Con capa y sombrero de ala ancha

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Las dictaduras tienen las digestiones lentas. Cuando el pueblo consigue desalojarlas, sea por las bravas o por la muerte en la cama del dictador, cree que basta con tirar de la cadena del váter de la historia para que sus excrementos fluyan bajo tierra en las cloacas y, en el mejor de los casos, abonen como metáforas de la maldad humana los libros de texto.

En España, por ejemplo, hoy hace cuarenta años que estrenamos Cortes e Instituciones democráticas, los mismos años que duró la dictadura. Y aún seguimos corroídos por el ácido clorhídrico de la corrupción. Los partidos políticos se han travestido de Movimiento Nacional y han tejido una red clientelar que tupe todo el entramado de Administraciones Públicas. Mientras los partidos anglosajones cuando acceden al gobierno sólo pueden nombrar de Director General para arriba, en nuestro país cualquier puesto de trabajo en la Administración es de libre designación y, de existir algún reglamento específico que lo impida, se crea una empresa pública donde colocar a los familiares hasta el cuarto grado de afinidad y más allá. Las comisiones y regalías no son más que el corolario de este sindiós. O se apoquina la coima o no se trabaja con las Administraciones. Por eso, cuando veo una obra pública, una privatización o una subvención, por instinto, me echo la mano a los bolsillos con la certeza de que me están birlando un 3%, un 6%, un 10%. En ese sumidero desaparecen unos 8.000 millones de € al año.

Hay otra corrupción más dañina, heredada también de la dictadura, pero enraizada desde hace siglos en aquel rasgo patrio que universalizó la literatura del Siglo de Oro, la picaresca. Según el Sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha), la cuarta parte del edificio económico no paga los gastos de comunidad. Es decir, 25 de los  100 vecinos utilizan los servicios comunes sin pagar un duro y, cuando los paganos los saludamos en el ascensor o en la escalera o en el portal se nos ríen en nuestra cara. Y eso no es un sumidero, es un pantano de tierra porosa por el que perdemos 90.000 millones de € al año (30.00 en cotizaciones a la Seguridad Social y 60.000 en Impuestos). Con ese pastón acabaríamos de un plumazo con el déficit de las pensiones, y podríamos revertir en un solo año todo lo recortado en educación, sanidad, inversión, obra pública, etc. durante la crisis y, todavía nos sobrarían para amortizar deuda.

Aquí, pues, se da la paradoja de que enterramos bajo tierra la cuarta parte de nuestra economía para esconderla, mientras las cloacas económicas discurren al aire libre por mitad de las calles, con la misma impunidad con que las aguas negras se arrojaban desde los balcones hace dos siglos y medio.

En marzo de 1766, el pueblo amenazó con asaltar el palacio real si no se destituía al Ministro Esquilache, que pretendía prohibir la tradicional capa y el sombrero de ala ancha por la facilidad de esconder armas. El rey, Carlos III, tuvo que destituirlo, amén de disolver la guardia valona y disminuir los precios de los alimentos básicos. Nadie le explicó al Marqués de Esquilache que aquella indumentaria no era un receptáculo de armas, sino un simple parapeto contra la carga que disparaban los orinales al grito de “agua va”.

Los medios de comunicación y los jueces llevan años mostrándonos como los orinales del Poder y del Dinero nos han estado enmerdando. Nos resbalaba por ese sombrero de ala ancha con el que nos inclinamos servilmente y escurría por esa capa hecha de paciencia secular. Pero algo está cambiando. Se amontonaron los abuelos, pancarta en ristre, alrededor de los coches que traían y llevaban a los corruptos a comparecer en el banquillo. No fue un motín, pero se te helaba la sangre. Comparecieron los delincuentes de cuello blanco ante los jueces gastando soberbia, perdonándonos la vida, con sus muletillas aprendidas en las películas de mafiosos: no sé, no me consta, no recuerdo… Leímos sus correos, escuchamos sus conversaciones… Y caímos en la cuenta de que su simpleza no daba para un guión de película de tercera. De todos los gastos con la tarjetas Black ni un mísero euro para comprar un libro o para ir al teatro o para pagarse un curso. Vinos caros, viajes, billetes de cajero, restaurantes de lujo y lencería con puntilla.

El pasado 19 de julio, cuando faltaban tres días para la efeméride de los cuarenta años de Cortes democráticas, Miguel Blesa se pegó un tiro. Fue durante trece años Presidente de Caja Madrid por méritos propios: Había estudiado la oposición con Aznar y era su amigo. Sus conocimientos bancarios iban más allá de lo que se podía presumir en un fontanero o en un echador de cartas, pero no mucho más. Supo corromper a sus aledaños para mantenerse en el cargo y regó con préstamos “incobrables” a sus íntimos, ente otras fechorías. El penúltimo corte de mangas que nos hizo desde su coche oficial blindado de medio millón, fue la estafa de las preferentes. Si sumamos toda su ruinosa gestión resulta un saldo de más de 1.000 millones de € por año que se mantuvo en el cargo. Rato vino después a redondear la cifra y duplicarla. El último corte de mangas nos la hizo con su escopeta, se cazó a sí mismo y, de paso, birló a las arcas públicas unos cuantos millones que resultarían de las responsabilidades civiles. Éstas se extinguen junto con las penales por el fallecimiento del reo ya que no existe condena en firme. Todo un acto de amor a la familia.

Estoy convencido de que si en vez de haberse cazado a sí mismo, hubiera cazado una cierva de descarte, habría llamado a su taxidermista de confianza. Lo que ignoro es, a quién o quiénes les hubiera mandado el trofeo de su cornamenta.

Hoy hace cuarenta años que estrenamos Cortes democráticas y aquí seguimos, embozados con capa y sombrero de ala ancha para no mancharnos.

J. Carlos

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