Navidad 2016

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 Querido amigo:

En estos tiempos se suceden los prodigios, ruedan coches autónomos que te llevan y te traen mientras echas un sueño, hay impresoras que inyectan en tres dimensiones y lo mismo te fabrican un puente, una casa, o te cocinan un plato sofisticado. Se suceden maravillas como las de producir carne en el laboratorio a partir de células madre  para que te puedas comer un entrecot de buey a la piedra sin remordimientos y, cada día se descubren nuevas fórmulas para someter al ejército de enfermedades que nos acosan, de forma que siga perdiendo batallas y cediendo terreno. También se suceden otros portentos casi milagrosos, aunque resulten menos llamativos, si hace años Watson y Crick nos abrieron el libro de la vida para poder leerlo, ahora ya tenemos correctores y editores que utilizan un sistema de corta y pega, como una especie de Photoshop genómico, con el que editan genes del sistema inmune para que ataquen células tumorales, o corrigen los defectos de nuestro propio ADN y nos libran de enfermedades hereditarias.

Los prodigios no vienen solos, se les adhieren como lapas paradojas y contradicciones; así, al mismo tiempo que algunos cerebros andan a la busca y captura del primer fotón que parió el Universo hace más de trece mil millones de años, otros cerebros diseñan bombas que revienten el mayor número posible de cuerpos. Al tiempo que parte de la humanidad progresa adecuadamente hacia la obesidad, hay otra parte que anda a la busca y captura de un bocado que llevarse a la boca y mitigue, por un rato, el dolor del hambre. Mientras en las fronteras se entronizan muros con coronas de púas y cuchillas, los desheredados y los desahuciados de las guerras se embarcan hacia un suicidio probable en el cementerio de los mares.

Es asombroso comprobar que, usan toda la cacharrería electrónica con la que ya compartimos la vida, para hacernos un seguimiento exhaustivo de donde estamos, qué decimos, donde compramos, qué escribimos… Dejamos una traza de nuestro paso por el mundo tan gruesa que podría volver a recorrerse cada minuto de nuestra existencia. Hasta los productos que compramos llevan estampado un código de barras con su trazabilidad. Sin embargo, el dinero no es trazable, recorre el mundo de punta a rabo en un segundo sin identidad y sin pasado. Supongo que es muy fácil hacerle un seguimiento electrónico que acabaría con buena parte de las corruptelas,  los fraudes fiscales y la delincuencia de cuello blanco. No interesa, claro. A los animales de compañía se les inyecta un microchip bajo al piel, pero a las pistolas, obuses o bombas inteligentes no interesa tenerlas trazadas no vaya a ser que el arma que reventó a mis soldados haya salido de mis propias fábricas, además, si supiéramos por dónde ha pasado y desde dónde se disparó, sería un juego de niños averiguar quiénes tienen las manos manchadas de sangre.  Hoy, los émulos de Robespierre, Danton y Marat, no basarían su revolución social en rebanar cuellos con el filo de la guillotina, se limitarían a dotar de inteligencia al dinero y las armas para que cumplieran con la primera ley de la robótica de  Asimov:Ningún robot causará daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano resulte dañado.” Si el dinero cumpliera esta ley, el banco no podría desahuciarte, ni la compañía de la luz cortarte el suministro para que te quemes, en un descuido, a la luz de una vela.

Hace algo más de dos mil años, a la especie humana le pasó desapercibido el nacimiento de un tal Jesús, que luego sería un revolucionario para unos, un profeta para otros, incluso un verdadero dios para otros cuantos. En todo caso, un hombre excepcional  del que apenas queda traza histórica, cinco líneas que le dedica Flavio Josefo, una y media Cornelio Tácito; pero cuya obra, con el paso de los siglos y la inestimable ayuda de un tal Pablo, el mayor experto en márquetin de todos los tiempos, es considerada como un auténtico prodigio. Y, efectivamente, hizo con su vida y con su obra un portento, recordó al ser humano que tenía, entre los recovecos del cerebro, una facultad adormecida por la falta de uso, la empatía. Él la llamó amor al prójimo porque todavía no existía la Psicología que, mucho más tarde, puso nombre a los gozos y tormentos que se generan dentro de la cavidad craneal, incluso a los inexistentes. La doctrina del tal Jesús se resume en la capacidad afectiva de ponerse en lugar del otro, comprenderle, tolerarle, sentir con su dolor y compartir sus alegrías. Ser empático con el rico y el poderoso es tan fácil como respirar.  Lo difícil es ponerse en la piel del lisiado, o meterse en los ojos marchitos de un ciego. Lo difícil es compartir el zarpazo del hambre con los desposeídos, o sufrir con los que claman en vano justicia. Lo difícil es sentir con los que huyen de las guerras, el aliento de las bombas en el cogote, o meterse en el corazón del padre a quién han desventrado un hijo en Alepo o en Berlín. Lo difícil es levantarse contra la barbarie, contra toda barbarie, también la de las cuchillas que tajan extremidades, y las de los muros que se levantan con nuestro dinero y nuestra callada aquiescencia.

La empatía, hoy como entonces, duerme apaciblemente en algún recoveco del cerebro, arrullada por las portentosas condiciones de vida que disfrutamos. Las pantallas tienen la mala costumbre de proyectar imágenes escabrosas que no llegan a despertarla del sopor, son tan frecuentes que nos han curtido la piel y el estómago. Y es que el horror constante satura nuestros sentidos al igual que el olfato se satura y se insensibiliza cuando el olor es persistente.

Estas líneas se resumen en un deseo: Que la Navidad saque de la modorra nuestra empatía.

J. Carlos

22 de diciembre de 2016

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