Ficciones

sapiens

Afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens” que en la historia del hombre hubo un salto evolutivo esencial: la ficción. La especie que hoy epidemia el planeta hubo de echar mano de mitos y fantasías para que sus miembros cooperaran entre sí. Las bandas de homínidos que recolectaban y cazaban eran pequeñas, todos sus miembros se conocían y cooperaban entre ellos, pero recelaban de los miembros de otras bandas. Para crear tribus formadas por varias bandas era necesario un relato común que les uniera. Se necesitaba un nexo entre individuos que no se conocieran, un mito que sirviera de argamasa para conseguir la cooperación entre ellos. En principio la ficción tenía una trama simple, con dioses que se encarnaban en lo más cercano: animales, plantas, ríos. Después se hizo necesario crear la mitología heroica de los líderes y de los chamanes, contar la historia de la tribu fantaseada a la luz de la lumbre, imponer los códigos de conducta exigidos por los dioses, narrar la épica de las guerras contra otras tribus. Con el tiempo las tramas fueron adquiriendo una complejidad extraordinaria, dando lugar a las religiones, los reinos, las naciones, las historias, el derecho, el dinero, las instituciones, las sociedades anónimas. Son simples relatos, fantasías en las que confiamos y, gracias a las cuales, la evolución nos ha traído hasta aquí. Es cómico pensar que un trozo de papel que llamamos dinero nos sirva para adquirir alimento, vestido… proporcionado por el trabajo de otras personas. Gracias a esa fantasía y a que el resto de sapiens confían, como tú, en la magia de ese papel seguimos poblando el mundo y desalojando otras especies a marchas forzadas. A veces, hay excepciones, pequeños relatos que se van al carajo, ocurre cuando compras Preferentes o Valores filatélicos en la confianza de que al cabo de un tiempo te devolverán el dinero que depositaste y, de pronto, la fantasía se desvanece y no queda nada.

Estas ficciones modelan las estructuras sociales como el agua y el viento modelan los roquedales. Los artificios imperialistas y los nacionalistas fueron, y siguen siendo, elementos de cohesión para que cooperen millones de personas que no se conocen y viven en territorios diversos, del mismo modo que los artificios religiosos homologan creencias y códigos de conducta comunes que atraviesan países, razas y continentes. El artificio humano más extendido es el capitalismo, se ha extendido como una sopa ubicua a todo el orbe y sirve para engranar mecanismos de cooperación muy sofisticados, aunque a veces tan absurdos como el de las anchoas pescadas en el Cantábrico que viajan a China para desespinarlas y vuelven a Santander donde se enlatan. Estos relatos no son inocuos, es verdad que fomentan la cooperación y producen beneficios a la especie, pero no es menos cierto que han producido y producen mucho sufrimiento en forma de guerras, hambrunas, desigualdad…

En el siglo XX al final de las dos grandes guerras mundiales, la especie intentó, al menos en el terreno político, escribir una narración global a través de organismos relatores como la Sociedad de Naciones, en 1919, que fracasó y, posteriormente la Organización de Naciones Unidas (ONU), en 1945, que aún persiste pero resulta de todo punto incapaz para hilar un relato común creíble. Las fantasías nacionalistas dificultan el fomento de relatos de mayor calado. Ni siquiera ficciones como la de la Europa Unida terminan de calar en el imaginario colectivo, algunos individuos piensan, como tal vez pensaban las bandas que se unificaban en tribus mayores, que su vida puede empeorar y sus relatos nacionales tan instalados en sus creencias van a terminar disolviéndose en  el conjunto superior.

Los relatos que nos contamos para cooperar se basan en la fe, en la confianza de que todo el mundo se los cree y colabora. Cuando me levanto por la mañana y salgo a la calle lo hago con la confianza de que alguien se ha levantado antes y la ha limpiado, que las farolas me alumbran porque otros producen la electricidad para mí, que si cruzo el paso de cebra el conductor parará porque cree que yo tengo preferencia y…, en fin, cuando compro el billete de metro lo hago en la creencia de que llegarán los vagones en el tiempo anunciado en el panel electrónico, me subiré y el conductor me llevará a mi destino. Cuando la confianza se quiebra y el relato no resulta verosímil el homínido se retrae y descree.

Si los relatores de las fantasías político-sociales te engañan y se corrompen, se te caen los palos del sombrajo y eres capaz de votar al primero que diga lo que quieres oír, aunque sea zafio, ignorante y filofascista. Si te estalla la crisis en plena cara porque algunas de las fantasías creadas por el hombre no se cumplieron, como la del progreso económico sin fin, te enrocas en tus relatos nacionalistas y prefieres el relato conocido de tus patrias y tus banderas, que el nuevo por conocer y votas el Brexit.

En los tiempos de descreimiento, cuando la confianza flaquea, cualquier mindundi, con un poco de prosopopeya, puede enardecer a una comunidad de homínidos con la ficción de la lengua, la cultura y la bandera; basta con una dosis letal de historia inventada con épicas fantásticas, odios ancestrales, victimarios, enemigos gigantes y una tierra prometida después de la travesía del desierto. Los relatos resultan tan mágicos que te pueden estar birlando la cartera y a ti nunca se te ocurrirá mirar los bolsillos del narrador.

Con que, cuidado con lo que crees y también con lo que descrees. La gravedad permanece con independencia de tu fe en ella, las ficciones humanas se desmoronan como un castillo de naipes si no gozan de tu confianza.

J. Carlos

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