Subiendo al Retiro

retiro

Uno vive de rutinas. Cada mañana salgo de casa, a paso ligero, cuando las sombras empiezan a disiparse y la luz anaranjada de las farolas palidece en un halo de luz como de cera. Hay un sendero encajonado entre la verja del patio del Instituto y la del seto estrecho y canijo, plantado de agaves, del que surge un muro altísimo de ladrillos picado de balcones y ventanas, como si tuviera la viruela. A veces, en ese palmo de acera, me cruzo con una mujer de mediana edad, morena, lleva cara de susto y yo intento componer gestos amigables para que no se asuste. No nos cruzamos las miradas, pero ella me tiene en el rabillo del ojo y sigue el sonido de mis pasos hasta que la distancia me hace inofensivo. A las puertas del Instituto, todavía cerradas, siempre espera una adolescente, tiene la rodilla doblada y zapatilla en pared. Trastea con sus dedos en el móvil a una velocidad imposible. La luz lechosa del aparato que se refleja en sus manos y en su cara le da un aire de princesa nórdica. Aunque no me atrevo a mirarla sé que hay días que está risueña y muy despierta, otros, desganada y aún otros, los menos, somnolienta. A veces, levanta los ojos del móvil y mis pasos interrumpen sus dedos durante un segundo, o dos. Un día, al principio de curso, juraría que esbozó un saludo, pero yo apreté el paso, doblé a la derecha y miré a las nubes que, por el este, formaban un campo recién arado con surcos y camellones algodonosos como la luz de su móvil. No necesito componer gestos amigables, sé que mi paso diario ya no le inquita. Seguramente no le inquietó nunca.

Atravieso la calle Cruz del Sur y cruzo por el desfiladero que se ha creado entre dos farallones de edificios. El quejido del tráfico, que fluye al fondo como la corriente de un río, asusta tanto como el ruido de los batanes asustó a Sancho en El Quijote. Llevo los cascos puestos. Voy escuchando la radio. Meto la mano en el bolsillo y pulso dos veces el botón del volumen para subirlo. Efectivamente, la calle de Doctor Esquerdo es una torrentera que arrastra un colorido tapiz de vehículos con ojos de luz. Pasan bufando y echando humo por diminutas chimeneas. En ambas  orillas, por un espacio escueto, deambulan deprisa, arriba y abajo, un enjambre de niños recién peinados. Llevan mochilas de colores a la espalda y van asidos de un lado a una mano de madre, demasiado alta y, de otro, a una de hermano, demasiado baja. Pasan mujeres recién pintadas, montadas en zapatos de tacón, con las solapas subidas, el pelo todavía húmedo y un bolso en bandolera. Cruzan y descruzan hombres con caras serias. Los hay con corbata en cuello y maletín colgado de la mano. Otros llevan los gaznates aligerados y aprietan una carpeta contra los riñones. Algunos visten ropa de Alcampo y tienen las manos callosas. Hay jóvenes subidos en patinetes eléctricos con luces led que pasan desbocados. Estudiantes que esperan el autobús con una pila de libros bajo el brazo. Hay padres que llevan a sus vástagos en bicicleta y les plantan, en la cabeza, cascos con luz de minero delante y una luz roja destellante por detrás. También suben y bajan perros que siguen o preceden a sus dueños amarrados a una correa. La maldita correa que siempre tira cuando están a punto de satisfacer el instinto que cada olor les induce. Cuando el semáforo prende la luz roja, actúa como un dique imaginario y represa la corriente horizontal, inmediatamente fluyen los peatones como si les hubieran abierto un pequeño mar Rojo. Cruzamos asustados con la vista puesta en el monigote verde no vaya a ser que se apague, se abran las compuertas y nos lleve la corriente.

