Los Pepes

Algarve

Entramos en la pequeña capilla en fila de a dos. La empleada de la funeraria iba indicando con el brazo extendido que ocupáramos las bancadas. Pascual se sentó en el primer banco, yo me quedé de pie, en el pasillo lateral. Los hijos se situaron de cara a los concurrentes, entre los pies del ataúd y el altar, flanqueando a la madre. No hubo responso. Mientras Marta, la viuda, glosaba brevemente la vida del finado, sus hijos adolescentes tomaron dos cestas de mimbre llenas de rosas y desde el pasillo central las repartieron una a una. Maura ofrecía rosas blancas a la izquierda, Marlon entregaba rosas rojas a los asistentes de la derecha. Terminado el reparto volvieron a su posición inicial. Marta concluyó dando las gracias a todos por acompañarme en el peor momento de mi vida. Los empleados de la funeraria empujaron el féretro y lo colocaron sobre una banda de rodillos. Miraron a la viuda a la espera de un gesto. Apretó los párpados humedecidos. Uno de los hombres de uniforme gris accionó un botón. El Aleluya de Leonard Cohen se posó en nuestros oídos, al tiempo que la caja de álamo, con Pelayo dentro, echó a rodar y, antes de que se abriera la puerta del horno crematorio, cayeron unas cortinas verdes con flecos dorados, diminutas como el telón de un teatro de títeres.

Mientras se sucedían las condolencias me quedé rezagado, a las puertas del oratorio, con los ojos fijos en las cortinas verdes que lo habían escondido. Evoqué aquel episodio de Pelayo, todavía niño, cuando encaramado a la mesa trepó al maletero de la cocina de su casa, que ocupaba buena parte del techo del pasillo. Entornó las portezuelas por dentro, dejando apenas un hilo de luz, y se quedó dormido. Al despertar escuchó los llantos de su madre, las llamadas de teléfono con desespero a la policía y a los hospitales, las idas y venidas del vecindario, los me cagüendios de su padre que había vuelto a deshora del trabajo, y su nombre desgastado de tanto llamarle. Por miedo a que le dieran una buena azotaina se había quedado paralizado y mudo. Se meó. Al día siguiente, somnoliento y muerto de hambre, se descolgó para desayunar.

Pascual se había colocado a la izquierda de Marta, estrechando manos y recibiendo pésames. Los mellizos, Maura y Marlon, a la derecha de la madre dejándose abrazar con las sonrisas congeladas, ambos de pelo castaño como mi pelo, ojos azules como mis ojos y unas pecas salpicando sus mejillas.

Para los chicos éramos el tío Pascual y el tío Pablo. No tenían otros parientes. Jamás habíamos faltado a la comida de Navidad ni a cada uno de sus quince cumpleaños. No había vínculos de familia, sólo los grandes afectos de papá a sus amigos de fechorías. Sabían que nos apodaban los Pepes porque nuestros nombres empezaban por P, y no recordaban si nos habían expulsado del colegio porque nos escondimos durante catorce horas en el cuarto de calderas con víveres para resistir una semana o, porque se nos ocurrió atarnos un espejo a los zapatos, en clase de Historia del Arte; pretendíamos ver el reflejo de las piernas de la monja bajo el hábito talar. Quizá, algún día, su madre les contara la verdad: Nos habían expulsado porque una noche cruda de invierno, cuando los relojes marcaban las diez, habíamos saltado el muro del patio del colegio donde estudiaba Marta en régimen de internado. Pascual, el más ágil, trepó la puerta de hierro y, aferrando manos y pies al escudo con la Medalla de la Milagrosa, alcanzó el mástil de la bandera. Ató la cuerda al palo con un nudo marinero, un ocho corredizo que habíamos estado ensayando toda la semana. Desde allí se encaramó a lo alto del muro. Nosotros ascendimos por la soga y, una vez los tres arriba, la volteamos hacia el patio y no tuvimos más que dejarnos deslizar. El último en tocar tierra fui yo. En ese momento se encendieron las luces del patio. Un corro de monjas con el hábito azul, la capucha almidonada y el velo blanco que ovalaba sus rostros, nos rodeó.

