insustituible y cuando mueras te diluirías en ese Todo y el puzle se completará. Las narraciones que proponen valores supremos e hilvanan historias épicas con el señuelo de que, si alcanzas los unos y vives las otras, serás capaz de trascenderte a ti mismo. Y la cooperación de la especie a través de entramados sociales como la familia, la tribu, el círculo de amistades, el pueblo, las asociaciones, la nación, la empresa… que te hacen sentir una pieza más en un movimiento continuo. En los últimos diez mil años hemos utilizado el mismo esquema en la lucha despiadada contra la soledad, esto es, contra la certeza de que no puedes penetrar en el cerebro del otro y que nunca tendrás la piedra de Rosseta con la que traducir cabalmente sus gestos, sus actitudes y sus sentimientos; lo único que ha variado en esa fórmula magistral durante todo este tiempo es que los medios para transmitir las narraciones se han diversificado, a la oralidad se han ido sumando la escritura, la radio, el cine y la televisión.

Los que tenemos la fortuna de vivir y contemplar esta época llena de prodigios, hemos asistido en la última década al nacimiento de un ingrediente nuevo para reformular el viejo esquema de estímulos y sensaciones que mitigue nuestra soledad: Las redes sociales.  Llegaron  con la levedad de una brisa que espanta la modorra de la siesta en una tarde de verano. Prometieron la libertad y que abrirían, gratis et amore, las ventanas de la democracia creativa. Es verdad que hubo un estallido de creatividad, que con su inmediatez ubicua se cazaron mentiras y se destaparon atrocidades que antes permanecían silenciadas. Es verdad que los familiares y amigos dispersos pudieron televisarse a la velocidad de la luz. Pero también es verdad que fueron concebidas con un pecado original, el anonimato y, aunque no sólo por esa causa, resultan instrumentos idóneos para generar ruido y furia. El ruido se genera con el parloteo incesante de corrala y el abuso inmisericorde del tiempo de tus interlocutores con nimiedades. La furia se desata entre insultos, acosos, amenazas, falsedades, rumores… y en juicios sumarísimos que imponen condenas ad hominen sin más pruebas ni considerandos que lo que les sale de las tripas a cada quien.

Parafraseando a Shakespeare en Macbeth, esperemos que las redes no se conviertan en un “cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no tiene ningún sentido”.

J. Carlos

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Una respuesta a “Ruido y furia

  1. Bien expresado, pero te digo que todo gira sobre la existencia de una paz interior.
    Si estás tranquilo no te sientes condenado a nada ni a nadie y sólo el que vive inquieto necesita incendiar las redes sociales.
    Como decía mi mamá,
    Vivía una persona que no paraba de matar piojos con los dedos de la mano, un día se estaba ahogando en la playa, y sacaba las manos fuera del agua para seguir matando piojos en vez de nadar para salvarse.

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