Subiendo la Avenida de Nazaret, un hombre en chándal me precede. Sus extremidades superiores no trazan al marchar una línea recta paralela a sus costados. Qué va. Oscilan en un ángulo de casi ciento ochenta grados. Bambolean perfilando un semicírculo que abarca desde su ombligo hasta la rabadilla. Si montara en una cinta de gimnasio y le pusiéramos una luz en cada mano, dibujaría una circunferencia perfecta. Camina rápido, pero yo tengo las piernas más largas. A mitad de subida aprieto el paso, en el breve instante que permanecemos en línea noto su tensión, aprieta los dientes y se le endurecen los labios. Sé que está mentando a mi madre. La señora morena que pasea un Golden Retriever sonríe la maniobra. No sonríe con sus labios, lo hace con sus ojos profundos y negros que clava en un punto sin fondo. Cuando llego a su altura, aparta disimuladamente al perro para franquearme el paso. Unos metros antes de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, cuando la Avenida de Nazaret describe un último meandro, crecen agaves en la ladera de lo que fue un altozano. Uno de ellos está empezando a morir. Está florecido y ya le crece desde la roseta un tallo de más de metro y medio. Los agaves solo florecen una vez, luego les crece el tallo como un falo gigante y se mueren. Más allá de las motos aparcadas a la puerta de la Escuela, dos operarios embutidos en monos amarillos y verdes ensordecen con dos sopladores. Con maña vuelan las hojas de las aceras y las aterrizan bajo el bordillo. La atmósfera atufa a gasolina. Miro receloso por si pasa algún fumador y enciende un pitillo, estoy seguro que estallaríamos en una gran bola de fuego. Una máquina, más ruidosa todavía, baja de la Plaza del Niño Jesús rolando dos cepillos, aspira las hojas ordenadas en hilera. La radio sigue hablándome al oído pero las palabras que emite se camuflan con el estruendo. Vuelvo a meter la mano en el bolsillo para subir el volumen. Me paro en el semáforo. Miro a la derecha, hacia el este, donde al firmamento le ha salido un gajo de naranja gigante. El viandante que traza perfiles de semicírculos con los brazos, me adelanta por la izquierda y cruza  la plaza con el monigote luciendo en rojo.

Las noticias que salen de mis cascos son alarmantes, siempre son alarmantes. Los periodistas no te cuentan, te predican las noticias. O te las lanzan como se lanza los huesos a los perros. O te las profetizan con las mismas connotaciones de pecado, culpa y redención con las que hacen apostolado los profetas del Apocalipsis. Te encogen el alma. Mientras cruzo Menéndez Pelayo me quito los cascos. Ahora se oyen nítidos los rugidos de los coches. Los que están en primera fila con las ruedas delanteras lamiendo la raya blanca, pendientes del pistoletazo de salida del cambio de luz, aceleran en vacío. Si miras los ojos de los conductores están fijos, como afiebrados, pendientes sólo del semáforo. Ahí también se te encoge el alma. Así que acelero el paso sin ánimo de pillar al hombre que bracea semicircunferencias en el aire y que ya ha traspasado las puertas de hierro del parque. Segundos después, también entro en el Retiro, subo la cuesta entre bicis que suben y corredores que bajan. En el momento en que el cielo, desde el este hasta el oeste, se ha pintado de oro, cobalto y turquesa, me viene a la memoria una frase del biólogo Bruce H. Lipton: “ Los humanos somos una comunidad de 50 trillones de células, por tanto, la célula es el ser viviente y la persona es una comunidad. ¡El humano es un plato petri cubierto de piel!”. Entonces decido que, los seres vivos que albergo tienen derecho a no perder el milagro de la salida del sol.

A la altura de la Rosaleda me siento en un banco con un encuadre hacia el cielo del este que no tapan las copas de los árboles. El gajo de naranja se va diluyendo en un crisol de dorados con algunas excrecencias que tienden al rojo como pequeñas escorias. Hoy no veré a la señora que pasea su perro viejo e inválido con un arnés de ruedas y que, cuando el animal se cansa, le quita el arnés y lo acuna en un cochecito de bebé. Ella también tiene una pierna desbaratada y el carrito le sirve de sostén. Tampoco veré a la anciana que, invariablemente, llueva o nieve, pasea en bicicleta con un pedaleo raquítico. Tiene la cabeza vencida a la derecha, el pelo ceniciento ondulado, y las piernas muy largas como si hubiese sido vedette. No me cruzaré con la pareja de viejos, ambos bajitos y metidos en kilos, que van de bracete y se miran con ternura. Cuando aprieta el frío, ella para y le compone la bufanda o le sube las solapas.

Sin tráfico, sin noticias, sin rutinas, sentado en un banco, esperando el milagro que sucede gratis todos los días. Se ha levantado una ligera brisa que arrastra hojas de plátano del color del óxido de hierro, y bandadas de pájaros han empezado a hacer piruetas en el aire. Los miro y pienso que, algún día, todos los seres vivos del planeta (animales y plantas) formaremos una comunidad simbiótica de una única persona con un único cerebro.

JCarlos

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2 Respuestas a “Subiendo al Retiro

  1. NORBERTO MARIO IGIELBERG

    Me gustó,un abrazo.

  2. Muy cierto, en algún momento todos formaremos un todo.
    Aún debes decir que mientras tú cruzas por delante del Instituto otra se mete en las fauces del Metro.

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