Estados

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Venimos del estado sólido de la política y transitamos durante cuatro décadas por el glaciar “perpetuo” de la dictadura. Asistimos esperanzados al cambio climático que sucedió con brusquedad tras la muerte del tirano. Fuimos testigos del deshielo de los grandes bloques institucionales que, tras desmoronarse, quedaban flotando en forma de icebergs. Más de uno impactó gravemente en la proa de la democracia. Nunca se sabrá si fue por astucia de los pilotos, por miedo de los pasajeros o, porque los que siempre medraron en la solidez de los hielos descubrieron que era más fácil seguir medrando en la liquidez de las aguas. El caso es que el noble arte de la política se licuó durante otros cuarenta años y conocimos todos los momentos de la mar. Conocimos las marejadas de los ruidos de sables, la mar muy gruesa de los asesinatos de Eta, Grapo y otros grupos de extrema derecha, la mar dura de la cal viva, la mar confusa del golpe de Estado, el temporal de la corrupción, y hasta la mar llana de la entrada en la Comunidad Económica Europea. Casi de seguido cundió el desencanto y nos fuimos alejando de las aguas de la política como de las aguas pútridas de los pozos negros. Si acaso, acudimos cada cuatro años, con la nariz tapada, a mediar de sobres las urnas de metacrilato con la misma desidia que aspaventamos una mosca de siesta veraniega.

Entonces llegó la crisis, la clase media cayó en la cuenta de que tras la hipoteca y las mensualidades del coche no había más certidumbre que la de mirar al cielo por si despejaban los nubarrones. Nos alcanzó el hartazgo de los políticos, economistas y sabidillos que trataban de explicar las zozobras con una cascada de palabras. Pero éstas ya no fluían de su boca, eran tan ligeras, tan huecas que se evaporaban al abandonar sus labios. Y la política se hizo gaseosa.

Ahí tienes a Mariano formando cúmulos de desarrollo vertical, como un gigante algodón de azúcar de feria. Si le echas un bocado comprobarás que es como pegarle una dentellada al aire y tan dulce como los millones que, según los jueces, acumularon algunos bajo el signo del charrán o de la gaviota. Por cierto, según la RAE el charrán es un ave marina, pero también un adjetivo con los significados de pillo y tunante.

Iglesias es más de formaciones lenticulares, como los círculos que forman su logo. Acaba de fumarse a Errejón como el que fuma un canuto de narcisismo, y va tan colocado que ha nombrado la humildad sin que le tiemblen las cuadernas. Un día de estos le dedicará a Íñigo aquella canción de La Romántica Balada Local: “Y miraré como te pierdes entre el humo del escape del bus”. De los intereses del pueblo, ya si eso, cuando se despierte de la modorra.

Allá arriba, en forma de tules como hilachas suaves de filamentos largos, están los cirros de Susana. Blanquean a brochazos el cielo de Andalucía pero se han disuelto como bruma ligera en el azul del resto del mapa. En el recuerdo, el golpe de estado sin tricornios en Ferraz. La autoridad competente, civil por supuesto, dice que está con ganas.

La política, pues, se ha hecho gaseosa y ha adoptado las propiedades de los gases: Sus moléculas se encuentran prácticamente libres, de modo que son capaces de distribuirse por todo el espacio y no tienen forma, se adaptan al recipiente que los contiene, por ejemplo, Rivera acaba de adaptarse al recipiente liberal huyendo de la olla exprés socialdemócrata. Tienen otra propiedad que espanta, pueden comprimirse con facilidad y, a partir de un punto crítico, explotan.

J. Carlos

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