El infantilismo, esa epidemia que nos invade.

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Entonces no había guarderías. No nos estabulaban como ganado. En mi pueblo, a los tres años, nos llevaban a la escuela de Marta para que aprendiéramos a leer con el Catón y a escribir con palillero de pluma, también sumábamos y restábamos. Marta era bajita, abultaba poco más que nosotros por lo que era fácil empatizar con ella. Se apoyaba en dos muletas, tenía la voz tan recia que parecía mentira que saliera de un cuerpo tan pequeño y de una persona que prodigaba tanta ternura. Encima del aula había un altillo donde Marta nos tenía dicho que, habitaba una “cabicuerna” y a los niños que se portaran mal los mandaría con aquel monstruo. Cuando nos desmandábamos y blandía la amenaza, agachábamos la cabeza y, de reojo, mirábamos al altillo. Nadie vio nunca aquel animal, pero todo soñamos con él alguna vez y, coincidimos en que tenía cuernos. Todos, en el recreo, juramos que, en uno u otro momento, habíamos oído bramar a la “cabicuerna”.

El mundo, como los motores de los coches, se hace cada vez más complejo. Ya nadie cambia las bujías ni calibra la distancia entre los platinos, entre otras cosas porque ya no existen esas piezas. Los motores, como el mundo, vienen cerrados para que no puedas acceder a ellos, además, contienen mucha cacharrería electrónica programada y críptica. No queda otra que ponerte en manos de los expertos. De chico los expertos del mundo eran tus padres, tus maestros y el cura que tenía siempre en la boca la palabra de Dios. En la juventud desarrollaste un espíritu crítico porque entre lo que te habían enseñado, y la realidad que tú observabas había una brecha considerable. Resulta que te habían mostrado una realidad en blanco y negro y descubriste que había no sólo una gama de grises, también estaban todos los colores del arco iris. Ahora te arrojan a la cara toneladas de terabytes de información para que parezca que puedes tomar decisiones razonadas, pero cuando metes las narices en ese océano de datos tienes la misma sensación que al abrir el capó del coche. Y, claro, lo dejas en manos del mecánico, el experto.

Los mecánicos del márquetin no te dicen con qué materiales están hechas las zapatillas, o qué edad tienen los niños que las cosen, cuántas horas trabajan al día y cuál es su salario. No necesitan hablarte de su ergonomía o flexibilidad. Les basta con un relato en video de veinte segundos que protagoniza un multimillonario futbolista haciendo filigranas con un balón y mostrando unos abdominales como forjados en hierro. De las aguas de colonia ignoras sus aromas o fragancias, desconoces si el fluido, además de H2O, contiene esencias de flores o si sólo le añaden compuestos químicos. Las compras porque una señorita con piernas de ensueño se pone cachonda cuando le alcanza la pituitaria y, a renglón seguido, se va desprendiendo, lascivamente, de sus prendas. Piensas, como un niño, que a ti te ocurrirá otro tanto si te vaporizas el cuello con esa marca.

En este infantilización masiva que nos invade y, aprovechando que hemos mudado el sentido crítico desde el cerebro hasta el lugar donde la espalda pierde su casto nombre, los hijos de la pérfida Albión han vuelto a la guardería. Allí les enseñaban que eran un imperio, que constituían una raza superior y que el mundo siempre se postraría ante ellos para cantar sus alabanzas. Quizá los expertos Nigel Farage y Boris Johnson exageraron un poco con lo del Brexit y no dijeron ni una sola verdad. También nuestro mecánico exagera para inflar la factura. La cuestión es que se han pegado un tiro en el pie y, de paso, han provocado un terremoto financiero y nos han hecho más pobres. Estamos acostumbrados. Cuando eran igual de piratas pero con pata de palo y parche en el ojo, también nos birlaban el oro con la aquiescencia de su Majestad, que repartía las patentes de corso y se llevaba un porcentaje de lo afanado. Si dentro de dos o tres años nos libramos de esa excrecencia en forma de lapa que lastraba a Europa por el oeste, estará bien pagada la recesión de un punto de PIB que inducirá la estúpida decisión de los hijos de la Gran Bretaña.