De camino al coche nadie me reprochó por no haber participado en la recepción de condolencias. Maura perfiló mi cintura con el brazo y puso su cara en mi hombro. Me reconfortó. Bajé la cabeza y dejé un beso prendido en su cabello. Se me abrieron los lacrimales y empezó a crecer la garganta que estaba encogida como si la hubieran metido en un puño. Marlon me entregó su pañuelo. Me soné y seguimos adelante. Cuando me senté en el coche, le di un puñetazo al volante y exclamé: ¡Qué putada! Maldito cáncer. Joder, joder, joder. Y la voz, menguada en un hilillo, retomó su cauce a la tercera interjección. Marta, desde el asiento contiguo me acarició el mentón. Detrás, los mellizos, sentados a ambos lados de Pascual, repitieron Joder otras tres veces, como una jaculatoria. Por más que dijeran los médicos todos sabíamos que se lo había llevado el mismo cáncer que atacó sus testículos a los veinte años, pero que el tratamiento lo había dejado estéril y que Maura y Marlon no eran sus hijos sólo deberíamos haberlo sabido Marta y yo.

Desde hacía cuatro días, Pascual y yo no nos dirigíamos la palabra. Miento, nos hablábamos lo imprescindible para que Marta y sus hijos no se percataran, incluso aparcábamos la frialdad en los gestos mutuos si alguno de ellos estaba presente. La amistad y el hechizo que unía a los Pepes desde la adolescencia se habían roto. Sucedió después de celebrar la despedida de Pelayo. La idea se le había ocurrido a él. Quedamos en su estudio de pintura. Llevé tres camisetas para la ocasión con una foto vieja estampada, en blanco y negro; nos la habían tomado con mi Yashica en San Martín de Castañeda, donde los curas nos habían llevado de excursión. Tendríamos quince años. Posábamos, sonrientes los tres, sentados sobre una roca cubierta de nieve, y, si te fijabas bien, un penacho de aliento condensado ascendía de nuestras bocas. Pascual se encargó de la intendencia donde abundaba el alcohol y escaseaban los canapés. Pelayo nos esperaba. Le ayudamos a quitarse el concentrador de oxígeno colgado a la espalda para embutirle la camiseta. Después no quiso volver a ponerse la mochila del oxígeno. Traigo unos ornamentos religiosos para la ceremonia -dijo. Los sacó de una bolsa de deporte negra. Falta la casulla –se disculpó- en las tiendas de disfraces no las venden, al parecer es un delito. Le ayudamos a calzar el alba, se ajustó el cíngulo y se colocó la estola verde en el cuello. Cuatro días después recordaría que la estola era del mismo color que las cortinas que escondieron su féretro.  Desde el otro lado de la mesa del despacho “consagró” unos pétalos de rosas blancas que estaban dentro de una patena. Rodeó el altar improvisado, se situó a nuestro frente y nos los dio a comulgar diciendo: “Tomad y comed todos de él, éste es mi recuerdo que se perpetuará en vuestros corazones. Haced esto en conmemoración mía”. Respondimos: “Amén”. Después nos bendijo con un hisopo que había sumergido en un vaso de whisky. Estaba ya sin aliento cuando le quitamos la parafernalia religiosa y le pusimos el oxígeno. Entre copa y copa rememoramos la mejor hazaña de los Pepes, la que desencadenó nuestra expulsión del colegio. Pelayo dijo que sucedió en cuarto curso, Pascual y yo sabíamos que había sido en quinto, pero no le llevamos la contraria. Esa tarde-noche sólo cabían recuerdos gratos y risas. En el equipo de música, con discos de vinilo, se sucedieron la voz mágica y grave de Leonard Cohen, la voz áspera de Dylan y la voz cavernosa de Johnny Cash. Bebimos, bailamos, reímos, nos abrazamos, levantamos las manos y las anudamos haciendo los coros. Cada vez que volvíamos del baño teníamos una lámina de agua en los ojos, también Pelayo. Más allá de la una de la madrugada se lo devolvimos a Marta, borracho y desmadejado. No nos los reprochó. Sólo nos pidió silencio con los labios para no despertar a los chicos.

