Cenizas

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La Iglesia católica ha conminado a sus acólitos a que entierren las cenizas de sus deudos incinerados en campo santo, único lugar habilitado para esperar a resucitar con Cristo. Y es que la maquinaria comercial de la Iglesia funciona sólo con su propio sistema operativo, al igual que Apple no puede permitir que aplicaciones foráneas puedan funcionar en sus productos. La muerte ha sido, tradicionalmente, una de las aplicaciones más rentables para la Santa Madre Iglesia, no en vano, parte de su patrimonio, por lo demás extenso, proviene de legados y herencias que los otorgantes disponían como justiprecio para salvar su alma, o para que se empleara en obras de caridad. Se acabó lo de esparcir las cenizas en mares, valles o montañas. No se pueden tener encima de la cómoda en un jarrón con flores secas, ni en la librería a modo de sujetalibros entre un Dante y una Biblia. Tampoco en el pecho, sobre el corazón, en forma de joya colgante. Mucho menos llevar las cenizas al fútbol, en un tetrabrick, como aquel aficionado que los domingos “sentaba” a su padre difunto sobre la grada que le correspondía por abono.

Sin embargo, el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe Gerhard Ludwig Müller, que ha presentado el documento sobre las resurrección de las cenizas depositadas en campos santos, nada ha dicho sobre qué destino espera a las almas de aquellos cuyos restos ignífugos no yacen depositados en terrenos asperjados por hisopos con agua bendita. ¿Seguirán ardiendo en el fuego del infierno en forma de rescoldos? ¿Terminarán en el limbo de los justos si acreditan la bondad de sus obras? ¿Se apiadará su dios y les perdonará aunque figure en su expediente este borrón administrativo? Tampoco dio cuentas el prefecto sobre quién ha de asumir la culpa, y el pecado anexo, cuando el finado no mostró una voluntad expresa de lo que habían de hacerse con sus cenizas o, lo que es peor, cuando habiendo manifestado su voluntad de yacer en tierra bendita, ésta ha sido incumplida por sus familiares. Como el diablo siempre anda enredando en estas cosas, ya se sabe que el infierno está empedrado de buenas intenciones, a más de un mal nacido el documento del tal Gerhard Ludwig le habrá dado la idea luminosa de fastidiar in saecula saeculorum a algún pariente malquerido, bastará con arrojar sus cenizas a la taza del wáter y tirar de la cadena. Los cementerios no tienen cloacas.

Somos conscientes de que estamos ante la versión 1.0, suponemos que en siguientes versiones, una vez se haya probado debidamente la aplicación, se puedan incorporar nuevas prestaciones que saneen estas pequeñas anomalías que observamos. En el entretanto, la venta de columbarios, el rezo de responsos, las misas funerales, las misas de cabo de años seguirán rentando sus frutos.

 J. Carlos

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