Días trapecio

Lluvia

Hay días redondos como círculos y días que te salen con aristas y esquinas como trapecios. Trabajo en un banco de asesor de empresas y odio enseñar a los viejecitos cómo sacar el dinero de los cajeros.

No había oído el despertador. La fiesta se había alargado hasta las dos de la madrugada. Me dolía la cabeza y llegaba tarde al trabajo. En la parada del 56 el reloj electrónico marcaba las ocho y un minuto. Caía una lluvia delgada que dibujaba regueros en los vidrios de la marquesina. Éramos cuatro: Una monja con cofia blanca y hábito azul una cuarta por encima del empeine. Creo que corregía exámenes sobre una tablilla de madera. De la misma mano colgaba el paraguas, en la otra tenía un rotulador rojo. Un joven con rastas adornadas con la diadema de los cascos, se movía al ritmo machacón del “Despacito” de Fonsi. La música desbordaba los auriculares y se oía desde la acera de enfrente. Llevaba una mochila a la espalda y un monopatín apoyado en la cadera. El último en llegar fue un señor embutido en una capa impermeable gris. Iba sentado en una silla de ruedas con motor eléctrico, la conducía con el mentón porque tenía el cuerpo y los miembros paralizados. Pasó un taxi veloz, con la luz verde encendida. Se acercó demasiado al bordillo de la acera, las ruedas salpicaron una ráfaga de agua parda que voló hasta las perneras de los pantalones y escurrió en nuestros zapatos. Me acordé de niño que, las mujeres después de fregar la casa lanzaban el agua negra del cubo sobre la calle polvorienta. Me gustaba ver cómo caía formando una pequeña catarata prendida en el aire con una corona de espuma de jabón.

La monja no sé cómo vio venir el zarpazo del agua porque parecía abstraída con los exámenes, el caso es que se retiró a tiempo. Al inválido le puso pingando el impermeable y los zapatos. La monja hizo pinza con el brazo y el costado para sujetar la tablilla con los exámenes y el paraguas, sacó un pañuelo blanco y se acuclilló frente al inválido. El joven ya se había montado sobre el monopatín y corría tras el taxi. Cuando lo alcanzó se agarró al techo del coche y, durante unos metros, se hartó de dar puñetazos en el capó y de llamarle hijo de la gran puta. El conductor aceleró. El muchacho de unos quince años, con vaqueros negros rasgados en las rodillas, tuvo que desasirse y volvió patinando a la parada.

Cuando llegó el autobús la monja ya había aseado el impermeable y los zapatos del inválido y éste le daba las gracias. Hizo un rebujo con el pañuelo sucio y se lo guardó en el bolsillo, después acarició el mentón del inválido con la misma mano. No sé si éste llegó a besarle el dorso de la mano en agradecimiento porque la monja la retiró enseguida. Era rápida la condenada. El muchacho llegó a tiempo porque la rampa para que el inválido ascendiera con su silla se demoró en bajar casi un minuto.

-Le abollé la chapa del coche al muy cabrón y le rayé la puerta con este anillo -nos dijo mostrando en la mano derecha un sello gris plata con su iniciales, J M-.

Luego se tapó la boca como arrepintiéndose y pidió perdón a la monja por la palabrota. Ésta sonrió y le dijo que no debía tomarse la justicia por su mano. Ambos subieron por la puerta delantera. Yo subí por la trasera acompañando al inválido y su silla elevada por la rampa. Una vez arriba, la sujeté a los arneses y levanté la mano para que el conductor arrancara.

Un viajero de mediana edad, trajeado en gris, que se sentaba en uno de los asientos reservados para personas con problemas de movilidad, se quejó hablando por el móvil de que llegaría tarde porque las rampas suben y bajan muy despacio.

-Yo no niego el derecho a nadie –decía al micrófono del teléfono-. Que pongan autobuses especiales para lisiados y para perros y para gatos pero que no nos jodan a los demás.

