Verde que te quiero verde

Verde

Alguien ha posado su mirada sobre la Tierra y ha caído en la cuenta de que está enverdeciendo. En los últimos 33 años la verdura ha cubierto 36 millones de kilómetros cuadrados, lo que viene a ser 3 veces todo el suelo europeo. En otras palabras, la tropa verde avanza en su campo de batalla a razón de algo más de un millón de kilómetros cuadrados por año. Sabemos que nunca llueve a gusto de todos, tampoco se contamina a gusto de todos. El mundo vegetal está de suerte porque los estamos sobrealimentando con dióxido de carbono y nitrógeno. Los animales, en cambio, nos asfixiamos con la combustión del petróleo que nuestra especie quema en el horno de sus motores de combustión, sus fábricas y sus calefacciones. Las plantas, que son más previsoras, se comen el dióxido de carbono por el día en el proceso de fotosíntesis y expelen el oxígeno como si fuera un desecho; por la noche, como les falta la luz del sol, respiran y queman oxígeno al igual que los animales. Afortunadamente son espléndidas y el balance es favorable a nuestros intereses, es decir, consumen mucho menos oxígeno que el que producen. Pero, pese a que están lustrosas y se expanden a un ritmo frenético, no son capaces de engullir las 35 millones de toneladas que emite anualmente a la atmósfera la especie humana. Tenemos mucho que aprender de esta forma de vida tan peculiar de la que ignoramos casi todo; por desconocer, desconocemos hasta su inteligencia. Sabemos que tienen dos mecanismos complementarios para procurarse energía, la fotosíntesis y la respiración. En la primera utilizan directamente la energía solar y, con un aprovechamiento infinitamente mejor que cualquiera de las células solares de  nuestra invención. Y, lo más sorprendente, su sistema de estímulos, allá donde resida, no le recompensa por comer en exceso, siendo que tienen a su disposición el dióxido de carbono de forma prácticamente ilimitada. En ese punto el cerebro humano tiene un sistema de recompensa más primitivo, el 40% de los adultos tienen sobrepeso mientras el 11% de la población mundial pasa hambre. Nada sabemos qué piensan las plantas,  ni cómo se relacionan con sus semejantes, o cómo llevan lo de estar estacadas al mismo sitio durante toda una vida que, a veces, se prolonga por miles de años.

Uno se patea el campo un día de cada siete, tanto da que llueva, nieve, piquen los mosquitos o apriete el calor del sol. Voy con unos pocos amigos del alma, de los que te hacen olvidar el esfuerzo al calor de las conversaciones, los chascarrillos y las confidencias. Caminamos siempre a la vera de la vida verde, esa vida silenciosa anclada a la tierra, inmóvil. En otoño esta forma de vida se despoja de su ropa y, en invierno, te muestra su desnudez fea, como de esqueletos grises clavados al suelo. Cuando caminas por sendas angostas, pasas a su lado rozándolos con miedo de romperlos, están rígidos, momificados, tienen la fragilidad pétrea de los corales. Sin embargo, en primavera se visten con sus hojas y se engalanan, como si fueran de boda, con los botones de sus flores, la savia recorre sus ramas y se vuelven finas y flexibles como juncos, casi agradecen que las toques al pasar. El viento ya no silba al restallar contra sus huesos secos de invierno, ahora abanica su cuerpo cuajado de manitas verdes, lo mece y, en su galope, le saca melodías armónicas de tanta intensidad emocional como las óperas de Verdi. Este mundo verde está cuajadito de especies, que se hacen más difíciles de distinguir que un hombre japonés de otro, porque en cada estación se metamorfosean tanto como el perfil de una montaña, que es distinto según el punto cardinal desde donde lo mires. Me gustaría poder entenderme con estos amigos plantados que nos regalan el oxígeno para respirar y los frutos para comer. Sé que parlotean y sienten, sufren y están tristes o alegres, estresados o tranquilos, emocionados o indolentes. Según Stefano Mancuso (Sensibilidad e inteligencia  en el mundo vegetal. Ed. Galaxia Gutenberg), nuestras coterráneas verdes tienen veinte sentidos Ven la luz y se proyectan hacia ella. Sus raíces detectan los contaminantes, degustan las sales minerales y se mueven hacia el agua como los andariegos buscamos las fuentes cuando aprieta la sed. Hablan entre ellas con mensajes que unas lanzan al vuelo y otras olisquean y comprenden, aunque para nosotros sea sólo una fragancia con la que preparar agua de colonia; conversan también con sus pies enterrados en la tierra emitiendo elementos químicos que los pies de otra planta absorben y entienden. Las carnívoras están atentas a la caza de forma que, en cuanto la pieza es atraída por su néctar dulce y toca dos cilios, se cierran sobre sí mismas y se ponen las botas de proteína. Detectan la gravedad y los diversos campos magnéticos. Son capaces de reconocerse dentro del grupo de amigas y cooperar entre sí e, incluso, hacer frente a sus rivales. Las judías han encontrado un sistema de defensa eficaz contra los insectos que las atacan, emiten moléculas que atraen a los depredadores de aquellos. Y qué me dices de las enredaderas, que han aprendido a ascender y extenderse usando lo que tienen a mano a modo de escalera hacia la luz, y así se evitan el trabajo de formar un tallo.

