Prejuicios

mafalda

Decía Einstein que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Tenemos el cerebro amueblado con una biblioteca de datos que contiene todos los avatares sucedidos desde la primera protocélula hasta nuestros ancestros humanos. Así que, efectivamente, ante cualquier estímulo exterior nuestras neuronas buscan, en el anaquel correspondiente, las respuestas que dieron todos los seres vivos que nos precedieron y adoptan la decisión más adecuada. Mientras millones de neuronas trasiegan información a impulsos eléctricos y nos mantienen a salvo, nosotros leemos “Tan poca vida” de Hanya Yanagihara con el corazón en un puño y los ojos enaguados de tanto dolor o, dormitamos delante del televisor a pesar del estruendo que levantan los sopapos catódicos que se propinan los dirigentes de un partido. Esa biblioteca que contiene toda la jurisprudencia y jurispericia acumulada por la vida desde que anidó sobre la Tierra es nuestro ángel de la guarda.

Sin embargo la sociedad te venda el cerebro desde que naces, como vendaban antiguamente a las niñas chinas para que no le crecieran los pies. Te jibarizan el cerebro con vendas religiosas, sexuales, morales, de raza, patrióticas… Si a un niño de cuatro años le preguntas cuántos extranjeros hay en su clase te dirá que ninguno, sólo hay niños, añadirá. Un año o dos después no sólo distinguirá al diferente sino que lo considerará inferior. Los prejuicios en forma de mitos y creencias son ese vendaje que algunos intentamos quitarnos cada día. Lamentablemente, si desenrollas una venda que oprimía tus entendederas constatas que tu cerebro empequeñeció, como empequeñecían los pies de las mujeres chinas.

Sí, tengo prejuicios. Muchos, un volcán de prejuicios en erupción cuya lava cae ardiente ante mis ojos cada vez que leo un artículo de un periódico que “ataca” mis creencias; que me muerde la piel cuando oigo a un político “perorar” contra mi ideología; que me quema la boca cuando he de callar ante opiniones “bastardas”; que me atruena en los oídos si escucho “discursos” que incitan al odio; y me revuelven las tripas los comentarios en las redes de gente que tiene los cerebros vendados y envueltos en sudarios que hieden a naftalina.

J. Carlos

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