El parto de los montes

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La corteza terrestre flota sobre la roca derretida del manto y se mueve. No es una envoltura uniforme, está estratificada en forma de placas tectónicas que chocan entre sí. Cuando esto sucede una de ellas se pliega y se hunde, mientras que la antagónica se levanta dando lugar al parto de los montes. La emoción social también navega sobre el magma político con la misma quietud aparente con que se mueve la corteza bajo nuestros pies, aunque de vez en cuando sus placas chocan y producen terremotos sociales o volcanes que expulsan lava revolucionaria.

En el caso de la Infanta y su marido, la Audiencia de Palma ha parido un ratón con el ánimo de atemperar el movimiento telúrico. Las juezas desconocen la física de la tectónica de placas. Desconocen que el monte Everest seguirá creciendo por más toneladas de ciencia jurídica que le echen encima. Se probó que el marido de la Infanta se asoció con otro delincuente para, prevaleciéndose del apellido Real, vender, a precio de  oro, informes y asesoramientos cuyo valor no alcanzaba al del papel y la tinta en que estaban escritos. Se constató que una caterva de políticos compró aquella “basura” porque el dinero no era suyo, era del contribuyente y, se les hacía el culo gaseosa por hacerse acreedores del “favor Real”. Se acreditó que otra caterva de gestores de empresas privadas adquirió la mercancía averiada por las mismas razones que los políticos: el dinero no era suyo y su nombre se anotaba en la lista de los “proveedores de la Casa Real”. No hubo denuncia por parte de los gestores privados, lógico, hubieran quedado como estúpidos. Tampoco los verdaderos perjudicados, los accionistas de esas empresas, dijeron esta boca es mía ni en los juzgados ni en las juntas generales, lo que nos da otra medida más de la podredumbre del sistema. Resultó probado que la Infanta compartía a pachas con su marido una sociedad donde afluían los resultados de la actividad delincuencial. Es un hecho que, para ahorrarse los gastos del servicio del palacio de Pedralbes, los trabajadores figuraban como empleados de la sociedad. Es otro hecho que la Infanta se pulió con la Visa Oro de la empresa más de un cuarto de millón de euros en flores, restaurantes, material escolar y música. Es universitaria y trabaja en una institución financiera, pero el fiscal y las juezas consideran probado que no se enteraba de que su príncipe azul trincaba la pasta para hacerla feliz. Es una lástima que ni en los resultandos ni en los considerandos de la sentencia nos expliquen si su ignorancia deriva de escasez intelectual, si emana de un estado de enamoramiento permanente, o viene de fábrica asociada a su cualidad de Infanta –ya se sabe que la realeza fue reacia durante siglos a mezclar en exceso sus genes y eso, al parecer, produce estragos- Lo que no nos extraña es que su abogado levite de felicidad al leer el fallo, por lo visto los milagros ya no sólo habitan en los libros religiosos para dar lustre a los dioses y a sus santos.

La Infanta también levita por encima de las dos placas tectónicas que han entrado en colisión, la placa de la crisis y la de la corrupción. Si uno se fija en la de la crisis y, más concretamente, observa la roca granítica y gris de ese currante que perdió el trabajo, después su casa y ahora da de comer a sus hijos con la caridad de la pensión de los abuelos; si, al otro lado ve la placa tectónica de la corrupción avanzando con una morosidad impune de siglos, apenas erosionada por algún contratiempo judicial que se solventa con un indulto; uno se pregunta: ¿cuál será la subducida y cuál emergerá como una cordillera? Me temo lo peor.

El problema de la Infanta es que por educación o por convicción está persuadida que ni ella ni su santo varón han hecho nada punible. Sabe que lo que vendía su marido no era un producto ni un servicio y, por tanto, su calidad era indiferente. Se limitaba a alquilar el apellido regio o, si quieres, comerciaba con el sueño de codearse con la familia más poderosa del reino, en el entendimiento de que al calor del armiño Real iban a surgir sugerentes amistades y florecientes negocios.

He ahí el dilema: ¿Está equivocada la Infanta? ¿O erramos nosotros confundiendo la realidad con nuestros deseos? De lo que no cabe duda es que el servilismo de algunas instituciones como la Agencia Tributaria o la Fiscalía, ha dejado al descubierto que nuestra condición de ciudadanos está lastrada todavía por un cierto vasallaje. Ya lo dijo el súbdito Rajoy para tranquilizar a sus mesnadas: “A la infanta le irá bien”. Y le fue tan bien que le salió a devolver.

J. Carlos

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