Neolenguas

Chiquito de la Calzada

La fama es caprichosa y siempre excesiva. La buena se hace esperar y no suele serlo del todo, la mala te explota debajo del culo y te desmiembra en un santiamén. Que se lo pregunten a Kevin Spacey. A Chiquito de la Calzada, que ayer se despidió de Lucas para siempre, le llegó la buena fama tarde, tenía 62 años cuando llamó a su puerta. Apareció como un idilio de verano y matrimonió con él hasta la muerte. Cuenta el productor del programa Genio y figura que, después de la primera entrega, un directivo de Antena 3 le pidió que quitara a ese señor mayor. Detrás de cada idea genial, de cada obra de arte o de cada invento siempre hay un directivo bien pagado a quien la naturaleza no le prodigó agudeza. Nunca sabremos cuántos talentos nos han hurtado los mandamases.

Se llamaba Gregorio. De niño pasó hambre, como tantos españoles. De profesión palmero y cantaor de flamenco. Murió cómico y como tal permanecerá en el imaginario de varias generaciones. Parafraseando la crítica a Lola Flores del New York Times, Chiquito no contaba chistes, ni actuaba, pero no te lo podías perder. Construía un relato hilarante desde el principio hasta el final, con una danza de pasitos cortos, doblado hacia adelante, mano en los riñones como quien sufre de ciática, patadas al aire y un giro repentino para enfrentar al respetable, con el brazo levantado y la mano al bies, impartiendo su bendición. Y todos benditos, reíamos. Inventó una neolengua que caló como la lluvia fina y que, soldada a sus gestos y gorgoritos, se convirtió en un arma de humor masivo. Un aliviadero de penas. Un galimatías que pasó a ser de propiedad comunal y se extendía como la pólvora en cualquier reunión, tanto que, a veces, resultaba incómodo; especialmente si las imitaciones eran penosas. Pocos poetas, músicos o pintores consiguen que una obra, como la de Gregorio, sedimente en todas las capas sociales y anide en todos los corazones desde los niños hasta los ancianos.

Hay neolenguas, como la de Chiquito, creadas sólo para el divertimento  que son como llaves maestras que abren la puerta de la risa. Hay otras, sin embargo, que sin aportar ni nuevos fonemas ni nuevas palabras, son creadas con el afán de subvertir su significado y poner el lenguaje al servicio espurio de una facción. Victor Klemperer nos da buena cuenta en El lenguaje del Tercer Reich, de cómo el régimen nazi alteró el valor y el significado de las palabras como medio para implantar su terrorífico sistema, haciendo del “lenguaje su medio de propaganda más potente, más público y secreto a la vez”. Stalin implantó también la suya basada en un léxico de pensamiento único donde sólo cabía o la obediencia o la vida. George Orwel, inspirado en estos regímenes totalitarios, nos describió en 1984 una distopía donde el diccionario de la neolengua era el principal elemento represivo para eliminar la libertad individual y dominar el pensamiento. Lo que no estaba en la lengua no podía ser pensado y los lemas del partido eran: “Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”.

La perversión y manipulación del lenguaje es tan antiguo como la supremacía de unos hombres sobre otros. Y es que, el lenguaje tiene las propiedades de los fluidos, discurre por las acequias de las mentes y riega el intelecto, pero también se adapta al continente como el agua se ajusta a las formas del vaso que la contiene. Cada régimen, cada partido, cada empresa, cada persona altera el sentido de las palabras y las retuerce y las moldea. Así los Estados totalitarios del bloque soviético se llamaban Repúblicas Democráticas, los puntos donde echamos los desechos más contaminantes se denominan Puntos Limpios, las empresas más depredadoras del medio ambiente se titulan de Ecológicas… y así, hasta el infinito. El refranero, de antiguo, ya sabía cómo tratar estos excesos: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Las redes sociales, con su efecto amplificador, han venido en auxilio de los que pervierten el lenguaje y han creado un fenómeno que va más allá. Nació con el Brexit y se ha extendido como un cáncer en la era Trump. Lo llaman la postverdad o, como lo calificó Kellyanne Conway, asesora de la Casablanca, son “datos alternativos”. En resumen, cualquier evidencia pude ser amañada y reeditada por el poder como una nueva realidad alterna o paralela. Recordemos que el protagonista de 1984, Winston Smith, trabajaba en el Ministerio de la Verdad y su cometido consistía en reescribir la historia y adaptarla a las exigencias de cada momento del Partido Único.

Aquí, los indepes, se llenan la boca con la palabra democracia, siendo que se han pasado por el arco del triunfo el santo grial de nuestra democracia que es la Constitución y, el cáliz sagrado de su Autonomía que es el Estatut. Si no les secundas eres franquista. Si Europa tampoco les da la razón, entonces sus dirigentes son unos cerdos. Si les aplica la ley común, el estado es represor. Insultan a tres millones y medio de catalanes llamándoles fachas, súbditos y anticatalanes porque no aceptan la imposición y el delirio de algo menos de dos millones. Motejan de traidores a Marsé, a Serrat, a Machado por no pensar como piensan sus inquisidores. Utilizan a los niños y a los ancianos como parapetos. Hacen pacifismo secuestrando a una comisión judicial durante dieciocho horas. Cuando cobardean sus líderes y niegan tres veces como San Pedro, les perdonan porque ante la represión vale todo, pero no acaban de apoquinar las multas de Mas, y es que la pela es la pela. Si se van más de dos mil empresas es que están vendidas al Estado español. ¡Ah! Y los españoles somos inferiores, eso sí, los insignes como Cervantes, Teresa de Jesús, Garcilaso de la Vega, Colón y hasta el florentino Leonardo Da Vinci eran catalanes.

Seguramente Orwell, que conoció esa tierra y luchó en ella durante seis meses por la República española, nunca pensó que, en tan poco espacio, cupieran tantos Winston Smith reescribiendo la historia, ni que los españoles hubiesen dedicado tanta pasta para que los gobiernos de la Generalitat crearan un Ministerio de la Verdad que permeara la escuela, la universidad, los medios y la propia sociedad.

J. Carlos

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Una respuesta a “ Neolenguas

  1. Ya me dijeron, hace tiempo, que las personas son como los ordenadores que según el sistema operativo que le instales así funcionsm

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