La epidemia de infantilismo, como la del Zika, no tiene fronteras, pero en España nos llevamos la palma. Nos dicen los expertos, mecánicos de la economía, que habrá que reducir las pensiones porque se financian con lo cotizado por los trabajadores, y cada vez hay menos trabajadores y más pensionistas. Nos lo creemos como nos creíamos que el lobo se comía a la abuelita. Sin embargo, nadie se pregunta por qué los gastos en defensa se financian con impuestos y las pensiones no. En las tarifas del IRPF el salario que ganas con el sudor de tu frente cotiza del 19,5% al 46%, en cambio, quienes tienen la suerte de tener capital (ahorro) y vivir de las rentas, sólo cotizan del 19,5% al 23,5%. Las grandes corporaciones aportan al erario público el 6% efectivo de sus ganancias, las pequeñas y medianas empresas aportan el 15%.

En los breves momentos en que nuestros candidatos dejaban de bailar, tocar la guitarra, andar en cintas estáticas y hacerse los campechanos en los platós de televisión, les oí  prometer que nos darían las chuches del empleo, los caramelos de las moderación y el sentido común; todos nos engolosinaban con la tarta de la recuperación y las guindas del cambio; hubo quien ofrecía el merengue de la bajada de impuestos y, hasta nos prometieron huevos Kinder con el cielo dentro. Algunos metían miedo con la “cabicuerna”. No escuché a nadie que prometiera aplicar el artículo 31.1 de la Constitución: “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad.”

Ningún experto entrevistador preguntó al candidato del Gobierno por qué, durante su mandato, las rentas de trabajo aportaron más del 80% de las bases imponibles del IRPF, siendo que sólo se comen una porción del 45% de la tarta (Renta Nacional). Se conoce que los periodistas corifeos estaban más por amigarle con niños de guardería, que son un encanto, oiga, en vez de preguntarle si le parece bien que el 43,64% del total recaudado proceda de impuestos indirectos, que son regresivos porque gravan el consumo y afectan proporcionalmente más a medida que la renta es más baja.

Ganó el que prometió acabar con la corrupción a golpe de martillo, como hizo con los ordenadores de Bárcenas. El gallinero siempre claudica y elige a la zorra que menos miedo le da. Hasta su Ministro del Interior, al que pillamos en las cloacas del estado untando de mierda a los adversarios políticos, sacó un escaño más. Rivera anda llorando por los rincones porque ahora cae en la cuenta de que, mi voto vale la tercera parte que el de un soriano, un alavés o un gerundense. La otra vez, cuando se encontró con un buen manojo de escaños que venían de la misma ley no le vi echar ni una sola lágrima. Sánchez consiguió revalidar el título de peor resultado de la historia de su partido, dejándose otros cinco escaños en la gatera. Pero está contento como unas castañuelas porque el que braceaba a su izquierda se ha quedado más rezagado todavía. Iglesias quiso ser como Julio César, “el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”. Se nos trasvistió de socialdemócrata, comunista y patriota de los de bandera en ristre. Nos quiso seducir con un carácter agridulce como la comida china. Nos arrojó palabras como pompas en forma de corazón de colorines gay. Se la pegó. Anda echando la culpa a los votantes porque son como niños y se creyeron el cuento de la cabicuerna.

Supongo que la televisión y los medios son los mosquitos que inoculan el virus del infantilismo que padecemos. Pensé que las redes harían de antídoto, como las vacunas. Me equivoqué. El anonimato en las redes baja el sentido crítico hasta el culo, de hecho, están infestadas de pedorreras que terminan en una catarata de insultos. Te juro que he oído bramar en las redes con el mismo mugido que hacía la “cabicuerna” desde el altillo de la escuela de Marta.

J. Carlos

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