Resonancias

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Somos unos maestros en hacer de la necesidad virtud. Necesitamos del constante ejercicio respiratorio para vivir y sobre esta lacra -piensa que es como abrir y cerrar un fuelle más de mil veces a la hora- hemos construido la mejor forma de comunicarnos, el habla. Cuando apretamos el fuelle de los pulmones para soltar el aire, pasa por la laringe y atraviesa las cuerdas vocales y, antes de expulsarlo por la cavidad bucal, con ejercicios estrambóticos de la lengua dientes y labios, articulamos las palabras. Estos golpes de voz son unas nuevas extremidades, como las manos, que pueden acariciar otros oídos con la cadencia de una canción o de un poema y, también, pueden dispararse como balas que penetran y rasgan los tejidos de otras almas. Cuando conseguimos transmitir esos sonidos guturales en forma de signos escritos sobre piedra, cera, papiro y papel, salió de nuestros órganos de resonancia (nariz, boca y laringe) y el lenguaje se expandió como un arma contra la ignorancia y la estupidez. Con la imprenta de Gütenberg nacería la prensa, y la voz de unos pocos encontró una caja de resonancia tan potente como la pólvora. Hace poco más de siglo y medio León Scott consiguió grabar el sonido, pero no reproducirlo. Veinte años más tarde Edison logró grabar la voz humana y reproducirla. De seguido vinieron la radio y la televisión que, en cuestión de resonancia de voces, adquirirían la potencia de la dinamita. Desde hace una década, esos sonidos extraños que, modulados, escupimos de nuestras entrañas o tecleamos con nuestras manos, pueden seguir fonando en el aire de las redes sociales como un eco persistente. El resultado es similar al de las guerras actuales, por un lado bombardea la prensa, radio y televisión como ejércitos de tierra, mar y aire; por otro, hay un creciente número de guerrilleros especializados en la guerra de guerrillas, y un sinfín de francotiradores. El resultado es que cada vez caen más civiles en esta guerra sucia del lenguaje. Ahí van unos ejemplos.

Hace unos meses me llegó una petición de Change.org para que despidieran de un colegio a un maestro que, al parecer, había escrito palabras gruesas contra la familia de un torero que acababa de morir en el lance. Lo consideré una auténtica ordalía, un linchamiento. Me pareció el mismo modo de justicia que el que perpetraba la Santa Inquisición. Era una forma de ciscarse en los principios más básicos del ordenamiento jurídico, una vuelta a la Ley del Talión con la venganza como único principio. No me atreví a decirle al amigo a través del cual me llegó la petición, puesto que él había tenido responsabilidades en banca, qué le hubiera parecido que le practicaran el mismo tipo de auto de fe por las preferentes o las hipotecas “subprime” que le obligaron a vender. Hace siglos nos dotamos de un sistema de justicia, precisamente, para evitar las tropelías que se perpetraban en nombre de la religión o del Rey. No he vuelto a firmar más peticiones de Change.org por muy razonables que parezcan, si la organización no se respeta a sí misma permitiendo estas barbaridades, yo no voy a respetarla. Hace unas semanas, otro auto de fe contra el director de cine Fernando Trueba solicitaba a los usuarios de redes, el boicot a su película “La reina de España” por unas manifestaciones irónicas, seguramente desafortunadas. Antes del estreno se inició un juicio sumarísimo por aquellos que consideran que la patria es un trapo bicolor, tal vez los mismos que consideran muy español que los huesos de los padres o abuelos de otros españoles sigan “descansando” en cunetas, por no reabrir viejas heridas. Las suyas, claro. Que los otros las tengan abiertas les importa un comino. Cada cual es muy libre de ejercer su derecho a ver o dejar de ver según qué películas, y de decir o expresar su opinión contraria a las manifestaciones o posiciones de otras personas, faltaría más. Lo que no es de recibo es escudarse en el rebaño para ejercer una justicia divina (el Juicio de Dios) boicoteando una película, que mutatis mutandi sería como exponer al linchado en el Rollo de la localidad o colgado de la Picota. Hace unos días, también se desató la furia contra el anuncio de la lotería en televisión, porque el personaje de “Carmina” no era del agrado de las asociaciones de pensionistas. Se conoce que estaban disconformes “por la falta de sensibilidad hacia la figura del mayor con algún tipo de deterioro cognitivo”. ¿Nadie les explicó que se trata de ficción, de un simple anuncio publicitario? Demostraron los portavoces de estas asociaciones, y las muchedumbres en las redes que les secundaron, que tenían un cierto parecido con el personaje, al menos en lo del deterioro cognitivo. A este paso pronto veremos a los delincuentes y prostitutas lanzando “soflamas” contra el maltrato que le dan en el cine y la literatura. Después se levantarán en armas los tenderos y los fontaneros y los bomberos y todos los eros. Hoy mismo andan las redes desatadas y furibundas contra un cartel publicitario que cubre la fachada de un edificio de la Puerta del Sol de Madrid. Publicita una serie del célebre narcotraficante Pablo Escobar. Juega, a mi juicio, “ingeniosamente” con el lema de blanca Navidad. La coartada  de los inquisidores para solicitar su retirada es que, incita al consumo de droga, y zahiere la sensibilidad de las familias que sufren esa cruz. En fin, que de aquí a poco pedirán que las muchedumbres se alcen contra las nevadas y se excluyan toda la gama de blancos del código pantone.

No sólo se condena a cualquiera con la vileza y la ignorancia del rebaño sin los mínimos derechos de instrucción, defensa, juicio probatorio y sentencia, es que están poniendo en la picota la literatura, el cine y todas las bellas artes. Me malicio que, la resonancia de las redes han sacado de los bares a los aprendices de ayatolá, curas frustrados, jueces fracasados y demás ralea que peroraba sus inquinas y sus fobias beodas ante su parroquia o, las más de las veces, ante el camarero que asistía a la liturgia con cara amustiada y porque le va en el sueldo.

J.Carlos

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Una respuesta a “Resonancias

  1. Totalmente de acuerdo contigo.

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