Alcantarillas

Alcantarilla

-Lo peor era el pestazo que se te metía en la ropa y en la piel. No había jabón que te lo quitara de encima.

Segis está sentado en un butacón de orejeras entelado en gris. Es delgado y de cuerpo menudo, tiene la piel cetrina; mueve los brazos y gesticula con las manos para hablar; las pocas veces que guarda silencio se reclina contra el respaldar, se queda tan quieto que parece como si el mueble lo hubiera engullido.

-La primera vez que bajé a las cloacas con mi padre tenía siete años, fue en el cuarenta y cinco. Al olor te acostumbras enseguida, pero las ratas son tan grandes como conejos. Yo he visto a tres ratas merendarse un gato.

Gertru, su mujer, es morena, pequeña y rechoncha. Tiene media melena lisa y muy blanca, con una raya en medio. Trae un platillo con un vaso de café con leche  para Segis lo deposita con mimo en una mesita auxiliar. Me pregunta si quiero un café.

-Gracias, pero ya he desayunado.

Se oye saltar el resorte del muelle de la tostadora en la cocina, la mujer se da la vuelta y encara el pasillo. Con una agilidad felina Segis coge la muleta que descansa sobre el lateral del butacón y se incorpora, camina hacia el armario botellero del mueble de donde saca una botella de Chinchón, hecha un chorro de anís en el café y desanda el camino para guardar la botella. En el momento que Gertru cruza la puerta del comedor con las tostadas, el aceite y el tomate, mi entrevistado ya se inclina hacia mí, trae en la mano una cajita de terciopelo.

– Es la medalla civil al mérito policial. Ya ve, me pasé más de treinta años esquivando a los maderos y, al final, estuve otros tantos colaborando con ellos.

Su mujer le deja el plato al lado del café, le tiende el brazo para que se apoye al sentarse y, aunque se resiste, le prende el pico de la servilleta en la camisa a cuadros, rojos y negros, para que no se manche. Mientras él unta el tomate en la tostada y se queja de que el matasanos le tenga prohibida la sal, ella me hace un gesto de complicidad llevándose los dedos a la nariz. Sonrío. La fragancia del anís se ha extendido y pica en el olfato.

-Hombre de tanto oler la mierda de toda la ciudad, la nariz se termina gastando –Afirma rotundo como un niño pillado en falta.

No le ha gustado el gesto de complicidad, ni mi amago de sonrisa. Ha fruncido el ceño, los ojos casi negros se le han hecho más chicos y me ha soltado de corrida:

-Pues sepa usted, plumilla, que en esta humilde casa entró un día Don Miguel Delibes y me dejó un libro dedicado, con su firma y todo. Las ratas, se llama. Anda Gertru acércaselo.

Junto con el libro, Gertru trae la botella de anís y dos copas, después de mediarlas y escanciar en el vaso de café hasta casi desbordarlo, se sienta en el brazo del butacón de Segis y brindamos los tres por la memoria de Don Miguel.

Es un libro de tapas duras forrado en plástico transparente. En la primera hoja, con grafía menuda y clara, Don Miguel había escrito: “Para el ratero de ciudad que conocí una tarde y me descubrió que la vida de las gentes se prolonga en las alcantarillas. Con profundo afecto”.

-Como le digo, empecé con ocho años, bajábamos con un farol de aceite; buscábamos pulseras, anillos, medallas o cadenas de oro y de plata. Los metales no abundaban. Y eso que, entonces, se lavaba a mano y era más fácil que las alianzas se colaran por el baño o por el fregadero.

Gertru le entrega una pastilla blanca.

-Es para el reúma, sabe usted. Pasó muchos fríos allá abajo. Aquello está siempre húmedo en verano y en invierno. Volvía siempre empapado.

Mientras Segis se toma la pastilla con un trago de café, Gertru se levanta y coge en su regazo una foto enmarcada en madera que ocupa el centro de la mesa de comedor, junto a un florero con magnolias de tela blanca.

-Es nuestro hijo Moisés. Éstos son nuestros nietos, Andrés y Julio. Y ésta es Maika, su mujer. Hacen muy buena pareja, trabajan en La Paz. Ella es enfermera y él celador, por eso los niños estudian medicina. Con un poco de suerte, terminan este año. Son mellizos, ¿Sabe?

-Qué guapos, le digo –Por hacerle la gracia a la abuela.

