Navidad 2017

Halo (Icebow or gloriole).

Querido amigo:

 Ahora sabemos que el espacio interestelar no está vacío, se curva y se moldea, se contrae y se expande. No acertamos a explicar con seguridad de que material está hecho ni cuánto pesa, lo único que podemos afirmar es que los objetos masivos lo curvan al igual que tú curvas la cama elástica cuando saltas sobre ella, y que todo apunta a que se está inflando como un pavo real ante su hembra. Tampoco sabemos de qué material están hechas las emociones, unos dicen que si escarbas en el cerebro las encontrarás emboscadas entre reacciones químicas y tormentas eléctricas, otros piensan que habitan en un soplo divino que llaman alma; sin embargo, podemos conjeturar que tienen un comportamiento similar al del espacio vacío porque también se curvan, se contraen y se esponjan. Las emociones individuales suelen ser azarosas porque son vicarias de los avatares de la vida de cada quien; las colectivas, por el contrario, tienden a manifestarse de una forma más homogénea. Cuando el tiempo del año se agota ambas emociones se alinean como dos planetas y su influjo gravitatorio se multiplica. Individualmente pensamos que nuestras frustraciones son rémoras que se fueron adhiriendo al calendario y que naufragarán con él, por eso esperamos con la emoción desbocada del padre primerizo que nacerá un nuevo año con la piel limpia y suave, oliendo a polvos de talco. Colectivamente nos contamos un soberbio relato, el de la Navidad, en el que un niño-Dios viene a salvarnos de nosotros mismos, de forma que la ternura y el Todo se hacen carne de nuestra carne. Convendrás conmigo que el relato además de soberbio es osado. Para agrietar el armazón emocional de aquellos que lo tienen duro como el acero, el teatro de las calles se adorna con bombillas de colores, los escaparates se transforman en dioramas y los árboles derraman chorros de luz.

 En estas fechas las emociones se estiran y esas pizcas de felicidad que proporcionan nos narcotizan. Lo saben muy bien los mercaderes que aprovechan las euforias colectivas. Lo conocen los desposeídos porque remonta el saldo anémico de sus limosnas y las ONG que sobreviven de la empatía de la gente. Lo confiesan los pastores y los sacerdotes que ven subir su grey como la espuma. Sobre todo lo notan los niños y eso que, en su bendita ignorancia, no saben de relatos ni de rémoras.

 Y menos mal que siguen existiendo las emociones colectivas porque nos ha tocado vivir en una época donde campa por sus respetos el narcisismo. Son tiempos en los que se alienta la ostentación y se promueve el sentimiento de merecerlo todo. Hace apenas sesenta años, gran parte de la población vivía en el mundo rural y, en los pueblos, la casa que habitabas la habías construido tú con la ayuda de dos o tres albañiles, los aperos de hierro de labranza y la quincallería los fabricaba el herrero, el carpintero hacía tus muebles… A todos ellos les pagabas, como al barbero o al panadero, con unas fanegas de trigo. Quiero con ello decir que, todo lo que poseías y disfrutabas había precisado del trabajo de unos pocos hombres. Hoy cada uno de los miles de cachivaches, productos y servicios que requieres para vivir con una cierta dignidad ha pasado por la mente, las manos o la dedicación de cientos de miles personas; piensa en la acera que pisas, en el agua que bebes, en el autobús que te transporta, o en la aplicación de tu móvil que contesta a tus preguntas. Como nos han educado en la máxima de “porque yo lo valgo” tendemos a minusvalorar el trabajo ajeno. Somos nosotros quienes superamos un cáncer, no el equipo sanitario que lo extirpó ni aquellos que inventaron y fabricaron los fármacos que lo redujeron. No nos emociona que haya un sistema de salud, una educación universal y unas infraestructuras por las que otros lucharon, pensamos que están ahí porque es lo natural, tan natural como la lluvia o el viento. Creo que nos faltan relatos humildes donde se describa todo lo que nos aportan nuestros semejantes, relatos que reconozcan nuestras deudas sociales y que elogien la empatía y la solidaridad. Sobran cuentos onanistas que relatan ad nauseam nuestros derechos y concluyen con un epílogo de agravios. Sobran cuentos tribales donde se narran fantasías colectivas preñadas de épica y que prometen arcadias imposibles.

 Deseo que te emociones con los tuyos esta Navidad y, que cuando utilices cualquier objeto cotidiano, tengas un momento para agradecer al enjambre de personas que lo hicieron posible para tu uso y disfrute.

 Levantemos la copa de vino espumoso y brindemos por la vida. Y, si me lo permites, brindemos también por quienes hicieron posible el exquisito paladar del cava y la fina textura del vidrio.

 J. Carlos

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