Pelayo había dejado pagada sine die una comida para cinco en la Arrocería San Nicolás. Habíamos llamado para que pusieran un cubierto más. Estábamos decididos a que él, en ausencia, presidiera la mesa. El arroz con bogavante quedaba a menos de diez minutos del crematorio. Pelayo no había sido hombre de afirmaciones rotundas, más bien le costaba sacarse las dudas de encima, pero tratándose del arroz con bogavante o del Real Madrid no admitía discusiones, eran el mejor plato de la cocina española y el mejor equipo del mundo. A la salida del cementerio enfilé el coche cuesta abajo por la Avenida de Daroca, deslicé el retrovisor unos grados para enfocar a los ocupantes del asiento de atrás. Los chicos tenían las manos de Pascual entre las suyas. Confieso que me dio una punzada de celos. Marta debió de notar mi crispación porque me pasó su mano por el brazo. Le eché la culpa a una  moto de reparto que acababa de sobrepasarnos, es que van como locos. Aprovechando el semáforo, de reojo, admiré sus ojos oscuros y su pelo negro.

Lo que más me gusta después de su cabello cayendo en cascada es su sonrisa -nos decía Pelayo en el colegio. Les dio muy fuerte a los dos. Los sábados si los curas nos llevaban a pasear al bosque de Valorio, las monjas llevaban a las chicas al castillo y, al siguiente sábado, se volvían las tornas. Pelayo y Marta se dejaban cartas en los huecos de los troncos de los árboles o entre los sillares de las almenas del castillo. De entonces les venía ya la querencia por las rosas, ella le dejaba un pétalo rojo dentro de la cuartilla minuciosamente doblada y él uno blanco. Las cartas por correo estaban vedadas porque de sobras conocíamos que tanto los curas como las monjas las abrían. Por culpa de las dichosas cartitas nos pillaron. En nuestro colegio teníamos sala de cine, a la sesión de tarde de los domingos venían los colegios de monjas con toda la chiquillería, se sentaban abajo, en las butacas de principal; a nosotros, los curas nos sentaban arriba, en el gallinero, en bancos corridos. Pelayo, que era un genio de la papiroflexia, hacía aviones primorosos con las cartas y se los tiraba a Marta en los descansos con una puntería digna de encomio. Habían prometido escaparse juntos. El avión de papel donde Pelayo le comunicaba la fecha y hora en que la sacaría de la “cárcel de las monjas” lo lanzó tarde, en el preciso momento en que se apagaron las luces y empezaba la segunda parte de la película. No llegó a su destino.

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos, que Marta hubo de advertirme que el semáforo ya estaba verde. Para romper la tensión y, supongo, que para espantar la tristeza, preguntó cómo fue la despedida de Pelayo. Antes de llegar al restaurante, Pascual y yo le habíamos hecho una breve glosa salpicada de anécdotas. A Maura y a Marlon les interesó mucho la parte de la comunión con pétalos de rosa. Su madre les recordó: a tu padre y a mí nos gustaban mucho, en casa están entre las páginas de los libros, se nota que los abrís poco.

Lo que no contamos es que, el día de la despedida, después de dejar a Pelayo en casa, Pascual se empeñó en que tomáramos la última copa.

-¿Sabes? –le dije con sorna- Ya sé por qué en el colegio mayor de Salamanca te apodaban la última copa.