Son muy estudiosos. Mire qué ojazos azules y qué guapos y qué rubios. Son la viva estampa de su padre. Y tienen su misma estatura. A los abuelos nos sacan cabeza y media, a su lado parecemos enanos de circo.

Advierto que Gertru, mientras vuelve a poner la foto en su lugar, se seca una lágrima con la manga de la chaqueta de lana, se excusa y se pierde por el pasillo.

-¿Dónde estábamos –prosigue Segis- Ah, sí, durante la posguerra andábamos la mitad del tiempo con las tripas vacías, así que he cazado ratas, he comido su carne y la he vendido a carnicerías que la hacían pasar por gato o por liebre.

Se retrepa en el sillón, se queda pensativo, luego se acerca hacia mí y me confidencia.

-Perdone a mi mujer, es que a nuestro hijo, Moisés, le quitaron un riñón hace ocho meses y el otro lo tiene averiado. Está con eso de la diálisis a la espera de un trasplante.

Lo siento –dije-

En cuanto lo supimos, fuimos echando leches al hospital para ofrecerle nuestros riñones. Nos sacaron sangre y nos miraron por dentro con esas máquinas con que ven a los niños dentro de las barrigas de sus madres. Resulta que nos somos compatibles. No se lo hemos dicho todavía. Cómo se le dice a un hijo que los padres no son compatibles, siendo él de la profesión.

Gertru vuelve, ya sosegada, toma asiento sobre el brazo del sillón de Segis y, mientras le acaricia el cuello con la mano, le pide que me cuente las cosas extrañas que ha encontrado en las alcantarillas. Segis adelanta el tronco y va dibujando en el aire con las manos las cosas que se ha ido encontrando.

-De todo, mire usted, pistolas, cuchillos, móviles, serpientes. Antes de que me pregunte por los cocodrilos y caimanes le diré que jamás he visto a esos bichos. Eso sí, allí dentro he visto una familia de gitanos que estuvo viviendo durante unos meses en una galería, al lado del colector de Legazpi, muy cerca del río. Y alguna vez he tropezado con mendigos que pasaban las noches duras de invierno en las alcantarillas.

Da otro sorbo de café y anilla el brazo a la cintura a su mujer. Los dos vuelven los ojos hacia la foto que preside el salón.

-Mire qué color tan sonrosado tiene en la foto –dice Gertru- El domingo estuvieron aquí comiendo todos. El pobre Moisés tiene ahora la piel amarillenta, como de cera. Si fuera posible, le daría los dos riñones y me iría más contenta que unas pascuas al otro mundo. –caigo en la cuenta de que Gertru tiene el oído muy fino y ha escuchado nuestra conversación.

-Mujer, no te apures, ya lo han puesto en lista de espera. Pronto habrá un donante compatible y lo dejarán aviao –dice Segis-

-No Segis, ya decía Don Melchor, el cura de la parroquia, que en paz descanse, que los pecados tarde o temprano se purgan.

Acaricia el pelo a su mujer con una mano y con la otra levanta el vaso de café para que brindemos todos.

-Brindo porque aparezca pronto un riñón para Moisés. Y ahora sigamos que este señor –apunta hacia mí- tiene que llenar su columna dominical. ¿Cómo se titula su columna? Ah, sí, vidas estrafalarias o algo por el estilo, ¿no?

Así es, Vidas estrafalarias –asiento-

-En la etapa de colaboración con la policía hemos sacado de las cloacas manos cortadas y brazos y pies, bolsas de droga, armas, bombas, algún botín de joyería y documentos a medio destruir o chamuscados. Hasta una pintura famosa robada de un museo apareció dentro de un cilindro de aluminio. Estaba bien envuelto en cinta americana de la buena, de color plata. Pero cadáveres enteros no, nunca encontré cadáveres enteros.

-Cómo se enroló en la policía –le pregunto-

-No me enrolé, digamos que me dejaban hacer mi trabajo y yo, a cambio, colaboraba. Sepa usted que hay bandas de traficantes y terroristas que utilizan las alcantarillas como vía de escape y no diré más.

– ¿Le pagaban, le tenían en nómina?

-Digamos que después de perseguirme durante treinta años, se dieron cuenta de que tengo aquí, en el magín –se señala la cabeza con el dedo- todas las galerías y sus laberintos, con sus brazos, recodos y esquinas. Si cierro los ojos las recorro con la imaginación, lo mismo que usted puede recorrer con el dedo el mapa callejero de la ciudad. Y eso tiene un precio.

