Coincidencias

Futuro

Te escribo estas líneas con el cerebro todavía alborotado, con una sensación de tumulto porque una parte de mis neuronas se han echado a la calle, a las barricadas. Se han sublevado contra mi gobierno mental que sostiene, todavía, una línea de pensamiento obsoleta. La revolución interna que se venía fraguando desde hace una década me ha estallado en los últimos días de julio, justo cuando las neuronas no están para estos trotes. Bastante tienen con quitarse el calor de encima y mantener la temperatura cinco o seis grados por debajo del ambiente exterior.

Todas las revoluciones necesitan, como las bombas, un iniciador o chispa para explotar. La revolución que se ha declarado en mi cabeza también ha tenido su chispa, la lectura de Homo Deus, que viene a ser la secuela de Homo Sapiens de Yuval Noah Harari. Ya te hablé con pasión de este autor en otras piezas de esta bitácora, Ficciones y Autobuses. Hoy, me repito y, seguramente, exagero. Estoy como el niño que acaba de estrenar ideas nuevas que andaban por ahí sin concretarse, hasta que viene una inteligencia superior, las saca a la superficie y te las presenta: “Aquí unas ideas”. “Aquí un lector”. “Un placer conocerlas”. “Gracias, igualmente”. Para resumir te diré que estos dos artefactos filosófico-históricos ofrecen una explicación, rigurosamente documentada, sobre cómo hemos llegado hasta aquí y una serie de pistas de cuál será el posible futuro de la especie. Créeme que no exagero cuando afirmo que, su visión de la historia será estudiada en todas las universidades en el siglo XXI con la misma intensidad con que lo fue El Capital de Marx en el XX; con una diferencia sustancial: éste estaba mal escrito y era más árido que el desierto de Atacama, mientras que aquellos tienen una prosa tan sencilla y exquisita como la de Bill Bryson o la de Carl Sagan.

Estos días, mientras me inyectaba en vena su lectura, casi como un yonqui, se sucedieron dos coincidencias que vinieron a echar leña al fuego revolucionario que ha prendido dentro de mi cráneo.

La primera la proporcionaba Facebook. Sus informáticos tuvieron que desconectar dos proyectos de Inteligencia Artificial (AI) porque se les iba de las manos. Se trataba de dos algoritmos, Alice y Bob diseñados para negociar entre ellos, en inglés, por el procedimiento de recompensa, como se hace con ratones de laboratorio; de forma que aprenden las tácticas a seguir cuando son recompensados y, cuando no lo son, aprenden las decisiones que no deben tomar. Al cabo de unos días se percataron de que el inglés resultaba ineficaz para sus propósitos y modificaron el lenguaje adoptando una estructura más eficiente. Los humanos, al reparar en que los algoritmos se entendían en un lenguaje incomprensible para ellos, los apagaron. No es la primera vez, la fundación OpenAI, de Elon Musk, hubo de paralizar también un experimento porque el algoritmo había desarrollado su propia forma de comunicarse. Por eso el fundador de Tesla afirma ahora que: “Hay que regular la inteligencia artificial antes de que se convierta en un peligro”. Google Brain, adelantándose a los acontecimientos, ha diseñado un botón de pánico para desconectar sus máquinas si se despendolan.

La otra coincidencia, que publicará mañana Nature, es la de que un equipo internacional de científicos ha conseguido, con la técnica de edición genómica CRISPR, corregir defectos congénitos en el genoma de embriones humanos. La noticia está en que lo han conseguido sin introducir errores adicionales. Ya te expliqué en este artículo, El Phoshop genómico y elefecto mariposa que investigadores chinos dirigidos por Junjiu Huang estaban cambiando los ladrillos del genoma de embriones humanos. La técnica no estaba muy depurada, así que la pared de la vida no encontraba la vertical porque los errores dejaban el enladrillado en malas condiciones. Era cuestión de tiempo que la ciencia resolviera esos “errores adicionales”. Por cierto, fue un investigador español, Francisco Mojica, de la Universidad de Alicante, el que descubrió en la arquea Haloferax mediterranei unas repeticiones palindrómicas en su genoma como barrera para luchar contra los virus. Eran los CRISPR.

Esas y otras coincidencias son las que te inducen a pensar que Harari puede tener razón y estamos a punto de abrazar una nueva religión: “El dataismo”.

En el siglo XVIII Locke, Hume y Voltaire nos convencieron de que Dios era producto de la imaginación humana y abrazamos la religión del Humanismo. Por si acaso dudábamos vino Nietzsche a certificar la muerte de Dios. Nos hicimos devotos del Humanismo porque con su ciencia y su inteligencia el ser humano mataba el hambre de la mayor parte de la especie, curaba enfermedades, reducía las guerras, incrementaba el bienestar y retrasaba la edad de la muerte sin necesidad de hacer rogativas a dioses o a santos.

A finales del XX hemos hecho dos descubrimientos sobrecogedores que nos abocan a renegar del Humanismo como antes renegamos de Dios. El primero se debe a Alan Turing que introdujo los conceptos de algoritmo y computación. Gracias a él hoy tenemos máquinas que, mediante un conjunto de instrucciones matemáticas tratan los datos que les suministramos y, no sólo nos superan en inteligencia, además, tienen la capacidad de aprender. Ahí tienes el sistema de Inteligencia Artificial Watson de IBM, una herramienta que ya se utiliza para tomar decisiones clínicas, industriales, financieras, etc. con mayor precisión y eficacia que un ejército de premios Nobel humanos. El segundo descubrimiento es que, tal vez, todos los organismos vivos no somos más que algoritmos bioquímicos y la vida solo consiste en procesar los datos o estímulos que recibimos. Bastaría con alterar los algoritmos o la entrada de datos para modificarnos. Nada nos impedirá reprogramarnos para tener el olfato de un perro, unos ojos que perciban todo el espectro de ondas electromagnéticas desde las de radio hasta los rayos gamma, o que el cerebro nos recompense con la sensación de un  orgasmo cuando nos venga en gana. Como advierto una mueca de escepticismo en ese fruncimiento de tu frente. Dime si modificar el genoma de un embrión humano no es la reprogramación de un algoritmo bioquímico.

Son ideas que sobrecogen. Lo sé. Es fácil imaginar a unos pocos ricos humanos con capacidades aumentadas que gozan de juventud y un tiempo de vida ilimitados, frente a legiones de parias humanos condenados a la enfermedad, la vejez y la muerte próxima.

O, puede que todo lo contrario. Lo bueno que tiene el futuro es que no está escrito, ni siquiera pautado en algoritmos.

J. Carlos

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