Jordi Cruz, la percepción social y los límites éticos.

Jordi Cruz

La percepción social es gregaria y se amolda a los límites éticos que imponga la comunidad en la que se vive, igual que el agua se amolda a las paredes de la vasija que la contiene. Si hace dos siglos la esclavitud era percibida con la misma naturalidad con que se suceden las fases de la luna, hoy esclavizar a un ser humano constituye un delito. Aquí, si nos remontamos poco más de un quinquenio, la homosexualidad era percibida como un pecado nefando, hoy pueden matrimoniarse las personas del mismo sexo; por contra, en nuestras afueras, hay setenta países que castigan esa conducta con penas que van desde series de latigazos hasta la pena de muerte. Hoy todavía, en nuestros adentros, a la tortura y matanza de ejemplares vacunos se les atribuye la cualidad de arte y se fomenta con subvenciones y bajadas de impuestos; pocos saben que, hace casi cinco siglos, el pontífice Pío V promulgó la bula  De Salute Gregis, en la que excomulgaba ipso facto a todos los príncipes cristianos que celebrasen corridas de toros en sus reinos.

Los límites éticos, pues, fluctúan, se estiran y encogen como si estuvieran construidos con el mismo material elástico que los eufemismos. No se expanden indefinidamente, como piensan los optimistas, sufren colapsos y repliegues que, sospechosamente, coinciden con los momentos en que los ayatolás ideológicos o religiosos alcanzan el poder. Y no te engañes, mientras esas religiones e ideologías están lejos de la púrpura y de la moqueta dicen admitir los límites éticos existentes, pero en cuanto tienen el Boletín Oficial en sus manos, tiran de las riendas legislativas hasta asfixiarte. Pocos se acuerdan que, en 1986, en plena revolución conservadora de Ronald Reagan, el Tribunal Supremo de Estados Unidos falló que, la Constitución no protege las relaciones homosexuales ni el sexo oral o anal entre hombres y mujeres, ni siquiera en la intimidad de sus casas.

Desde que el trabajo dejó de ser un arte para crear un producto y se convirtió en un factor de producción en masa, el trabajador pasó de vender su creación a vender su fuerza de trabajo. Es decir, se convirtió en carne de mercado; y ya se sabe que el mercado sólo obedece a una ley injusta, la de la oferta y la demanda. En el mercado del capital y del trabajo, el capital es escaso y se vende muy caro, el trabajo es abundante y se compra muy barato. El lenguaje que es muy sabio y sabe siempre quién manda y quién obedece, no llamó al sistema Trabajismo, lo llamó Capitalismo. Así que, cuando dejamos actuar sólo al mercado la línea entre trabajo y esclavitud se difumina, al igual que se difumina la frontera que separa la prostitución de la trata de personas. Para que el mercado funcione adecuadamente se necesitan unas normas que delimiten el campo de juego y un árbitro que pite las faltas y los penaltis, como en las competiciones deportivas.

Tengo especial predilección por aquellas profesiones que todavía permiten a unos pocos vender su arte, no su fuerza de trabajo, como los pintores, músicos, escritores, deportistas, médicos, científicos, cocineros, etc. Qué quieres, me conmueve más Cáscara de nuez escrita por una sola persona, Ian McEvan, aunque sea fruto de lecturas de otros muchos autores, que el último avión Airbus A-380 en el que han participado decenas de miles de trabajadores. Por eso, y por mi ineptitud con los fogones, tengo a la cocina en muy alta consideración. Eso sí, me sacia ya ver  tanto proclamado chef y másterchef alabándose y glorificándose a sí mismos y a su profesión como si hubieran descubierto la pólvora o el arco de medio punto. Estoy harto de que utilicen eufemismos y tropos para expresar lo que ya decían y elaboraban nuestras abuelas en las cocinas de forja y paja. Sus aportaciones al arte culinario me temo que se reducen al soplete, al nitrógeno líquido y a la redacción surrealista de la carta de los menús. Lo demás, variaciones sobre el mismo tema, como el Bolero de Ravel. Ah, y si vas a uno de sus restaurantes tendrás que aguantar que te cambien catorce veces la vajilla, otras tantas veces oirás en un lenguaje barroco y críptico lo que vas a degustar (no a comer). Cuando pagues, tu tarjeta echará la cuenta de que has ido treinta y cinco veces al cine, o que has visto doce obras de teatro, o que has comprado una veintena de libros. Al salir, búscate una taberna de las de toda la vida y pide un bocata de jamón o de tortilla porque las catorce “degustaciones” te habrán abierto el apetito. De entre estos autodenominados maestros han salido un ramillete de buenos comunicadores que copa el mundo de lo audiovisual. A la que te descuidas, si cambias de canal, oirás sus latigazos verbales sobre los oídos de concursantes que sudan la gota gorda en las galeras de la cocina y, al final, los muchachos escuchan resignados la maldición o bendición que imparten urbi et orbe estos especialistas del estupro gastronómico. Lo más cruel es que la televisión que pagamos todo, no sólo les da cancha en detrimento de otras profesiones de más eficacia social –médicos, científicos, escritores, informáticos, etc.- además, les permite el sindiós de emplear a niños como cobayas.