-Cuéntales lo del banco –le pide Gertru-

-Tal como lo dices, parece que lo hubiera robado yo –se ríe Segis-. Fue unos días después de lo del niño…

Gertru le da un codazo. En un instante, a la mujer se le ha ido toda la sangre de la cara. Él aborta la sonrisa, se muerde la lengua y se queda callado mirándola a los ojos. Sólo cuando advierte el gesto de ella haciendo girar el dedo índice sobre sí mismo, prosigue, aunque le tiembla la voz.

-Como le decía, vi una bolsa negra hundida en el agua estancada, la cogí con mi garfio, siempre llevaba un palo largo con un garfio en el extremo y, en el otro, una red de cuerda trenzada. Cuando la abrí me encontré quinientos billetes nuevecitos de a mil pesetas. Estamos hablando de pesetas del año sesenta y nueve, una fortuna ¿sabe usted?  Estuve una semana sin salir de casa. En la radio no daban noticias de ningún robo.

Gertru se ha apaciguado con el relato del marido, le han vuelto los colores y parece que está embebida en la memoria de aquellos recuerdos.

Con ese dinero –prosigue Segis- nos compramos este piso y los muebles. Meses más tarde se habló de un desfalco en el banco Urquijo de dos millones. Según dijeron, el cajero, antes de abrir la oficina, sacaba cada día de la caja fuerte cinco fajos de cien billetes, los metía en una bolsa de basura negra con varios ladrillos y la tiraba por una arqueta del patio. Por la tarde bajaba a las cloacas y la recogía.

¿Y lo del niño? –pregunto

-Tonterías de Segis, que ya chochea, va para setenta y nueve –intenta el quite Gertru- ¿Quiere otro poquito de anís o un café?

No, gracias. Dice usted que también aparecían niños. Pero ¿vivos? –pregunto-

-Sólo ocurrió una vez –toma la palabra Segis con la mirada clavada en la lámpara, seguramente para evitar los ojos de Gertru. A ella le tiemblan los labios.

– Había un cesto de mimbre varado en una isleta de basura que se acumula en un recodo del colector de Lagasca. Era verano, el agua no levantaba ni una cuarta. Dentro estaba un niño envuelto con sábanas bordadas, sólo se le veían los ojitos cerrados. Creí que estaba muerto, le toqué los mofletes, los tenía calientes. Subí a la calle por la primera atarjea, no me entretuve ni en cerrarla y, con el cestito bien apretado entre el brazo y las costillas, no paré de correr hasta casa. Gertru me mandó a la farmacia a por un bote de Pelargón.

-Fue hace cuarenta y siete años –prosigue Gertru-. Por la tarde, una vez limpio y comido, lo entregamos en un convento de las Hermanitas de la Caridad o de los pobres, ya no me acuerdo. Ellas sabrían qué hacer con él.

¿Y no le preguntaron de dónde procedía o dónde lo habían encontrado?

-A finales de los sesenta las monjitas no preguntaban nada –concluye Gertru para dar por zanjada la conversación.

¿Dónde estaba el convento? –pregunto.

Se miran ambos. Él se hunde en el sillón y carraspea. Ella se estira el vuelo de la chaquetilla de lana gris,

-Por Chamberí, creo –contesta en un titubeo

¿En qué calle?

-¿Tú te acuerdas Segis?

-Qué va. Ya sabes que tengo la memoria con más agujeros que el subsuelo de Madrid –contesta Segis.

Pues, dígame, al menos qué hábito llevaban las monjas? –le pido a Gertru

-Huy, es que nosotros –se acaricia nerviosa las manos- nunca hemos sido mucho de curas y monjas. No sé muy bien. Supongo que negro o, quizá, pardo. No nos acordamos. Perdónenos, hace tanto tiempo.

Gertru Se cruza de brazos, está a punto de las lágrimas. Segis permanece callado, inmóvil, metamorfoseado en el sillón.

Cerré la libreta, me levanté y le acaricié la cara con las dos manos

-Ahora sí me tomaría un café -le dije.

Volví a sentarme. Me tomé un café. Gertru me ofreció otra copa–pero de brandy, esta vez, por favor- Y me siguieron contando historias de cloacas por más de hora y media.

En el quicio de la puerta, a la despedida, les dije que, según mis pocos conocimientos de medicina, la sangre de los padres no tenía por qué ser compatible con la de los hijos. Gertru me plantó dos besos, Segis apoyó la muleta en la pared y me apretó tan fuerte la mano que me hizo daño en los nudillos.

J. Carlos

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