Energía oscura

Retrato de la Galaxia Messier 101

El universo se desboca. Lo descubrió Edward Hubble que fue abogado antes que astrónomo. Los cuerpos celestes se alejan los unos de los otros como si apestaran. Dicen los cosmólogos que llegará un momento en que viajarán a mayor velocidad que la luz y dejaremos de verlos. Será como estar en una cueva a oscuras viendo como los murciélagos pasan volando y salen del cono de luz de nuestra linterna. No te preocupes, desapareceremos mucho antes de que se deje de ver el cielo cuajadito de estrellas.

Mientras tecleo, caigo en la cuenta de que los billones de átomos que vibran formando mis dedos, a lo mejor también huyen los unos de los otros. La culpa de este desaguisado la tiene, según los físicos, la energía oscura. No la llaman así porque consideren que tenga alguna tacha moral, simplemente es que no la “ven” porque es muy suya y no interactúa con ninguna otra fuerza conocida, salvo con la gravedad. Esta energía se reparte por todo el espacio, ejerciendo una presión que lo hincha como el aire que insufla el niño en un globo con la fuerza de sus carrillos.

Si pudiéramos meter todo el universo en un vaso de litro de los de cerveza sólo “veríamos” un culín de 49 mililitros, que es la parte detectable. Si nos lo bebiéramos, nos llevaríamos al coleto, sin darnos cuenta, otros 683 mililitros de energía oscura y 268 de materia oscura. Nosotros juraríamos que, salvo el culín que picaba y refrescaba la garganta, el resto era aire, o sea, nada.

En una esquina de ese cosmos desbocado, hay un insignificante pico de energía “visible” en forma de polvo y agua, la Tierra. Es no más una brizna de escoria excretada en los hornos nucleares de las estrellas que, agotado su combustible, colapsan sobre sí mismas y estallan. De las pavesas de esas cenizas surgimos nosotros, como surgió el agua de la combinación de dos moléculas de hidrógeno con una de oxígeno. Mientras el agua aprendió a solidificarse, a licuarse y a evaporarse en función de la temperatura, nosotros aprendimos a reconocer nuestra propia existencia y, lo que es peor, a saber que en un santiamén la perderíamos. Dice Lawrence Krauss que, “Cada átomo en tu cuerpo vino de una estrella que estalló. Y, los átomos en la mano izquierda probablemente vinieron de una estrella diferente que tu mano derecha. Es realmente la cosa más poética que sé de la física: todos somos polvo de estrellas”.

Si pierdes la conciencia y despiertas, te sobresaltas. Tu cerebro tarda unos segundos en abrir la puerta de los recuerdos, trastabilla en la oscuridad hasta que encuentra una explicación razonable. Pasó, por ejemplo, que ayer te inmolaste al dios Baco y hoy despertaste sobre la alfombra, con resaca de marea alta. O, tal vez, lo que encuentren tus neuronas en las estanterías de la memoria sea una mascarilla en la boca y un pinchazo anestésico que te veló la conciencia por unas horas, por eso estás en la cama de un hospital con una raja en el esternón.

Cuando te encuentras con la conciencia de que existes por primera vez, no tienes recuerdos de cómo llegó hasta ti. En las brumas de tu memoria no queda ni rastro. Tus ancestros tampoco dejaron escrito en la carta de tu código genético de dónde venían, ni de cómo llegaron hasta aquí, ni siquiera con qué propósito.

Ante este silencio, las mentes bullen como el agua hirviendo y buscan razones. Si todo efecto tiene una causa, ¿cuál es la causa del efecto de existir? El problema de buscar la causa última es que termina en un tirabuzón, como la cinta de Moebius: ¿Quién creó a nuestro Hacedor? Porque pueden existir hacedoress intermedios. Imagina que un ser de este universo, pero más evolucionado que nosotros, codificó la información y la envió hasta la Tierra cuando se daban los factores y contenía los elementos fundamentales para la vida: carbono, nitrógeno, oxígeno; seguramente ahora, desde su confín del cosmos, está estudiándonos igual que nosotros analizamos en el laboratorio, bajo el microscopio, una cepa de virus de la gripe. O imagina que, un ser inteligente de un universo ya colapsado escribió el código fuente para que, al estallar un nuevo Bing Bang, lo hiciera con el resultado de que surgiéramos nosotros. O, ponte en la tesitura de que el universo colapsa y vuelve a explotar, dado que no interactúa nada más que consigo mismo, vuelve a brotar la vida, y volvemos a repetirnos con las mismas acciones y omisiones como en el Día de la Marmota. En fin, la película Matrix nos indujo a pensar que podríamos ser una realidad virtual, un juego macabro que se desarrolla dentro de un lenguaje matemático. Y así, hasta el infinito y más allá buscando una causa que no dejará de ser un efecto que tendrá, a su vez, otra causa. Ya digo, ad nauseam.

