Dos balas

rapto-de-proserpina

Abrí el sobre en el ascensor. Era blanco, de los que llevan plástico de burbuja por dentro y solapa autoadhesiva. Estaba mi nombre de pila escrito a mano en letras góticas, sin dirección. No había carta, sólo un cartucho de nueve milímetros con la vaina de un color dorado mustio y la bala con una pátina cobriza. Mientras me disponía a sacar la llave para abrir la puerta, volvieron a mi memoria detalles del día que me habían pasado desapercibidos, como el pájaro escarchado que yacía debajo de una acacia de camino al autobús o, el brillo de los gemelos del director cuando coincidimos en el ascensor. Son de oro y tienen  forma de pistola. “Intimidan, son una herramienta de trabajo”, me explicó un día tomando café. Entré en casa, dejé el maletín en el suelo y el puñado de cartas en la mesita de entrada. La niña vino corriendo a abrazarme, me acuclillé para recibirla, las puntas de mi bufanda escocesa tocaron el suelo.

-Qué pálido estás papá, y qué fría tienes la barba.

Durante la comida apenas probé bocado. Natalia levantó el cuchillo y el tenedor del filete, los mantuvo un segundo en el aire, como si trinchara sus propias palabras. Preguntó si había habido algún contratiempo en la presentación ante el comité de dirección.

-Qué va, al contrario –contesté- Cuando les muestras en la pantalla las curvas de ventas que suben en picado te consideran uno de los suyos, por un rato.  Al final todo sonrisas, palmadas en la espalda y promesas. Todo va bien mientras les engordes la cartera.

Fregando los platos me abrazó por detrás y sus labios buscaron un hueco en el cuello de mi camisa. Dijo que me notaba cabizbajo. Di la vuelta y la besé en la mejilla.  El sobre plegado con el cartucho estaba todavía en el bolso izquierdo de la chaqueta, lo había metido apresuradamente antes de salir del ascensor. Apenas pesaba unos gramos pero tenía la consistencia de una bomba. El estómago se me puso saltarín igual que el día de mi boda, cuando la prima de Natalia al borde del coma etílico amenazó con decirle que nos habíamos acostado la noche anterior. Iván estuvo al quite, como siempre. Fui al baño. Mientras obraba, cogí el cartucho y observé su brillo metálico bajo la luz halógena. Ni un rasguño, ni una marca. Arranqué el plástico del interior del sobre. Estallaron dos burbujas, sonaron como dos tiros con silenciador. Hice una pelota y la metí en el bolso. El papel del sobre los rasgué en pedacitos pequeños. Los espolvoreé sobre mis heces. La letra B, con trazos gruesos, remates y filigranas muy elaborados, quedó clavada, vencida hacia un lado. Apreté el botón de desagüe y bajé la tapa.

Cogimos el ascensor cargados con el equipaje de fin de semana. La niña buscó mi mano. Al cruzar el vestíbulo coincidimos con el vecino del quinto que estaba abriendo su buzón. Se quejó de la cantidad de correspondencia.

-Todo son facturas y extractos bancarios –dijo, después de saludar y hacerle una carantoña a la niña.

Lo primero que pensé al verle es que tiene libre acceso a munición de ese calibre. Es Comandante. Hará como dos años, en una reunión de la junta de vecinos, mantuvimos serias discrepancias. Él quería plantar un seto de arizónicas, yo me negué porque la niña es alérgica. Estupideces de los matasanos para sacar dinero a los incautos, dijo. Yo le llamé inculto con pistola. No me calzó un guantazo porque es más bajo que yo y le apalanqué la pechera con mi brazo, mientras con los suyos bogaba en el aire como si nadara. Unas reuniones más tarde hicimos las paces y la sellamos con un apretón de manos. Me regaló una metopa de artillería. Correspondí con una cartera de piel de Ubrique con su nombre repujado en la solapa.

Paranoias, me dije. Y lo debí decir en voz alta porque la niña preguntó, ¿qué dices papi?

La carretera de Colmenar era una serpiente de coches que se movía lenta y  espasmódicamente.

-Si hubiéramos salido media hora antes llegaríamos a tiempo, pero claro la señora necesita una eternidad para arreglarse –comenté.

-Hoy estás que muerdes, ya me contarás  qué mosca te ha picado –replicó Natalia.

Papi, ¿te ha picado una mosca mala? A Guille en la guarde le picó un bicho y el brazo se le puso así.

El resto del camino, silencio. La niña claudicó con el tedio de la carretera y se quedó dormida. Desde que había abierto el buzón a las tres de la tarde, todos los sucesos del día y de la semana y del mes habían perdido los rasgos de lo cotidiano y se habían convertido en pruebas forenses. Estaba el incidente de tráfico con un motero sesentón.  También la bronca en el fútbol que se saldó con un forcejeo y una peineta. Y las reiteradas llamadas de atención al hijo del vecino del cuarto que permite aliviar a su perro en la alfombra del portal. No parecían indicios suficientes, aunque hay gente muy desequilibrada y los adolescentes en plena tormenta de hormonas son imprevisibles. Podría ser una broma macabra o un error al consignar el destinatario.