Es estrambótico, pero los restaurantes de postín donde cocinan estos  chefs los subvencionamos tú y yo sin comerlo ni beberlo, como subvencionamos sin viajar la mitad de billete del AVE a Barcelona, 89 de cada 100 euros si el viaje es a Sevilla o, 94 de cada 100 si viajas a Valencia. Volviendo al tema, resulta que un porcentaje altísimo del trajín de tarjetas que pasan por los datáfonos de los “con estrella Michelín”, corresponden a empresas públicas y privadas. El día que Montoro solicite los extractos de las mismas e impute como salario en especie todos los importes superiores a 9 Euros -secundum legen-, los directivos tendrán que apoquinar a la Hacienda Pública más de un 40% de todo lo comido y bebido. Ese día los humos de estos chefs volverán a la cocina que es donde deben estar y, algunos tendrán que reinventarse para dar de comer a la gente, no sólo a los estómagos agradecidos.

Hay un chef, un tal Jordi Cruz, con programa en la televisión pública, que tiene a la mitad de la plantilla de su restaurante con una nómina de cero euros. A su entender sí que tienen nómina, una muy sui géneris cuyo salario base es la enseñanza y que tiene, además, un complemento salarial: la acreditación de haber trabajado con tal ilustre gurú. Obviamente no cotiza a la Seguridad Social y, como la enseñanza y el honor no se cuantifican como salario en especie tampoco paga impuestos. Eso sí, les da de comer en el restaurante como hacían las empresas del XIX, que pagaban a sus trabajadores con bonos sólo canjeables en los almacenes de la propia empresa. También les da cobijo, igual que los negreros americanos le daban techo y cama a sus esclavos. El analfabeto social, pillado con las manos en la masa, se permite hace afirmaciones que sonrojarían a Donald Trump: “es un privilegio”, “no les cuesta un duro” “imagina –dice– cuánto les costaría eso en un máster en otro sector”. Ya me imagino haciendo un MBA en el Instituto de Empresa por la mañana y por la tarde escardando cebollinos gratis et amore. Fui, hace muchos años, profesor de ese Instituto y no recuerdo que, de entre las obligaciones de los alumnos figurara barrer las aulas o ponerse guantes de latex para dejar impolutos los inodoros, ni siquiera entre los becarios. Como el muchacho, además de chulo porque yo lo valgo, es rematadamente torpe, se delata cuando sentencia: “si toda la gente en cocina estuviera en plantilla, no sería viable” (el restaurante). Ergo, su empresa y sus ganancias son factibles porque prostituye el trabajo de la mitad de su plantilla y no paga la jodienda, sólo la cama.

Sr. Cruz, si quiere usted enseñar ponga una Escuela de Gastronomía y fije los honorarios que estime que valen sus enseñanzas. Como va de sobrao le aconsejo que no pida más de lo que estén dispuestos a pagarle sus alumnos que, a lo peor, es mucho menos de lo que supone. Si quiere tener trabajadores contratados en formación le doy una buena noticia: la ley le ampara. Sólo que tendrá usted que abonarles un salario no inferior al mínimo interprofesional, a cambio disfrutará de reducción en las cuotas empresariales. En cuanto a la jornada se distribuirá en un porcentaje marcado entre actividad formativa y actividad laboral. Para los demás requisitos legales y para la indemnización a que se enfrenta, pregunte a su abogado; supongo que si tiene usted dinero para comprarse un palacio de 3 millones de euros, lo tendrá para pagar a ese profesional, tal vez se lo haga gratis porque usted lo vale o porque es famoso o porque es muy guapo. Le recuerdo que los derechos del trabajador son irrenunciables, esto es, que sus currantes no pueden renunciar a sus sueldos y si lo hicieran sería un acto nulo de pleno derecho. Así que, insisto, búsquese un abogado.

En fin, como te escribía más arriba los límites éticos son muy elásticos: Mientras un fiscal pide de oficio, porque el supermercado no se siente perjudicado, ocho meses de prisión para una pareja por robar comida basura -rompieron un candado para entrar en un almacén y tomaron la comida de un contenedor dispuesto para tirar-; el afamado Jordi Cruz atraca a la mitad de su plantilla durante años, la esclaviza, prostituye la dignidad de los trabajadores y, por encima, los considera unos privilegiados. ¿Dónde está la Inspección de Trabajo? ¿Dónde los sindicatos? –el sindicato CSC ha presentado denuncia, a buenas horas mangas verdes- ¿Adónde miraba la Agencia Tributaria? Por la fiscalía no pregunto porque sabemos que está ocupada en mandar a la cárcel a tuiteros que escriben chistes con mala baba, y en quemar incienso en la naveta de la investigación para que no les llegue el tufo de la corrupción al oficiante y sus acólitos.

Y lo más sangrante, ¿dónde está nuestra indignación? La tuya y la mía, digo.

J. Carlos

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