Fractura ética

tsunami

Los españoles tenemos la suerte de anidar en una franja de tierra con clima templado y sol abundante. La meteorología nos trata con guante de seda, aunque últimamente, por aquello del cambio climático, se le va la mano en algunas ocasiones. La estructura geológica que soporta la corteza peninsular es de las más estables del planeta. Y aunque estamos rodeados de agua por todos los flancos, salvo por el cordón umbilical que nos une a Europa, las olas no suelen enfurecerse ni rebelarse en forma de tsunamis. La orografía no es de menú del día como en otras latitudes; aquí tenemos a la carta mesetas inabarcables, cicatrices geológicas que dibujan cordilleras con un dédalo de valles y montañas, desiertos, océanos azules, mares verdes, playas mansas, playas bravas y, un manto vegetal donde enraízan casi todas las especies. No es extraño que por aquí hayan pasado cien pueblos, desde Finisterre hasta Gibraltar, buscando largos días de luz y noches cuajadas de estrellas.

Mientras nuestra geología terrestre permanece silente, aunque la falla sísmica mediterránea de vez en cuando levanta la voz, nuestra geología ética no acaba de asentarse. Hay dos fuerzas tectónicas, el dinero y el poder, que actúan sobre el subsuelo moral dando lugar a fracturas llamadas fallas. Las placas pueden reptar unas sobre otras produciendo pliegues sobre la corteza, sin producir cataclismos; pero cuando la magnitud supera el punto de ruptura hay un desplazamiento rápido de las placas que genera el terremoto y, si el epicentro se sitúa en el mar, se origina el tsunami.

Llevamos décadas con el subsuelo moral resquebrajado. Hemos asistido con la pasividad del cobarde al enriquecimiento amoral de nuestras élites. Hemos visto crecer, ante nuestros ojos, pliegues en nuestra corteza social que se transformaban en auténticas montañas de escándalos financieros y de latrocinios públicos. Vadeamos, mirando para otro lado, las olas de desahucios, las de la rapiña de las cajas de ahorro, las olas de las preferentes. Apenas se movió el suelo bajo nuestros pies mientras desmantelaban la sanidad y la educación. No nos asustó el fragor tectónico de las cuentas suizas, la lista Falciani, los papeles de Panamá. Permanecimos mudos cuando a nuestros próceres (empresarios, políticos, futbolistas, nobles y ricos por su casa) les pillaban con las manos en la masa de la Hacienda de todos. Votamos a los mismos partidos cuyos gestores encopetan las listas de los más de cien casos de corrupción que pululan en los juzgados, sin que nos tiemble el pulso.

Hay, sin embargo, un choque de placas tectónicas cuyo epicentro se  sitúa en los juzgados y en los platós de televisión, y que  sucede  cuando el gestor o sus patrocinadores hacen una Infanta o un Messi: “Confieso que soy tonto, firmaba sin conocimiento y no me enteraba de nada”. Es una fractura de la moral pública que debería producir una falla sísmica gigantesca o, al menos, un desgarro ético que, como la última gota de agua que rompe la tensión superficial, tendría que desbordar el vaso de nuestra paciencia. Sin embargo, para mi perplejidad, no se produce ningún cataclismo. Deduzco que, si nos dejamos robar impunemente y que se rían en nuestras narices sin que se genere ni un mísero terremoto en la corteza social, es que tenemos una fractura ética que recorre el subsuelo desde Gibraltar hasta Finisterre.

Lo malo es que las fuerzas telúricas siempre emergen por donde menos te lo esperas y, a lo peor, nuestra cobardía de estos años la pagamos con un terremoto en las urnas.

J. Carlos

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Una respuesta a “Fractura ética

  1. Muy bien llevado. Enhorabuena!!, bss

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