Un sueño

Televisor curvo

La evolución que nos ha traído hasta aquí sólo tiene una regla, adaptarse al medio y multiplicarse. La durabilidad, la belleza, el orden, la armonía son conceptos que no entran en su vademécum. Vamos, que la evolución es un poco chapucera, te cuida con esmero hasta que estás en sazón para poner tu semilla y transmitir tus genes; después, si te he visto no me acuerdo. Desde aquí elevo mi más enérgica protesta a la madre Naturaleza por la chapuza del tracto urinario. Ya es de mal gusto que diseñe las cloacas del cuerpo y las haga coincidir con el conducto que transmite el placer de la vida y la vida misma. Pero hace falta tener mala leche para sacarte cada noche de la cama para vaciar la vejiga, por el simple hecho de contar los años en décadas. Como no hay mal que por bien no venga, ahora tengo la posibilidad de anotar dos veces mis sueños, a la llamada fisiológica y cuando suena el despertador.

La noche del lunes pasado, a la luz de los dígitos azules del reloj que marcaban las dos y veinte, garabateé unas líneas para recordar mi sueño. Ya te advierto que era estrambótico como todos los sueños. Sospecho que fue inducido por una estúpida teoría que se me ocurrió en uno de esos despertares mingitorios y, según la cual, hay una relación directamente proporcional entre el adelgazamiento y la curvatura de los vidrios de los televisores y la idiocia del pueblo. Te confieso que  deseché la teoría por absurda tan pronto como bajé la tapa del váter.

El sueño transcurría en un país donde el personal gastaba gran parte de su tiempo, en ver los programas que se emitían en pantallas estrechas y curvas como cuerpos de modelos de alta costura. Lo más granado de la programación  eran los coloquios eviscerados con un tufillo entre corrala y patio de vecinos. Horas interminables en que se sacaban los hígados los unos a los otros y luego lloraban, se abrazaban y besaban. En las series y películas estaban ausentes las pulsiones humanas, dominaban las cataratas de imágenes catastróficas, aderezadas con violencia y casquería. Los catedráticos, maestros, escritores, poetas, científicos y músicos estaban proscritos, a los espectadores no les alcanzaba el entendimiento y se aburrían. Para fomentar la participación del personal, sacaban los micrófonos de paseo y preguntaban a cualquier analfabeto por temas de especial relevancia, el entrevistado agarraba el micrófono como si fuera la teta de su madre y expelía  por la boca frases inanes, cojas de sujeto o de verbo o de predicado. Los espacios donde se tertuliaba sobre la gestión política, estaban copados por cuatro sabidillos cuya nómina y permanencia dependía del tono de voz, del insulto procaz y de la habilidad para tergiversar cualquier dato. Retransmitían un único espectáculo deportivo donde veintidós contendientes, en calzón corto, corrían detrás de una esfera de cuero con el afán de encajarla en el vano formado entre tres postes. Estos mozalbetes ganaban en un solo partido más de lo que cualquiera de los asistentes en toda su vida; aún así los jaleaban, vitoreaban y aclamaban como si hubieran descubierto la penicilina o la fisión nuclear. Los relatores del evento en la televisión, le ponían más devoción y adjetivos guerreros que si estuvieran contando in situ la batalla de las Termópilas. Horas después los comentaristas, exhaustos y roncos, seguían gritándose en el plasma curvo si la esfera había tocado una línea pintada de yeso sobre la hierba, mientras la imagen, captada por más de cincuenta cámaras, se proyectaba hipnóticamente. A nadie le importaba si con el coste del encuentro se hubiera podido construir y mantener un hospital durante un año. Daban otros espectáculos que levantaban pasiones, como el de torturar y matar en un coso de arena, por un carnicero vestido de luces, a un herbívoro hasta la muerte. Los había que sacaban en andas imágenes de madera seguidas por hileras de encapuchados, algunos se desnudaban la espalda y se la desollaban a latigazos. Los informativos eran tan sosos y estaban tan mediatizados que, habían creado un programa de humor para dar las noticias con píldoras de cachondeo. Incluso, emitían espacios de debate donde cedían el púlpito a delincuentes convictos que impartían clases de ética y moral públicas.

Luego el sueño me trasladó a un almacén inmenso sito en los arrabales. Las calles de las ciudades se habían quedado huérfanas de bares, restaurantes, mantequerías, fruterías, farmacias, librerías… Allí, en una mole de cincuenta pisos, tenías de todo. En la planta cuarta firmaba su libro la autora más vendida, la Princesa del pueblo, una iletrada que a duras penas sabía distinguir un sustantivo de un adjetivo, y que vivía de relatar los pormenores de un polvo añejo con un torero. En la undécima, el hijo de una folclórica, con pinta de pastor de cabras, convencido de que un pentagrama es un sudoku de cinco números, firmaba un disco que llevaba meses como número uno. En el piso vigésimo octavo servían tragos de botellas de colores rotuladas en inglés. En realidad agua con colorantes, unos centilitros de alcohol y unas pizcas de azúcar. La gente hacía cola a 5 € el chupito, convencida de que compraban unos sorbos de paz, de cariño, de paz o de armonía. En la terraza soleada de la última planta la gente depositaba su voto para elegir alcalde. Los rostros de los dos contendientes debatían en un plasma curvilíneo, de cuatro metros por seis, a ver quién era más corrupto, exhibían documentos de bancos suizos contra listas de papeles de Panamá. Sabían que aquel que demostrara más destreza en las artes del latrocinio público tendría las de ganar, los electores lo considerarían más listo y un buen ejemplo para los ciudadanos.

Cuando se lo conté a mi mujer exclamó: “¡Vaya pesadilla! Es como el Gran Hermano de Orwell”. Un mal sueño lo tiene cualquiera, le dije; además, añadí, nuestro televisor es plano como una tabla y obeso como una morsa.

J. Carlos

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Una respuesta a “Un sueño

  1. …muy bueno!!!!. :)

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