Ayer se hizo el silencio. Hoy volvió la vida en un grito: No tinc por

Lazo negro Barcelona

La vida es agitación, ruido, bullicio. El horror enlentece la vida, la anestesia. Ayer en las Ramblas de Barcelona a partir de las cinco de la tarde sólo se oían los grillos. Faltaba el fragor del tráfico, las risas, el ajetreo de los bares, el mercadeo de las tiendas. Faltaba el chirrido de las ruedas de las maletas acarreadas por los turistas. Las conversaciones bajaron a media voz. Sobraban los muertos.

En Cambrils, recién caída la hoja del calendario, intentaron otra vez el espanto y se encontraron con una lluvia de fuego. Sólo les dio tiempo a  coser a un inocente a cuchilladas.

Los traficantes del terror tienen como primer objetivo silenciarnos, quebrarnos la palabra, y es verdad que la noche se quedó muda de duelo. Hoy Barcelona ha llenado las Ramblas de flores, de velas, de peluches porque hay niños muertos. Hoy Barcelona ha roto el silencio de los cementerios, está bullendo más que nunca, está agitada, cabreada, unida en un solo grito: “No tinc por”. Ayer, con la garganta cerrada por la rabia, Barcelona hizo colas interminables para donar su sangre, y tendió la mano de la hospitalidad abriendo las puertas de los taxis, las casas, los hoteles a todo aquel que lo necesitara. Ahí los traficantes del terror pincharon en hueso como pincharon en Madrid aquel fatídico 11 de marzo. Nunca un pueblo, una ciudadanía, una nación estuvo más unida ni fue más solidaria. Nunca como hoy en Barcelona o ayer en Madrid me sentí más orgulloso de ser español.

Hay príncipes y mulás que desde palacios forrados de oropeles maquinan, predican y ordenan estas orgías de sangre. Lo hacen en honor de un dios inventado para sojuzgar a sus pueblos y disfrutar de sus privilegios feudales. Seguramente ayer, a las cinco de la tarde, brindaron con champán porque la notoriedad de Barcelona propicia que su matanza rebote como el eco, llegue a todos los oídos y se refleje en todos los ojos del orbe. Pero en el fondo de sus menguadas mentes de pastores de cabras, tienen que admitir que nuestra sociedad funciona con la precisión del reloj del firmamento que veían sus abuelos en la noche del desierto. Les perturba que todos los engranajes de los cuerpos de seguridad, de emergencia y sanitarios mengüen los horrores de sus tropelías con una eficacia que jamás verán en las latitudes donde ejercen sus tiranías. Les desquicia que en el ejercicio de nuestra libertad, y no por imposiciones religiosas o militares, nos echemos a la calle a decirles que no tenemos miedo, al igual que antes tomamos las calles para gritarle a ETA: “Aquí tienes mi nuca”. Les trastorna que aquí, a diferencia de otras ciudades europeas, a las horas volvamos a llenar las Ramblas de agitación, ruido y bullicio.

Sí, con lo dientes apretados, con rabia y con enfado lloraremos a nuestros muertos. Todos sus muertos son nuestros muertos, así en Europa como en el resto del mundo, porque cada vez que revientan a un cristiano, a un judío, a un musulmán o a un ateo, están empujándonos dentro de su caverna. Una caverna oscura, teocrática y tirana que no es de este tiempo, se quedó varada allá por la Edad Media. Después de hartarnos de llorar volveremos a la vida, a nuestra vida digna, de igualdad, derechos humanos y solidaridad. Y lo haremos sonriendo  enseñándoles los dientes de nuestra libertad. Es lo que les jode.

J. Carlos

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