Wanna Cry

       Internet

Hasta hace dos siglos las ondas electromagnéticas y la electricidad vagaban a sus anchas a la velocidad de la luz. Cuando la mente humana las descubrió, no tardó mucho en domesticarlas como antes había domesticado a los animales de carga. Con ellas iluminamos nuestras ciudades, oímos la radio, vemos la televisión y hablamos o chateamos con nuestro móvil. Y todo se hizo instantáneo y se achicó el espacio hasta casi desparecer, de modo que mientras paseamos por la calle Galiana, en Avilés, hablamos y vemos en la pantalla del móvil al amigo que toma el sol sobre la hierba de Central Park, en Nueva York. Una vez domesticadas las ondas y los impulsos, caímos en la cuenta de que, si las estabulábamos como a rebaños podían ser los repositorios de nuestra información, harían miríadas de cálculos tediosos y tomarían decisiones lógicas basadas en la ingente cantidad de datos almacenados. Los establos son esas cajitas con placas de silicio que llamamos ordenadores. Al principio estaban aislados o se reunían en pequeñas tribus y daban poca chicha, así que abrimos sus puertas y les pusimos autopistas por las que transitan y se comunican a la velocidad de la luz. Ahora lucen mucho más lustrosos, dónde vas a parar. Había nacido Internet, una maraña de caminos que une todos los dispositivos del mundo, desde el móvil hasta el frigorífico, desde el coche hasta la televisión, desde el reloj que mide tus pulsaciones o tus pasos hasta la muñeca pecosa de tu hija. Ya se sabe que por los caminos siempre llegaron las mercancías, la cultura, el intercambio de ideas y las civilizaciones; pero también llegaron la guerra, las enfermedades y las epidemias. La historia se repite, los caminos vuelven a estar en precario, como en la Edad Media, y a la que te descuidas aparece un salteador tras un recodo y te desvalija.

Los nuevos caminos están empedrados de ceros y unos, son volátiles. Puedes cegar uno o media docena, el impulso buscará otro hilo de cobre o de fibra óptica, o se transformará en onda que saltará de antena en antena y rebotará en el satélite hasta llegar a tu ordenador. Sólo tienes una solución: cerrar la puerta, esto es, desconectar tu dispositivo. Los bandoleros actuales no llevan la faca en la faltriquera y trabuco al hombro, son expertos informáticos que se apostan tras un teclado y sueltan un virus con el código malicioso para que se expanda a la velocidad de la luz. Puede que, mientras hablas desde Avilés con tu amigo en Nueva York, te estén birlando las claves bancarias, te borren todos tus archivos o, tal vez, sólo los encripten y te pidan un rescate por liberarlos; vamos que te secuestran el rebaño y si no pagas lo degüellan. Será una desgracia para ti, pero convendrás conmigo que será una pequeña pérdida para la humanidad. Ahora imagina que, un mal nacido inyecta un virus informático para, en plena canícula veraniega, abrir todas las compuertas de los pantanos de Madrid. Piensa en la navegación aérea si consigue meter un código para que los satélites GPS yerren en sus cálculos. Habría una debacle financiera si borrara los archivos de uno de los grandes bancos. Ya no te cuento si hace creer a un país, de los de bomba atómica en sus silos, que está siendo objeto de un ataque nuclear. No hace falta ponerse peliculero profetizando el apocalipsis, basta con pensar en bandas organizadas que, a punta de trabuco informático, perpetren atracos colectivos tales como semáforos que se vuelven locos, mercancías que siguen rutas diferentes a las que figuran en su código de barras, apagones de luz, sabotajes a los Registros Oficiales que pueden cambiar la identidad de miles de personas, etc.

Hace una semana unos salteadores dispersaron el Wanna Cry que infectó a grandes corporaciones, entre ellas hospitales, de 150 países. Sólo querían, al parecer, unos miles de dólares para liberar los datos encriptados. Marcus Hutchins, de 22 años, destripó el código y encontró un dominio que resultó ser una tecla de desactivación, lo adquirió por 10 dólares. Por esta vez, como en las películas almibaradas, tuvimos héroe que nos salvó en el momento justo del metraje y todo acabó bien. Seguramente hay una plantilla bien nutrida de forajidos dispuestos al asalto, porque nunca ha habido tanto ajetreo ni botín tan suculento. Dicen los expertos que miles de virus recorren cada segundo la tupida red de circuitos electrónicos, y no es para menos, los bandoleros más sagaces suelen terminar de sheriffs en grandes empresas con salario estratosférico. Sin embargo, no creo que estos ataques masivos beneficien al gremio. Me malicio que esta vez los bandoleros llevaban como siempre la cara embozada, pero cubrían sus manos con guante blanco. No hace falta ser un Sherlock Holmes o un Pepe Carvalho para llegar a esa conclusión, basta aplicar la máxima de “a quién beneficia”. Sólo se me ocurren cuatro actores posibles, a saber.

– Las empresas que venden sistemas operativos y navegadores para meter el miedo en el cuerpo de los usuarios que no pasan por caja y, por consiguiente, no reciben sus actualizaciones.

– Los proveedores de programas antivirus que, a menudo, les sucede como aquel taller de lunas que abrió un día y, a la mañana siguiente, la mitad de los coches aparcados en su calle amanecieron con los vidrios rotos.

– Las Agencias de espionaje de las grandes potencias probando su capacidad de acción y, sobre todo, analizando la capacidad de respuesta de terceros países.

– El oligopolio que fagocita internet, harto ya de cobrarnos sólo con la carne de nuestros datos y nuestra intimidad, necesita, para seguir creciendo, que pasemos por caja. No hay mejor justificación que la de la seguridad y, de paso, espantan a todos los moscones que intentan libar en la flor de su mercado.

Conque ni va de terrorismo ni de devolvernos a la Edad de Piedra. Va de acojonarte. Es un spot publicitario para que compres sus sistemas operativos, sus antivirus y cortafuegos. Un mero reclamo para que dejes de acostarte con  aplicaciones gratuitas que pueden infectarte con el Sida informático y eso no hay condón que lo resista.

J. Carlos

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