Media vida de la especie humana se ha dedicado a buscar al Creador. Lo hemos encontrado en la luna, en el sol, en los animales, en mitos con virtudes de dioses y bajezas muy humanas que poblaban el Olimpo con vidas de telenovela. Los judíos redujeron la ecuación a una sola incógnita. Teníamos un único Progenitor. Según este pueblo, que lo dejó escrito en una epopeya en forma de libro sagrado, no nos creó por antojo, qué va. Debíamos de cumplir una interminable ristra de reglas morales, culinarias, medicinales, sacrificales y cuajadas de restricciones sobre dónde, cómo, cuándo y con quién practicar el sexo. Ah, y sobre todo, debíamos proclamarle y adorarle por siempre jamás. Si cumplías los mandamientos, tu polvo de estrellas resucitaría de entre los muertos y vivirías, tan ricamente, en el reino del Padre por los siglos de los siglos.

Si te animas a contarlas, sumarás unas cinco mil religiones que se insultan las unas a las otras denominándose sectas y, todas y cada una, se proclaman la única y verdadera. Todas te acojonan con unas tablas de la ley y, si la incumples, arderás eternamente en un infierno que será la delicia de los masoquistas. Sus fieles quieren tanto al prójimo que, te apostolan de palabra, de obra o, por las armas para que ingreses en su fe y te salves. Su dios lo sabe todo y todo lo puede. Sabe que te vas a condenar pero no moverá ni un dedo por ti. Ni una llamada ni un whatsapp. Callado como un muerto porque, dicen, te ha concedido libre albedrío. Hay que ser mala gente para dejar a un hijo pequeño atravesar un río caudaloso y profundo, y no mover ni un labio ni un dedo para salvarlo. Eso sí, de vez en cuando, echa una manita a los suyos en forma de milagro, sobre todo, para enderezar las batallas y que ganen los buenos. Como sus dioses y dogmas son inmutables por naturaleza, caen en solemnes torpezas como la de no renegar de la esclavitud hasta que la evolución ética y cultural de la especie, viene en considerar que es una aberración execrable. Se permiten la falta de piedad de prohibir el uso de un trozo de latex, que evitaría enfermedades y muertes, en aras de una falsa virtud de la pureza, porque siguen confundiendo la limpieza de corazón con la castidad. También condenan de palabra y obra a aquellos que, seguramente por una falta o exceso de hormonas durante el embarazo, tienen una tendencia sexual que no es del agrado de sus dioses. Te digo que, cada una de la cinco mil religiones, tienen más de mil preceptos en contra de la humanidad que degradan a sus dioses hasta hacerles parecer pequeños monstruos.

Darwin, viajando en el Beagle, observó que los seres vivos evolucionaban desde un antepasado común por un proceso de selección natural. Escribió el origen de las especies. Produjo un cataclismo. Su teoría, de la que se derivaba que el hombre procedía del mono, no gustó nada a sus congéneres. Hasta los hermanos Bosch en Badalona caricaturizaron su teoría, no sólo llamaron a su brebaje Anís del Mono, también etiquetaron la botella con el dibujo de un mono humanizado que, las malas lenguas insinúan, es el vivo retrato de Darwin. La ciencia fue demostrando que sus teorías casaban con las de Wallace y, combinadas con las leyes de Mendel se ajustaban, como un guante, a los nuevos avances en genética. Así que, la especie humana, aunque herida en su orgullo, resolvió que, en todo caso, seguía siendo la reina de la creación, y quedaba demostrado que cada individuo había llegado hasta aquí porque todos sus ancestros habían sido los mejores. Las religiones echaron espumarazos por la boca, como cuando la ciencia demostró que no éramos el centro del universo. Como los clérigos saben hacer de la necesidad virtud, en el momento en que las evidencias les llegaron hasta la garganta, resolvieron el tema con unos remiendos de urgencia en sus trajes teológicos. Resultó que dios no nos creó de sopetón, sino que diseñó un sistema para que fuéramos evolucionando. Era mucho más entretenido. Probablemente surgimos de moléculas de ARN o de nanocélulas. Los científicos no se ponen de acuerdo sobre si nuestra cuna fue la Tierra o, vinimos desde fuera en la incubadora de un cometa.

Lawrence Krauss defiende en su libro “Un universo de la nada” que, en el espacio vacío hierve una sopa de partículas entrando y saliendo de la existencia, de forma tan rápida que no podemos verlas, pero al interaccionar con la física cuántica y la gravedad, pueden dar lugar a partículas reales que producen billones de galaxias.

Y aquí seguimos, viajando sobre un grumo formado con pavesas de estrellas. Mirando un cielo que, desde esta esquina del cosmos, aparece velado por una espesa niebla que nos impide “ver” el 95% de lo que contiene. Para sofocar nuestros miedos, hemos construido cien miles de templos a mayor gloria de nuestros dioses. Algunos hombres de buena voluntad construyen Universidades y observatorios astronómicos, en los que plantan antenas y erigen telescopios o, los ponen en órbita. Hay hombres que desde cualquier rama del saber, desgastan sus ojos cada día esperando arrancar pequeñas ronchas a la niebla del universo. Es una lástima que haya muchos más hombres que dedican a condenar, desde los púlpitos, a sus semejantes por su modo de vida o por sus pensamientos. Más les valdría aprender de Mendel o de Lemaître que, siendo sacerdotes, abrieron ventanas al cosmos para que inundara de luz los vitrales de la ciencia.

J. Carlos

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