Conciencia

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La conciencia es esa tormenta química y eléctrica que sucede en nuestro cerebro y que nos hace sentir vivos, diferentes y únicos. Es la gran maga en el teatro de nuestra vida. No sólo nos ilusiona haciéndonos creer que todo lo que hacemos y decidimos se debe a nuestro libre albedrío, sino que  de un lugar casi vacío, apenas transitado por ondas y partículas separadas entre sí por distancias astronómicas, nos recrea un mundo repleto de imágenes en color que adquieren solidez si las tocamos, exhalan fragancias, emiten sonidos, gustan… La misma magia, más sofisticada eso sí, que la de la lluvia de fotones que rebota en una pantalla de cine y, al permear nuestra conciencia, ésta se saca de la chistera una película con la que reímos, lloramos, reflexionamos.

La conciencia es vaga. Se pasa más de la tercera parte de la vida hibernando. Se va a la cama contigo cada noche y se apaga, del mismo modo que tú apagas la televisión o una lámpara, para no gastar. Pasa de la gran empresa de tu cuerpo. No está ni se le espera cuando un ejército de glóbulos blancos lucha encarnizadamente contra el virus de la gripe. Tampoco le interesa el proceso de coagulación de la sangre para sanar tur heridas. Por no interesarse, ni siquiera se interesa por el intercambio de oxígeno de los glóbulos rojos en los alvéolos, ni de las sístoles y diástoles de tu corazón, ni de tus inspiraciones y espiraciones, ni de los movimientos peristálticos de tus intestinos. Suele despertar de su sopor cuando algún órgano le manda señales de dolor para hacerle saber que algo anda mal en la sala de máquinas. En los procesos externos también se desentiende en cuanto consigue que se conviertan en rutina, deja de estar pendiente de andar, montar en bici, conducir, escribir, teclear.

Es perezosa, sí, pero también “è mobile qual piuma al vento”, como nuestro Presidente en funciones. Rajoy sabe que existe, que es cabeza de un gobierno y de un partido, pero ignora todo lo demás. Ignora la diarrea crónica en las tripas del partido, desconoce el cáncer de la desigualdad que envenena la sangre del cuerpo social. Aunque dijo que no subiría los impuestos, ni recortaría en sanidad, educación y pensiones, fue aposentar el culo en la poltrona monclovita y dedicarse con alevosía a practicar a viceversa de lo predicado. Y así sigue,  ignorando las punzadas de dolor en el riñón de la sanidad, en los pulmones de la educación, y en el corazón del empleo; antes al contrario, en vez de sanar sus heridas les echa puñados de sal con los recortes, mordazas, reformas laborales, Wertadas, impuestos al sol.

Eso sí, la conciencia humana es altiva. Hasta Galileo nos creíamos el centro del universo. Y gran parte de la humanidad está convencida de que entre los trillones de átomos que simbiotizados nos conforman, se esconde un soplo divino y, cuando aquella simbiosis siguiendo la ley de la entropía, se desordene y cese el parloteo entre nuestras neuronas, nuestra conciencia volará impoluta y sabia al reino de los cielos y vivirá feliz ad eternum. Impensable para esta ideología antropocéntrica asignar al resto de formas de vida algún atisbo de conciencia. Todos los demás seres, sean animales o vegetales, los puso el Hacedor a nuestra disposición y servicio, así que los podemos desollar, hervir vivos como a las langostas o, torturar hasta la muerte entre vítores y aplausos como a los toros.

Hay otra conciencia más compleja, pero tan indolente y voluble como la de Rajoy, es la conciencia social. En la década de los 70, Milton Friedman, consiguió introducir en la gramática económica una serie de usos y giros que se conjugaban mal con la lengua real, al igual que conjugan mal los anglicismos estúpidos que importamos sin rubor a nuestro castellano, siendo que siempre hay en nuestro diccionario vocablos más precisos. Después vinieron Thatcher, Reagan, Blair, Bush, Aznar… y nos inocularon el nuevo abecedario como quien ha visto la luz y baja del Sinaí con las nuevas tablas ortográficas.

A resultas de lo cual nuestra conciencia social, aletargada, ha ido asimilando la nueva lengua como las tablas de la ley. Nos dicen que el dios mercado es omnipotente y perfecto, que funciona como el movimiento continuo sin gasto de energía; de forma que, cuando estalla una de sus múltiples burbujas, que pagamos a escote los ciudadanos, es algo positivo porque al igual que el bosque se quema para regenerarse, el mercado también necesita de vez en cuando un incendio para brotar con más brío. En el diccionario económico al uso se nos alerta de que, en cualquier sistema público, por obra de birlibirloque, se asientan sólo los vagos y maleantes, circunstancia que unida a la falta de competencia hace que, su gestión resulte más costosa y menos rentable que en la empresa privada, porque ésta es capaz de prestar un servicio mejor al mismo coste y obteniendo, además, un beneficio. Y nos lo creemos aunque cualquier ejemplo nos muestre lo contrario, sea la sanidad americana que es la más cara del mundo y la menos eficaz; aparte de que sea un sindios mercadear con la salud; sea la privatización sanitaria en Valencia o Madrid que es un fiasco y sale por un ojo de la cara; sea la privatización de la basura en cualquier municipio.