Los paneles electrónicos informaban que en el kilómetro treinta y cuatro se había producido un accidente. Se nos echará la noche antes de llegar a Soto, pensé.

-Por favor, llama a Iván o a Maika y dile que no llegaremos antes de una hora u hora y media –pedí a mi mujer.

Entramos en la urbanización más allá de las siete. Dejé a Natalia en nuestro chalet para que abriera las ventanas unos minutos y dejara puesta la calefacción. La niña seguía durmiendo. No la desperté hasta que aparqué frente a la casa de Iván y Maika. En el salón, Andresito y sus primos aplaudieron la llegada de la niña porque ya podrían apagar las seis velas y comer la tarta. Cuando llegó Natalia, Maika la recibió con unas medias noches de jamón y su refresco favorito. Se abrazaron. Iván aprovechó para excusarse con sus cuñados, me tomó del brazo y me indicó que le siguiera, escaleras arriba, hasta el despacho. Desde que llegué, no había parado, cargaba con los niños a la espalda y levantaba las piernas trotando sobre el mismo sitio. Imita muy bien el relincho de los caballos. Cuando cerró tras de mí la puerta del despacho se le había borrado toda la fiesta de la cara, y los hombros se le vencían hacia abajo como si soportaran sacos de grano. Rodeó el escritorio, abrió un cajón y me enseñó un cartucho de nueve milímetros. Lo puso de pie sobre el tapete de la mesa. Brillaba igual que el mío, con ese dorado mustio.

-Lo recogí a mediodía del buzón de casa, venía en un sobre con mi nombre. No se lo he dicho a Maika –musitó, con hilo de voz, mientras se dejaba caer en la butaca y se recostaba contra el respaldo.

¿Y el sobre? -pregunté.

Levantó una pila de papeles a su derecha, lo cogió con dos dedos como si quemara y me lo entregó. La misma letra gótica de trazo grueso, negra, primorosa. Seguramente tinta china. Me derrumbé sobre uno de los confidentes, crucé los brazos sobre la mesa y agaché la cabeza. Mi cerebro hervía, aunque la sangre parecía congelada. Esto iba en serio. No era una broma de mal gusto, ni una bravata, ni siquiera un aviso. Era una sentencia de muerte. Los recuerdos del día y de la semana y del mes, hasta los más nimios, seguían adheridos como lapas, pero despojados ya de la paranoia, volvieron a la rutina de lo cotidiano. Saqué mi cartucho del bolsillo muy despacio, lo coloqué junto al otro. Parecían dos torres minúsculas con sus cúpulas bizantinas. Iván se llevó las manos a la cabeza. Comprendió como yo que, el secreto que nos había unido en vida nos llevaría a la muerte, y se echó a llorar.

-Joder, éramos unos críos –le oí balbucear entre sollozos.

Después de diez minutos de silencio largo, nos levantamos, nos dimos un abrazo y bajamos al salón. Los niños nos recibieron como animales de carga y se subieron a nuestros hombros para cabalgar. Luego nos asimos al salvavidas de la copa de whisky que ponía sordina a nuestras conciencias para matizar su bramido.

En la cama cerré los ojos, aunque ni el alcohol ni los somníferos consiguieron que conciliara el sueño. Sobre el cielo negro de mis párpados se proyectaban, una y otra vez, las escenas de una tarde lejana en el bosque, a la hora de la siesta. Estábamos los tres, dibujamos una diana en un roble con el pintalabios que ella, la hija del maestro, confesó haber quitado a su madre. La pistola era de mi padre, la guardaba en una caja de zapatos que estaba encima del armario. Disparamos por turnos, Iván fue el único que metió una bala en el tronco, aunque lejos de la diana. Luego, la pistola en la sien, danos un beso. Luego, la pistola en la boca, desnúdate. La pistola en el pecho, Échate. Quedó, rígida como una estatua yacente, con los brazos extendidos y la cabeza ladeada, perfilando una cruz en el suelo. No hubo un solo grito, ni un lamento. Mucho después los ojos desaguaron en las mejillas dos finas hileras de lágrimas. En la hierba, bajo las nalgas, me pareció ver unas gotas de sangre. Mientras Iván se abrochaba el pantalón, saqué el cargador, extraje dos cartuchos y se los tiré sobre el rebujo de la falda. Uno es de Iván, otro mío, para que recuerdes que en boca cerrada no entran balas, le dije. Y nunca habló.

J. Carlos

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