-Y a ti Pablo de Tarso –replicó con una carcajada- ¿Y sabes por qué?

– No sé –contesté con ironía- ¿Tal vez porque me caí de pequeño de un caballo y se me quedó la pata tiesa?

Acepté la copa. Le dijimos al taxi que nos apeábamos. Nos acodamos en la barra de un garito y pedimos dos whiskys. Sonaba Take this Waltz, el “Pequeño vals vienés” de Lorca que interpretaba Cohen. Pelayo solía decir que era la coyunda perfecta entre el mayor poeta y el mejor músico. Por aguantar las lágrimas o porque el alcohol me suelta la lengua, le confesé el único secreto que no habíamos compartido los Pepes,

-Pelayo ya no está y tengo que hacerte una confesión. Hace dieciséis años me dijo que querían tener un hijo y me pidió que me acostara con Marta hasta dejarla embarazada.

-No puede ser –contestó furioso y pegó tal puñetazo en la barra que el hielo tintineó contra el vidrio de los vasos.

-Perdona, era una cosa tan íntima. Además estaba lo de su esterilidad que me rogó no dijera a nadie. Al principio me negué. Me intentó persuadir con lo de mis cualidades genéticas y mi inteligencia. Seguí negándome. Apeló a nuestra amistad. ¿Quieres que mi hijo tenga un padre anónimo?, me preguntó. Como argumento definitivo utilicé las bazas de qué pensaría Marta y de cómo iba a sentirse él si me follaba a su mujer. Respondió que ella estaba de acuerdo y de lo otro nada de posturitas, compórtate como un simple semental y recuerda –remató- estaré fuera de la alcoba, pero os estaré viendo. Le rogué que me diera unos días para pensarlo. Al final accedí.

-¿Qué cualidades genéticas? ¿Las de un lisiado? Te digo que no puede ser.

-¿Y por qué no puede ser? ¿Es que se hereda la impericia con los caballos? –repliqué.

-No puede ser porque a mí me pidió lo mismo –gritó cerrando los puños.

-Mientes –dije, perplejo- Y aunque te joda, Maura y Marlon son mis hijos.

El primer puñetazo me lo dio en la mandíbula y me derribó. Le sujeté por los tobillos y lo derribé también. En el suelo seguimos pateándonos hasta que nos separaron. El camarero nos sacó a empellones después de que le abonáramos cincuenta euros por las copas y los desperfectos. Pidió dos taxis. A mí me metió en el primero porque estaba más perjudicado.

Paré el coche en la puerta de la Arrocería para que descendieran y cogieran mesa, mientras, yo buscaría un hueco para aparcar. Pascual se empeñó en acompañarme y se sentó en el asiento delantero.

-¿Qué coños quieres? –exclamé.

-Pablo, verás, he estado pensando –contestó Pascual.

-Tú pensando, no me digas, eso es imposible –le dije tratando de zaherirle.

-Escucha, joder. Qué importa de quién sean los hijos. Son nuestros. De los dos.

Tanteó y posó su brazo en mi espalda. Hice un breve ademán de molestia por su gesto, sin rechazarlo del todo.

-Es más -prosiguió Pascual- si te hace feliz, me he documentado y los gemelos provienen de un solo espermatozoide, los mellizos de dos.

Permanecí en silencio atendiendo sólo a las maniobras de aparcamiento, había encontrado una plaza. Pascual permaneció expectante. Salimos del coche. Al rato de echar a andar le comenté,

-Yo también le he estado dando vueltas, ¿sabes? Es jodido esto de perder la paternidad o tenerla que compartir. Y sí, Pelayo era un puto cabrón y un genio. Sabes que Maura tiene las mismas letras vocales y en el mismo orden que tu nombre y Marlon las del mío.

Pascual se detuvo, miró al cielo –Era grande el hijo de la gran puta  –Sentenció.

Nos entró la risa y reanudamos la marcha.

J. Carlos

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