Efecto halo

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Las emociones son la sal en el manjar de la vida. Vienen a ser las recompensas con que el cerebro nos chuta para que luchemos por la supervivencia y no nos dejemos tentar por el hastío. Sin ellas nuestro paseo por el mundo sería tan plano como un mapa y tan insípido como un zumo de paja. Seguramente las especies no habríamos prosperado sin los placeres de la comida o el sexo, por ejemplo. Sin embargo, no sólo levantan grandes pasiones que esponjan el alma, también producen efectos perversos como la ira, el miedo, la rabia o la desesperación y, otros daños colaterales como el efecto halo.

El efecto halo lo descubrió Edward L. Thorndike en 1920.  Es un sesgo cognitivo que padecemos según el cual, si una persona tiene un rasgo central atrayente como el físico, la fama o el dinero, tendemos a considerar también atrayentes todos los demás rasgos de esa persona. ¿Quién no ha tenido una asignatura cuya materia era menos digerible que un kilo de clavos, y gracias a que el profesor que la impartía nos caía de fábula, llegamos a cogerle el gusto? Sensu contrario, el efecto halo invertido sería el caso de aquella asignatura fácilmente digerible, incluso atrayente, que impartida por el profesor que nos caía como el culo, nos resultó odiosa. Este efecto tiene consecuencias devastadoras en nuestro tiempo y es que, como aquellos que han sido tocados por la lotería de la genética, la fama o el dinero, los tenemos en nuestro salón o en la pantalla de nuestro móvil a golpe de tecla; es verlos y no sólo nos corroe la envidia por su atractivo que contrasta con el nuestro, es que los subimos a los altares y, de seguido, les generalizamos su carácter atractivo a todos los demás rasgos de su personalidad.

Si el bueno de Pau Gasol mete en la pantalla de nuestro salón sus dos metros y trece centímetros de estatura, y nos exhorta a que nos entreguemos a la gente del Banco Popular porque “podemos confiarles hasta nuestro bebé y no nos fallarán”, pues compramos acciones del banco y las sostenemos hasta la ruina y más allá. Ya sabemos que el bueno de Pau no distingue un préstamo de un crédito o un derivado de un futuro, pero es tan majo el chaval que no entramos en minucias y le otorgamos total credibilidad. Antes le había sucedido al admirado José Luis López Vázquez, corría el año 1967, la escena se desarrollaba en una cabina telefónica y el actor gritaba al auricular: “Matilde Matilde que ya he comprado telefónicas”. Eran los inicios del llamado capitalismo popular. Unos años más tarde, en 1973, las “matildes” (acciones de la Compañía Telefónica Nacional de España) se dieron tal “matildazo” que enfrió por décadas la codicia bolsística de los españoles.

Rosa Montero es una trabajadora de la palabra, en sus columnas y artículos apela siempre a los más desfavorecidos. Nadie duda de que es una persona compasiva, bondadosa, luchadora infatigable contra los molinos de la desigualdad. ¿Cómo no la vamos a querer? Así que cuando se permite cantar las alabanzas de la homeopatía, el sesgo cognitivo nos induce a confiar en sus apreciaciones, a pesar de que sabemos que no distingue un ácido de una base y que esta vez no tuvo la decencia profesional de documentarse ni siquiera mínimamente. Si hubiese preguntado a cualquier estudiante de primero de medicina, le habrían testimoniado que la homeopatía es un sacaperras cuyos brebajes son tan inocuos como una disolución de azúcar en H2O. Si se hubiera molestado en preguntar a su médico de cabecera hoy sabría que, algunos sacerdotes de esta pseudociencia inducen, criminalmente, al abandono de las prácticas curativas de la medicina científica a enfermos graves y los abocan a una muerte segura.

El excelente actor Robert de Niro y el histrión famoso del cine Jim Carrey han puesto en solfa las vacunas, no sólo dudando de su eficacia, sino arguyendo que causan perjuicios severos como el autismo. Otra vez el sesgo cognitivo nos juega una mala pasada, pensamos que personajes que están en la cúspide de la pirámide social, tan intocables y lejanos para nosotros como lo era el faraón para los antiguos egipcios, no pueden equivocarse porque saben lo que se cuece en las alturas, tanto más cuando adornan sus afirmaciones con conspiraciones de farmacéuticas internacionales y conjuras planetarias que parecen dignas de un buen guión cinematográfico. Que sus conocimientos de medicina y biología sean más rudimentarios que el lenguaje de los simios, no impide que muchos les presten credibilidad por el efecto halo.

En España endiosamos de tal modo a los presentadores que, basta con que las cámaras los quieran para comprarles toda su chamarilería. A Mariló Montero le compramos sin pestañear la afirmación de que cuando se  hacía un trasplante de órganos, también se transmitía el alma del difunto y, si éste era un asesino, el vivo tendría que pechar con un alma envilecida. Ana Rosa Quintana nos vendió una novela  plagiada por un negro al que había contratado para escribírsela, pero es tan guapa, tan alta y comunica tan bien que ahí sigue reinando en las mañanas televisivas. Ahora ha sido otro presentador alto y guapo llamado Javier Cárdenas, ¿sabes quién te digo?, ese radiofonista que ametralla las palabras a tal velocidad que las vocales se le enredan en el cielo de la boca; sí hombre, el que tiene un programa diario en la televisión pública en prime time. Pues va y, arrimando el ascua al analfabetismo científico que nos asola, denuesta por esa boquita de piñón las vacunas y las asocia al autismo. Me preguntaba en Facebook si su lengua podría ser considerada como un arma de destrucción masiva, ya que según la OMS las vacunas evitan más de un millón de muertes al año. Una pediatra, Lucía Galán, le ha respondido por escrito en el tono sereno y humilde de los que trabajan, estudian y saben; el muy ceporro ha contestado vía Instagram que es ella quien tiene que disculparse. La ignorancia es atrevida, induce a compasión cuando es inocua, pero si pone en juego la vida de nuestros hijos y nietos se convierte en un acto criminal.

Siempre habrá una Gwyneth Paltrow que conocedora del efecto halo, tiene una máquina de imprimir dólares a través de un portal llamado Goop desde el que vende todo tipo de mejunjes, cremas, tratamientos y brebajes para curar cualquier padecimiento sin la menor consistencia objetiva ni científica; por si fuera de tu interés ofrece huevos de jade para la fertilidad, eso sí, debes residenciarlos en el mismo lugar donde se meten las bolas chinas. Siempre habrá una Patricia Beckham que aclara su piel con excrementos de pájaro; supongo que habrá cientos de miles de morenas que la imitan embadurnando de mierda su cutis. Y siempre nos quedará una Isabel Preysler que negará haber sido agraciada en la lotería genética, y que achacará su figura de porcelana a un bebedizo verde. También te negará que permanecer toda la vida ociosa, servida por otros, con dinero de sobras, bien dormida y bien acoyundada por sementales ricos y famosos, ayuda un huevo a la esbeltez de la imagen y a la tersura de la piel

J. Carlos

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