Lluvia

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Llegaron los reyes. Fue un milagro porque la luz de la estrella de Belén que les guiaba quedó atrapada en un velo de nubes que nos trajo el regalo de la lluvia. Parece que a las nubes les cuesta atravesar la barrera tórrida de este secarral llamado España, por eso se asoman al golfo de Vizcaya y toman rumbo nordeste hacia la Europa verde y rica, como mucho se empotran en los Pirineos y ven desde lejos cómo menguan los pantanos, se secan los arroyos, adelgazan, anémicos, los ríos y desparece la verdura en un círculo vicioso. Se prodiga tan poco este meteoro con nosotros que, terminaremos recibiéndolo con bandas de música marchando con guiones al viento al son de timbales y trompetas. Monseñor Cañizares siempre se nos adelanta y, cuando el campo español se agrieta, nos exhorta a que recemos a Dios por el don de la lluvia. Si es preciso, manda sacar a los santos patronos de sus hornacinas en las iglesias para llevarlos en procesión por los campos yermos, reeditando las rogativas que se sucedían en todos los pueblos de España en tiempos de Franco, cuando casi siempre sufríamos una pertinaz sequía. En esto el Cardenal es un histórico, los fenicios y babilonios elevaban sus preces al dios de la lluvia, Baal; los egipcios exhortaban al suyo, Seth, para que el Nilo se desbordara e inundara los campos donde crecería el grano. Antes de Moisés, los pueblos tenían un dios para cada cosa, los judíos, inteligentemente, se dotaron de uno que valiera para todo. Pero como el proceso de descreer es lento como el destete de un niño, la teología cristiana admite una pléyade de santos y vírgenes cada uno con su especialización, de forma que cada gremio tiene su santo patrono y cada afán su virgen. Por estos lares el santo de la lluvia es San Isidro, aunque los labradores un tanto escépticos ellos, le cantan aquello de “Si llueve mucho, si llueve poco. Si hay un nublado o si quema el sol. A todas horas, tú bien lo sabes. Vive en zozobra el labrador. Llenos de gozo, hoy te ensalzamos. Y te pedimos la bendición”.

Como digo, Cañizares, el de la capa magna con más de cinco metros de longitud y con dos vueltas de raso púrpura, cree que la lluvia como todo acontecimiento natural es un evento divino. Para Rajoy, a la sazón presidente del gobierno, la lluvia es un fenómeno inexplicable, seguramente tan exótico como las partículas entrelazadas en física cuántica, por eso afirma que “el agua cae del cielo sin que se sepa exactamente por qué”. No dudo de que sepa cómo inscribir un censo enfitéutico, para eso es Registrador de la Propiedad, pero debió de  saltarse la clase de “Ciencias Naturales” del bachillerato elemental donde se explicaba tan misterioso fenómeno: El calor del sol al incidir en el agua debilita los enlaces entre sus moléculas produciendo su evaporación, el aire caliente transporta hacia arriba, como un globo, ese vapor hasta que, al toparse con una capa de aire más frío, se condensa en forma de nube. La nube no es más que una masa formada por minúsculas gotas de agua asentadas sobre partículas de polvo o polen a punto de rocío, pero la presión y la humedad relativa pueden saturarla, de forma que las gotas se funden entre sí y, cuando alcanzan más de un milímetro de diámetro, se precipitan. Sí señor Rajoy, como las borrascas que nos mojan suelen formarse en el Atlántico, no descarte que alguna gota que haya precipitado en su cara en estos pasados días de paseos matutinos por Sanxenso, provenga del resultado de la micción de algún hijo de la Gran Bretaña.

Si para nuestro Presidente la lluvia es un enigma, la nieve debe ser un milagro tan inextricable como el de la Santísima Trinidad. Por eso estoy convencido de que, la crueldad de tener varadas a tres mil familias en una autopista de peaje durante dieciocho horas la tarde de Reyes y la noche siguiente, por unos centímetros de nieve predichos hasta la saciedad, se saldará con una llamada al Cardenal Cañizares para que la próxima vez ruegue con menos devoción o, al menos, sea más preciso en sus rogativas y pida agua a las Alturas pero sólo en forma de lluvia.

Datos mondos y lirondos: Tres mil coches retenidos durante dieciocho horas. Autopista de peaje. Tres carriles por sentido y arcén. Pórticos con paneles electrónicos. Cámaras de vigilancia cubriendo todos los tramos. Aberturas en la mediana cada tanto para, en caso de emergencia, evacuar a los coches en sentido contrario. Precipitación media, menos de diez centímetros de nieve. Información institucional: precaución por temporal. No se exigió cadenas para circular, ni se obligó a dejar un carril libre para emergencias y quitanieves, no se ordenó cortar la circulación en cuanto las cámaras dieron cuenta del colapso. Se desvió a los coches por la carretera nacional con un carril por sentido y teniendo que atravesar el puerto de Navacerrada. Ministro del Ramo viendo el partido de fútbol con cara compungida porque a su equipo le hizo una manita su rival por antonomasia. Director General del Ramo en su casa de Sevilla con su familia.

La culpa, sabe usted, es de los conductores que van provocando, a quién se le ocurre transitar en invierno por las carreteras patrias como si estuvieran en cualquier país ordenado como Alemania o Francia. No tiene nada que ver que Zoido, El Ministro del Interior sea un zopenco, que con su pericia en la gestión del 1 de octubre en Cataluña retrasó a España cuarenta años en la consideración internacional y nos retrotrajo, a efectos de imagen, al franquismo. Tampoco que el señor Serrano, actual Director General de Tráfico, todo lo que sabe sobre su nuevo puesto lo aprendió cuando sacó el carné de conducir. Conviene recordar que uno de sus predecesores, Pere Navarro, redujo la siniestralidad al 50%, implantó el carné por puntos y profesionalizó el departamento, pero había que laminarlo porque era de otro partido. No hace al caso que la Guardia Civil de Tráfico tenga hoy un 10% menos de efectivos que en 2011, o que sólo en 2016 les quitaran 573 vehículos. Hasta ahora creía que los émulos de Rajoy privatizaban lo de todos por ideología o, se lo ponían en manos de sus amiguetes para recibir la coima en el ínterin y, después, para que les dejen abierta la puerta giratoria; empiezo a pensar que ha calado tan hondo la doctrina rajoniana de la indolencia, que se trataría, además, de tener un cabeza de turco a quién responsabilizar de sus ineptitudes, llámese tesorero del partido o llámese Iberpistas.

Por lo demás, se ha reunido una comisión interministerial para analizar la situación y han concluido que se cumplieron todos los protocolos de viabilidad invernal, que los españoles no escuchamos ni leemos porque se advirtió que se avecinaba un temporal, que es notorio que no sabemos conducir con nieve y, que todos los responsables políticos actuaron con la diligencia de un buen padre de familia. Sólo les faltó añadir que habían evaluado la posibilidad de elevar informe al Fiscal General del Estado por si, de las actuaciones de los tres mil conductores, se pudieran deducir responsabilidades penales al poner en grave riesgo la seguridad de sus familiares y acompañantes.

J. Carlos

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Una respuesta a “Lluvia

  1. Sólo añadir que la forma de diluir o hacer desaparecer una responsabilidad es nombrar una comisión.
    Hace tiempo escuche la definición de un camello: un caballo diseñado en un comité

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