Cataluña y cierra España

Estelada manifestación

Cataluña es, seguramente, una exquisitez como el jamón, pero cuando llevas dos años comiendo una dieta –desayuno, comida, merienda y cena- con ese único ingrediente, aunque sea legítimo y de bellota, terminas harto. Más allá del hartazgo es forzoso reconocer que este culebrón tiene una factura impecable que ya quisieran para sí las mejores series de Netflix o HBO. La puesta en escena parece ideada y rodada por William Wyler para Ben Hur. Aquél contó con diez mil extras, mientras que en Cataluña disponen de un millón que, sin cobrar un duro, se congregan a toque de WahtsApp con el atrezzo de un guión portado por algún directivo de la Anc o de Ómnium, al que siguen decenas de miles de banderas esteladas y otros tantos estandartes pancarteros con lemas rescatados de mayo del 68. Cuentan también con pabellones de tela de cien metros de largo para que los oficiantes desfilen bajo palio y eso, con tiro de cámara cenital, les queda que ni pintado. ¿Y qué me dices de los soberbios cambios de guión? Una semana el script echa tanto almíbar al guión que piensas que se trata de una nueva versión de Qué bello es vivir de Capra. A la siguiente semana parece que están versionando las peripecias de la familia Von Trapp en Sonrisas y lágrimas. A las pocas horas la trama muta y emula a Nick Cassidy subido a una cornisa en Al borde del abismo. Con el paso de los días, cuando todo el mundo sólo espera la lluvia, el enredo se madeja sobre sí mismo y el guionista ha optado por un mix en el que caben desde El fugitivo de Andrew Davis, con Puigdemont encarnando al doctor Richard Kimble, hasta el Visconti de La Caduta degli dei.

El relato a ratos épico de pueblo elegido, a ratos dramático, y siempre victimista es impecable, por más que a este lado del Ebro nos parezca una ópera bufa. Y es impecable por tres razones:

Primero, porque es único: Los catalanes llevan cuarenta años sin un relato alternativo. Nadie, ni desde dentro ni desde fuera, opuso o contradijo lo narrado por los nacionalistas.

Segundo, porque tienen excelentes vehículos de narración, sean sus ayuntamientos y demás organismos del gobierno autónomo, a través de las escuelas donde obtuvieron carta blanca para gestionar la enseñanza y sus contenidos sin inspección ni cortapisa, sea por medio de asociaciones cívicas que propagan no sólo el relato pasado -su Antiguo Testamento- sino el relato por venir –el Nuevo Testamento- y, lo más efectivo, disponen de medios de comunicación –públicos y privados-, debidamente engrasados con los impuestos de todos los ciudadanos, que vocean los mensajes hagiográficos nacionalistas cinco veces al día desde sus minaretes, con la contundencia y reiteración del almuédano.

Tercero, porque cuentan con el maná de la financiación que, como ya están coligiendo los tribunales de justicia, desviaban de otros servicios públicos famélicos para costear el carísimo relato nacionalista, tanto en el interior como en el exterior, y crear los instrumentos del nuevo Estado.

El relato es el motor de la historia, en eso también se equivocó Marx. Fíjate si es poderoso el relato, que el pueblo judío escribió el suyo y el espíritu ambiguo de sus páginas alumbró dos religiones: el judaísmo y el cristianismo, esta última es seguida por el 18% de la población mundial. Pero el relato no basta, hay que narrarlo para que fluya por el cuerpo social,  como la sangre fluye por el cuerpo humano oxigenándolo y dándole la vitalidad que necesita. Hace mucho tiempo, más de cuarenta años, que el nacionalismo catalán viene capilarizando la sociedad  con un tesón digno de encomio y el relato discurre con una fluidez asombrosa.

En el Nuevo testamento catalán del que te hablaba, los nacionalistas han escrito las tribulaciones sufridas por su pueblo, en la travesía del desierto, durante los últimos cuarenta años. Ahora que su Moisés –interpretado por los Mas, Puigdemont, Junqueras y los Jordis–  está viendo la Tierra prometida desde el monte Nebo, han escrito una nueva hoja de ruta para que su pueblo arribe sano y salvo a la Arcadia feliz de la República independiente. La hoja es un modelo de resilencia con un árbol de decisiones en cuyos diagramas no me explayaré para evitarte el tedio. Su modus operandi cabe en una línea: “Tocarle los bemoles al Goliat llamado España hasta la exasperación. Cualquier mandoble de Goliat, por justo y legal que sea, les acercará un pasito más a la soñada independencia. El sueño húmedo de todo buen nacionalista es presentarse a los comicios como huésped del  Estado o, una vez celebradas las elecciones y siendo cargo electo, que se celebre el juicio y sea condenado a pena de cárcel. Su fantasía erótica recurrente es que las fuerzas del orden vuelvan a ser escracheadas y salgan huyendo de los pueblos y ciudades de Cataluña. Pero la foto más pornográfica, la que consigue destoparle los esfínteres sólo de imaginarla, sin necesidad de maniobras onanistas, es la de los carros de combate rodando con sus pesadas cadenas por la Diagonal. Quizá los haya necesitados de parafernalia imaginativa más contundente, cuya libido requiera héroes izando banderas sucias de sangre.