En el nuevo orden gramatical, hay una oración con su sujeto verbo y predicado bien ahormados, la de que el directivo que cobra quinientas veces más que la media de la plantilla de su empresa es porque él lo vale y aporta, al menos, el mismo valor que lo cobrado. Se constata machaconamente que estos directivos quiebran sus empresas o las hunden en bolsa o destruyen empleo, pero seguimos conjugando los dos mismos verbos: será porque lo vale. Así, mientras los salarios cayeron en España de 2010 al 2014 un 7%, los directivos del Ibex se subían el sueldo un 10%. Con esos salarios, que ya es halago, padecen el síndrome de hybris, aunque hay que ser idiota para pensar que un cerebro pesa más que otros quinientos cerebros tan bien amueblados como el suyo. El idiota no es el directivo que lo sabe o lo sospecha, el idiota eres tú que te lo crees.

La gramática parda de estos gurús económicos exige bajar los impuestos a los ricos y a las empresas, porque de lo contrario se van con su dinero a otra parte. Es como si en nuestra comunidad de propietarios viviera un rico por su casa y, para evitar que se vaya a vivir al edificio de enfrente, tuviéramos que pagar a escote sus cuotas de comunidad el resto de los vecinos. Del mismo modo, nos han inculcado la especie de que los impuestos sólo sirven para dar de comer a políticos corruptos, a funcionarios vagos e instituciones que no prestan eficazmente sus servicios. Lo que no dicen es que con los impuestos se mantiene nuestro patrimonio que trae turistas; se crean las infraestructuras que utilizan esas mismas empresas; se mantiene una judicatura y una policía que trabaja en mayor proporción para las empresas y los ricos que para la clase media; se remunera a los profesores que enseñan a nuestros hijos, a los investigadores que son la semilla de nuestro futuro, a los médicos que nos sanan; se pagan las pensiones con las que pueden vivir con dignidad nuestros mayores, a los legisladores que regulan los mercados y nuestra convivencia… Ya sé que hay quien se deja corromper entre los gestores públicos, también entre los que gestionan lo privado. Sin embargo, en la balanza de corruptores pesa mucho más el platillo de lo privado. Y si en una institución pública te trataran como te tratan cualquiera de los “centros de llamadas” de nuestras empresas más insignes, iríamos la mitad de la población a manifestarnos y correríamos a gorrazos a sus responsables públicos.

Esta lengua de nuevo cuño asevera que hay que grabar con el doble de impuestos a la riqueza que proviene del trabajo y del esfuerzo que aquella que produce el capital y la especulación; y de tanto oírlo nos parece tan natural como la salida del sol cada mañana. Hay otra máxima que nos sonrojaría si nuestra conciencia social no estuviera sumida en un sueño tan profundo, es aquella según la cual, las crisis económicas son tan naturales como las tormentas de verano. Nada tienen que ver la codicia, la especulación y la desregularización que permiten y alientan que unos pocos se jueguen nuestra riqueza en el casino del capitalismo con las cartas marcadas.

Estamos tan acostumbrados a santificar las leyes de la oferta y la demanda como se santifican las fiestas que, nuestras conciencias adormiladas ignoran que los oligopolios de telecomunicaciones, del sistema financiero, el eléctrico, el farmacéutico, etc. elaboran sus tarifas con la misma magia con que nuestros cerebros sacan de una lluvia de fotones una película de vaqueros. Si algún día se pudiera medir monetariamente la aportación real de cada directivo, cada empresa, cada institución a la riqueza colectiva, nos pegaríamos un tiro en el pie porque algunos directivos, empresas e instituciones no sólo no aportan valor, sino que restan.

Otra de las sandeces en las que caemos en el nuevo decurso idiomático es la de que las pensiones sólo han de sostenerse por los cotizantes, haciendo depender el condumio, la salud y la dignidad de las personas mayores del sólo esfuerzo de los trabajadores. Pareciera que la riqueza proveniente del capital y de las empresas hubiera caído como maná del cielo y fuera intocable o, como si los pensionistas no hubieran participado con su trabajo, su mente, su esfuerzo a la creación de ese bien tangible que se llama riqueza nacional. Pareciera que sólo el capital crea riqueza y puestos de trabajo y los pensionistas no contribuyeran a la economía colectiva vía consumo, con su experiencia y, a través de su colaboración en la ayuda y educación en la familia.

Y por no hacer la lista interminable, concluiré con un uso de este idioma del capitalismo salvaje que me sonroja sobremanera, la riqueza del trabajo es transparente para Hacienda y tiene una trazabilidad perfectamente delimitada, pero las otras formas de riqueza que, además, están gravadas a la mitad en los impuestos, gozan de opacidad y pueden tostar sus pieles al sol de paraísos fiscales.

¡Chapeau por Friedman y sus adláteres!, porque han creado una lengua con el orden subvertido de forma que, lo largo es corto y lo ancho, estrecho. Así que, nos tragamos sapos con la misma delectación que si degustáramos caviar beluga. Será porque tenemos la conciencia individual perezosa o porque la conciencia social está sesteando o, será que son unos magos geniales. Te apuesto un imperio a que quienes hablan con soltura ese idioma ganarán las próximas elecciones. Su gramática se basa en que la parte estrecha del embudo es para las clases medias esforzadas y trabajadoras, y el ancho para los ricos y especuladores. Es la misma lengua que se habla en los lupanares y en los casinos, aunque salpicada de anglicismos. Es la lengua de los trileros, te muestran en qué cubo está la bolita, pero cuando termina el juego, levantan el cubo y está vacío, tu dinero ha emigrado a sus bolsillos por arte de birlibirloque.

J. Carlos

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