Proveen nuestros silos de grano y nuestros almacenes frigoríficos de fruta, nos calentamos con sus cadáveres y esculpimos nuestros muebles con sus restos. Les modificamos el metabolismo, el color, el sabor y hasta la forma para “fabricar”, por ejemplo, sandías cuadradas que optimicen el espacio del frigorífico. Jugamos con ellas como un dios con sus criaturas haciendo puzles con sus genes. Permanecen mudas, no chillan, no se quejan, ni siquiera lloran, o si lo hacen no lo percibimos, los humanos sólo tenemos cinco sentidos. También adornan nuestras ciudades donde viven estabuladas en parques y están plantadas en los flancos de las avenidas. Las usamos como fábricas silenciosas que se tragan los humos y nos devuelven el aire purificado. Con fines estéticos las podamos y las esculpimos, al igual que con fines eróticos las mujeres chinas se vendaban los pies hasta deformarlos en su lisiada pequeñez. Y es que la vida verde no tiene derechos porque no tiene ojos para llorar ni garganta que grite su llanto.

Es por eso que, un día de cada siete salgo al campo, allá la vida verde es libre y en sus fragancias me parece leer un mensaje de felicidad. En la ciudad las plantas están bien bebidas y bien alimentadas, pero sus olores son muy tenues. Hay días en otoño que, entre el revoloteo de las hojas arrancadas por el viento, me parece escuchar el coro de esclavos de Nabucco y, cuando en primavera observo las podas salvajes, me vienen a la memoria las gallinas ponedoras metidas de a cuatro en una jaula, a las que le cortan las uñas y el pico, condenadas a vivir acurrucadas, sin apenas poder moverse, hasta que la vida se les acabe.

J. Carlos

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2 Respuestas a “Verde que te quiero verde

  1. Ay, cuánto tenemos que aprender de las plantas!!! Me ha encantado.
    Ya sean mesófitas, xerófitas, hidrófitas, autóctonas, alóctonas (como los eucaliptos con intereses económicos), endémicas o relictas (en peligro de extinción y que debemos proteger como se hace con los dragos, tobaidas o cardones canarios)…

    Te recomiendo “La vida secreta de las plantas” donde se exponen relaciones físicas, emocionales e incluso espirituales entre las plantas y el ser humano.

    Ya sabes que desde el siglo XIX, los geógrafos deterministas con Ratzel a la cabeza, insisten en que el Medio Natural (incluyendo la vegetación) determina el comportamiento humano… pues vamos a cuidarlo, protegerlo y a DISFRUTARLO.

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