En la hoja de ruta está escrito que Puigdemont huiría a Bruselas, la capital de Europa, para desestabilizar el gobierno de Flamencos y Valones que tardó más de cuatrocientos días en conformarse; de paso se hace la víctima, espera sentado a que un juez decida si le extradita o no y, en el entretanto, se mete como una china en el zapato de Europa. En el árbol de decisiones se puede leer la línea de diagrama que se titula: “Si el Govern es encarcelado” y, a su derecha, las respuestas milimetradas que se irán desarrollando por la troika nacionalista (Cup, Anc y Ómnium) con la precisión de un reloj suizo. En el apartado de “Nuevas elecciones” está fijado que se presentarán por libre pero que pasados los comicios, seguirá la orgía nacionalista en un Frente Popular. La pasión hace extraños compañeros de cama, hemos visto como la derechona catalana no hacía ascos para participar en una orgía con los republicanos de izquierda y los antisistema, mientras los de  Colau se limitaban a mirar por el ojo de la cerradura. Con las nuevas elecciones tal vez decidan ensanchar la cama para hacer sitio a Podemos o, puede que terminen como el chiste, “por favor, encended la luz porque somos tres mujeres y dos hombres, llevamos apenas diez minutos, y me han sodomizado ya dos veces.” Cada paso está ramificado con sus correspondientes hojas de Sí o No, cada respuesta se bifurca de nuevo en diagramas prolijos que menudean hasta en los detalles prosaicos. Para no hacerte el cuento largo te diré que, se cuantifican al céntimo los montos de los lucros cesantes -las nóminas de los más de doscientos cargos apartados de sus funciones- y se especifica desde qué cuenta serán resarcidos.

Con ello quiero decirte que te armes de paciencia porque nos queda dieta catalana para rato. Como no hay mal que por bien no venga, los medios de comunicación, que estaban más secos financieramente que los pantanos de la península ibérica, se frotan las manos porque esta dieta que a ti y a mí nos produce úlcera de estómago, a ellos les engorda. Otro que no cabe en sí de gozo es Rajoy, el tsunami catalán ha arrastrado la corrupción de su partido, ya no se encuentra ni noticia ni su trasunto hasta más allá de la vigésima línea de playa de cualquier periódico, en letra microscópica y crónica desmayada; eso sin contar que cada vez que sube el suflé catalán, las sacas de votos de su partido en el resto de España se ponen a rebosar. La otra cara de la moneda son los propios catalanes que ya advierten cómo el paro ha asomado la patita en el mes de octubre de forma alarmante, las empresas huyen del paraíso como de la peste y, cada vez que se inflaman las calles se desinfla el globo turístico. A los demás ciudadanos españoles también nos toca la cruz porque nos están empobreciendo y, lo que es peor, estamos sacando los bajos instintos de la patria de tela que cabe en la muñeca, se exhibe en un balcón o se porta en un palo, para tapar la patria común de la solidaridad, del esfuerzo de todos, de la igualdad de oportunidades, de la libertad, de los derechos humanos y de los valores que hemos depurado juntos durante los últimos quinientos años.

A veces pienso que gran parte del problema se resume en una frase: Porque yo lo valgo, porque yo lo tengo y no me da la gana compartirlo.

Me gustaría equivocarme.

J. Carlos

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Una respuesta a “ Cataluña y cierra España

  1. De todas formas estas peleas familiares ocurren sólo en aquellas de alto nivel adquisitivo. Si nuestra sociedad tuviera problemas graves no habría tiempo para victivismos y reivindicaciones.
    Me duele el alma ver como personas que no han tenido en cuenta los informes de los letrados del propio Parlamento regional intentan convertirse en refugiados políticos, buscando la misma protección de aquellos que huyen de la muerte o de la tortura por motivos políticos.
    Todo esto es una vergüenza

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