Capital

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Venimos de la depredación, la naturaleza nos hizo así. Los seres vivos nos depredamos los unos a los otros para subsistir desde que la vida se aposentó en el planeta. Es la regla de la supervivencia. Que la evolución, que es muy sabia, haya sabido aprovechar esa regla amoral para conseguir sus propósitos es admirable. Ahí tienes a las plantas que se sirven de los insectos, aves y otras alimañas que las depredan para polinizarse las unas a las otras o, para que esparzan sus semillas. En otros casos el depredador se queda a vivir con el depredado en una suerte de simbiosis que, paradójicamente, resulta beneficiosa para ambos. La crueldad de la regla se manifiesta en toda su crudeza cuando los recursos son ilimitados para una determinada especie; cómo no ha tenido ocasión de adaptarse a situaciones adversas, no ha evolucionado y, si los recursos escasean no sabe buscarse la vida y desaparece. La especie humana advirtió que de todos los caminos de la evolución, el más exitoso para sobrevivir era el de la simbiosis y lo tomó. Fue socializando en pequeños grupos que formaban un cuerpo organizado para luchar por su supervivencia contra todo y, también, contra otros grupos de su especie. Cada  grupo tenía sus normas, sus castas, sus dioses y sus reglas morales. Cuando se imponía a otro grupo, después de diezmarlo, lo fagotizaba en una simbiosis en la que imperaban las leyes, dioses y costumbres del vencedor. En el siglo XXI, todavía andamos en esas. Existen ciento noventa y cuatro países, un número todavía mayor de religiones y, no menos de diez conflictos armados. Es más, la fuerza centrípeta que propiciaba la bonanza de la economía, ha dejado de tirar hacia el centro cuando el carrusel del bienestar social se ha parado. De resultas, todos aquellos que han salido lanzados al exterior, como la piedra de la honda, se están envolviendo en el capullo de seda de la nacionalidad. Lo cual, seguramente, es un paso atrás en la evolución. Y no lo digo con desesperanza, te lo aseguro. Es más, me niego a caer en el desánimo de aquellos que piensan que el mundo ha envejecido al mismo ritmo que su cerebro. La evolución no es una flecha loca, si hay un obstáculo cambia de dirección, incluso de sentido. Es el juego de acierto y error que practica, incansablemente, la naturaleza.

El capital viene de la depredación también, en eso actúa como un ser vivo. Necesita depredar y se agrupa (se acumula). Cuánto más capital se acumula, más capacidad de supervivencia y de multiplicación. Que se lo pregunten a los Edison, Carnegie, Rockefeller, Vanderbilt, Aston, J. P. Morgan. Explotadores con los trabajadores, crueles con la competencia, despiadados con todos. A Edison se le achaca la desaparición de Louis Le Prince, el verdadero inventor del cine; también se le acusa de achicharrar a perros y gatos para denigrar la corriente alterna de Tesla. El objetivo del capital, como el de cualquier ser vivo, es eliminar toda la competencia para poder sobrevivir cómodamente sangrando al cliente por lo siglos de los siglos. Para adaptarse tuvo que transigir en una simbiosis con el trabajo, sin duda, forzada, porque éste se había organizado en sindicatos. Cuando a Henry Ford le preguntaron ¿por qué paga tanto a sus trabajadores?, repondió: “Para que puedan comprar mis coches” No cabe mejor definción de la simbiosis. Más tarde la cuestión se complica cuando los capitales se extienden por el mundo como una mancha de petróleo, y se les quedan pequeñas las naciones. Entonces sólo ondean la bandera patria cuando exigen una guerra o un golpe de estado para perpetuar su hegemonía. Como ves, el capital sigue las mismas reglas evolutivas que cualquier ser vivo. Cuando simbiotiza produce riqueza para la sociedad pero, si se duerme en los laureles, viene otro capital y se lo come.

El desarrollo del capitalismo es paralelo a la revolución industrial. Surgió en Gran Bretaña en el siglo XVIII y se extendió a lo largo del XIX, primero por toda Europa, después por EEUU, Rusia y Japón. Hoy, estamos viviendo la revolución tecnológica. La historia se comporta, a veces, como un espejo. Donde antes surgieron grandes corporaciones del ferrocarril, carbón, acero, petróleo y finanzas; ahora surgen otras ligadas a la automatización, comunicación universal en redes, inteligencia artificial y tratamiento de datos. Tenemos a Googel, Apple, Amazon, Facebook, Uber… que acumulan ingentes cantidades de capital, y son grandes depredadores del trabajo, de la competencia, de las naciones –eluden el pago de impuestos- y de otras empresas. Sin embargo, se ha producido un salto cualitativo en la evolución del capital, el usuario ya no es un cliente, es el producto. La mutación se hace más patente en aquellas empresas que ofrecen gratis redes sociales, nubes para almacenamiento de fotos, videos y documentos, o aplicaciones que hacen la vida más fácil, como mapas, linternas, calendarios, notas… Quienes utilizamos sus plataformas aceptamos unas condiciones de uso que implican un seguimiento Orweliano. Un acta digital, que recoge fielmente la mayor parte de nuestra vida, está archivada dentro de unos armarios negros, como cajas fuertes, muy parecidos al monolito que aparece al principio de la película “2001 una odisea del espacio”. Están plantados en hileras dentro de edificios opacos de Baviera, California o La Mancha. Si los abres, verás diez o doce estantes que contienen unos aparatos similares a los  ordenadores de sobremesa, unidos por cables y con unos pilotitos de colores que parpadean. Dentro de sus circuitos guardan las páginas que visitaste, la música que escuchaste, cada una de tus compras y todos tus movimientos bancarios. Almacenan, incluso, los correos que borraste arrepentido de haberlos escrito o las fotos que decidiste eliminar. Siguen tus pasos cada día, toman nota de tus amistades en las redes. Saben por dónde andas, dónde comes, lo que dices, conocen tu ideología y hasta las enfermedades que padeces. Apuntan todo lo que les chiva tu móvil, tu ordenador, la tablet, o tu coche y tu televisor inteligentes. Por si fuera poco, como nuestro comportamiento es gregario y ellos tienen datos de millones de personas, les bastan unos simples algoritmos para predecir tus gustos, tus comportamientos y tus tendencias. Comercian con tus datos, con tu vida. Cuando aprendan un poco más comerciarán con tus emociones, porque tendrán constancia de tus besos, tus caricias y de tus llantos. En unos años comerciarán tu alegría y tu dolor, al igual que hoy ya comercializan tu paladar, tu gusto y tu oído.

El capital ha mutado para adaptarse. Los ciudadanos de a pie estamos dejando de ser clientes para convertirnos en productos, igual que los famosos dejaron de ser famosos y se convirtieron en marcas. Hay una ley del capital que sigue inmutable, nadie da duros a peseta. Por eso el uso de Gmail, whatsApp, Instagram, o la linternita para alumbrar la cerradura del coche no es gratis, a cambio venden la carne de nuestros datos a miles de empresas. Vamos, que nos prostituyen. No quiero pensar cuánto pagarán los dictadores de la Tierra por pasar un rato con los datos de sus súbditos.

J. Carlos

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