Nadie movió los ojos ni de las ventanas empañadas por el vaho, ni de la pantalla de sus móviles, ni del suelo. Sólo una mujer joven de piel muy pálida, con traje de chaqueta verde manzana, se incomodó. Levantó la mirada del libro de solapas amarillas, colocó el marcapáginas y lo cerró. Miró primero al señor que hablaba con el móvil con enojo, después puso sus ojos en los de la monja. Ésta levantó los hombros, movió levemente la cabeza a ambos lados y frunció los labios indicándole que no merecía la pena. La mujer gruñó para sí misma, respiró hondo varias veces, volvió a abrir su libro y pasó el marcapáginas a la última hoja. El color rojo de las mejillas tardó dos paradas en disipársele.

El inválido se llamaba Jaime, tenía que bajarse en la parada del hospital. Al respirar se le movía el tronco entero. Conversamos. Le entraba poco aire así que soltaba unas palabras con fuelle desmayado y tenía que volver a inspirar de nuevo. Era médico pediatra. Los niños no le tenían miedo porque siempre llevaba caramelos en el bolsillo superior de la americana. La enfermera era su ex mujer y aunque llevaban dos años separados seguían trabajando juntos.

-No sería nada sin sus manos -me dijo-. Nos compenetramos muy bien. Ella palpa, roza, toca. Yo diagnostico.

Por curiosidad, más bien por morbo, pregunté por qué no seguían juntos. Hizo un silencio largo, muy largo. Terminó confesando, con un hilo de voz para que nadie más le oyera, que ella quería tener un hijo y ya tenían un chico adolescente que había nacido antes del atropello, hace once años. Pero ella, Oliva, estaba empeñada en tener otro hijo.

– Una hija para ser exactos, lo teníamos planeado desde novios. La parejita.

Par aliviar la situación cambié de tema. Le pregunté si se había fijado que el autobús iba envuelto en una pegatina publicitaria con la foto de un crucero en un mar azul.

-A que parece que navegamos por el Mediterráneo en vez de rodar por Doctor Esquerdo –le dije-.  Luego añadí señalando mis pantalones chorreantes: – No ha sido el taxi, ha sido el oleaje que rompió de frente contra el mascarón de proa.

Nos reímos

-La verdad –contestó- es que el taxista iba hablando por el móvil, seguramente ni se enteró.

Me ofreció un caramelo de eucalipto. Metí mi mano en su bolsillo y saqué dos, les quité el envoltorio y metí uno en cada boca.

-Es sólo agua –le dije cambiando el caramelo de carrillo-

-Agua sucia –apostilló él- Y volvimos a reír.

-Sucia la que le tiraron a mi abuelo –comenté-. Un día rodaba con su carro de mulos por la calle principal de Peñafiel, salió una señora al balcón y, al grito de agua va, vació el orinal. Le cayó en el pelo, la cara y le descompuso la cazadora de cuero con solapas de pelo de zorro. La señora bajó con una palangana y una toalla. Después, para hacerse perdonar, le regaló un abrigo de alpaca de espiga que pertenecía a su difunto.

Le entró una risa floja que sus débiles pulmones apenas soportaban. Tuve que darle unas palmadas en la espalda. Cuando se repuso preguntó:

-¿Qué fue del abrigo?

-La abuela contaba, con cierta malicia, que se casaron en enero para que el abuelo López pudiera estrenarlo. Y hasta que murió el abuelo en el ochenta y tres, el abrigo no se perdió la misa de los domingos desde mediados de octubre hasta bien entrado marzo.

La siguiente era su parada. Mientras le soltaba la silla de los arneses me fijé en su mano derecha, lucía en el dedo anular una alianza de oro. Al advertir que miraba su anillo bromeó:

-Ya ve, con estas manos secas, por más que lo intento, no me lo puedo sacar.

Nos volvimos a reír. Rocé su hombro con mi codo en señal de complicidad y me ofrecí a bajar con él y acompañarle hasta su consulta.

-No hace falta –me dijo, señalando la puerta del bus- estará esperando Oliva, mi ex. Mi enfermera, quiero decir.

Se abrieron las puertas. Efectivamente esperaba una mujer alta, pecosa, de mediana edad, con bata blanca. Se había echado una gabardina por encima de la cabeza para protegerse de la lluvia. Su barriga abultaba como de cinco o seis meses. Mientras bajaba en la rampa, no cruzaron las miradas, ni se dirigieron una sola palabra. Tampoco después. Me pregunté cómo harían para trabajar juntos. Cuando el autobús echó a andar pude verlos a través de los cordeles de agua que movía el viento tras las ventanas. La silla rodaba delante con el cuerpo trasteando como un saco a merced de las irregularidades del suelo. Ella iba detrás, con el bulto de su barriga a unos centímetros del cogote del inválido, aferraba la gabardina con ambas manos y los faldones se le hinchaban como alas. Con el rabillo del ojo observé que la monja tenía la tablilla con los exámenes sobre su pecho y la mirada en la calle.

Al llegar a la oficina, Juanma, el director, señaló con un dedo su reloj de muñeca. Pedí perdón por el retraso.

-Luís ha pillado la gripe –me dijo- tendrás que sustituirle.

Sabía que era mentira, pero me callé. Luis no sabe beber o, al menos, no sabe aguantar la resaca. Siempre hace lo mismo.

Odio tener que enseñarle a los viejecitos cómo se saca dinero del cajero. No son capaces de leer la pantalla porque se olvidaron las gafas o porque deslumbra el sol. Si aciertan a introducir la tarjeta y acceden al menú les tiemblan los dedos al elegir las opciones. Suelen equivocarse y piden el saldo de la cuenta en vez del dinero. Si por fin la máquina les ofrece los billetes, se olvidan de guardar la tarjeta, a veces se olvidan también del dinero. Lo peor es cuando les dices que el puesto de cajero va a  desparecer, entonces el mundo se les hace tan grande que se sienten de sobra y se les alela la cara. Les ves irse calle abajo  y adviertes que han menguado unos centímetros.

Mi primera clienta ese día fue Doña Patro. Llevaba un abrigo fucsia de entretiempo e iba tocada con un gorro impermeable del mismo color, de esos que las tiendas chinas sacan a la puerta en cuanto caen cuatro gotas y los colocan en columna unos sobre otros. Doña Patro apoyaba una mano moteada de manchas oscuras en un bastón con empuñadura plateada, para la otra Luís le habría ofrecido el brazo. Yo no lo hice. Al llegar al cajero hurgó en su bolso y sacó una libretita de anillas donde tiene apuntados, con letra puntiaguda, todos los pasos. Se puso los lentes. De su cartera de mano extrajo la tarjeta VISA. Leyó en el cuadernillo que debía de introducirla con el chip hacia arriba. No encontraba la ranura.

-Perdona hijo, estas son las gafas de cerca. Espera, creo que en el bolso metí las de lejos.

Me pregunté cómo se las arreglaría Jaime, el inválido, para sacar dinero.

Doña Patro había encontrado sus gafas de lejos. Ahora buscaba, nerviosa, su libreta porque se había olvidado del primer paso.

Le acaricié la espalda y le dije que se tranquilizara que no teníamos prisa. Le pregunté por sus nietas. Me contó que la mayor empezaba este año la universidad, iba a estudiar una ingeniería, no se acordaba de la especialidad. Sacó su cartera y me enseñó una foto tamaño carné. Se llamaba Fabiola, posaba con una media sonrisa, la melena castaña por debajo de los hombros y los ojos redondos como dos canicas azules. Me contó sus excelencias por más de cinco minutos, hasta que una ráfaga de aire nos empujó la lluvia encima.

Antes de cerrar la cartera pasó la mano por encima de la foto para borrar unas gotas de lluvia. Sacó de nuevo la libreta y leímos en alto el primer paso, después guié su mano con la tarjeta hasta la ranura.

J. Carlos

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Una respuesta a “Días trapecio

  1. En mi vida profesional te tenido largas etapas de atención al ciudadano, bibliotecas, puntos especializados de información, puedo decir que han sido las más enriquecedoras para mí. Aprendí a conocer a las personas y a tratarlas, nunca olvidaré esos años

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