Vacío social

Te levantas, prendes la radio o la televisión, abres el móvil y sigue cayendo la tormenta de documentos e imágenes que anegan el cerebro con las pruebas que desenmascaran a quienes viven a nuestra costa. Deberíamos pedir al gobierno que declare nuestras entendederas zona catastrófica. Hay que reconocer que nos mojan con inteligencia; la inundación y los estropicios que nos hicieron en el hogar patrio hace una semana, queda tapado por una nueva tormenta que vuelve a elevarse por encima de la línea de calado de la indignación. Ahora arrecian los papeles de Panamá, donde consta que unos cuantos ricos por su casa o porque se lo han llevado crudo, no pagaban los gastos de comunidad de propietarios de este edificio llamado España, y por eso, a los demás nos suben las cuotas y nos cierran el ascensor social de la educación o, no nos alcanzan los recursos para adecentar la desbaratada escalera de la salud.

Lo que me preocupa es que los sindioses y los desafueros van desaguando los unos sobre los otros, desagua Bárcenas sobre Correa, Blesa sobre Rato, Falciani sobre Wikileaks, Messi sobre los Puyol, Panamá sobre los Urdangarín… y aquí sólo vive a expensas de la penitenciaría del estado, quien roba en un supermercado para dar de comer a sus hijos. A los defraudadores, comisionistas y trincones profesionales de lo público, los sastres del gobierno de turno les confeccionan trajes a medida, como el pret a porter de primavera con corte de amnistía fiscal, o el de entretiempo, de la marca Indulto, que lleva en las solapas la bandera de España; o les tapizan en terciopelo rojo un asiento en el senado con la cenefa del aforamiento.

Lo más cruel es que para esconder el latrocinio de la droga, de la trata de blancas, del negocio de las armas o de las comisiones por inflar la obra pública, no sólo no contribuyen al sostenimiento de los gastos comunes del Edificio patrio, es que se llevan el patrimonio que hemos generado entre todos a paraísos fiscales y, desde allí, lo ponen a trabajar en otras latitudes. No sólo nos roban y no sólo utilizan los servicios comunes sin contribuir a su sostenimiento, además, la mies que produce ese patrimonio pasa al granero de otros países. Es similar a lo que ocurre con nuestros jóvenes, nos gastamos un imperio en formarlos y, no acabamos de titularlos, cuando salen por pies a buscar trabajo fuera. Así que nos quedamos sin su inteligencia, sin su capital humano, sin sus contribuciones al patrimonio común, sólo tenemos sus abrazos virtuales en pantallas fluorescentes.  Su esfuerzo paga impuestos que llenan los silos de otras patrias, ya bien surtidos, y cotiza a otras Seguridades Sociales para que los ciudadanos de esos países tengan unos buenos servicios sanitarios, y sus abueletes puedan veranear en España con pensiones más que decentes. Para cerrar el círculo virtuoso, recibimos a esos abueletes en nuestro suelo con los brazos abiertos, les servimos las copas a pie de playa, les barremos los vómitos de sus borracheras y, si son muy mayores, les empujamos la silla y les limpiamos el culo. Y es que por venir a tostarse a nuestro sol contribuyen con su limosna a dar de comer a nuestro famélico PIB.

Nos seguirán inundando hasta anegarnos los ojos con papeles de tropelías. Seguiremos perplejos con una mezcla de ira y cansancio añejo, esperando a la próxima tormenta que tendrá la virtualidad de tapar todas las anteriores, como si a medida que pasáramos las páginas de un libro nos fuéramos olvidando de lo leído. No te olvides de que, los documentos que están oreándose al sol estos días no son ni el cinco por ciento de lo que se esconde sólo en Panamá y, si han salido a la luz, es seguramente porque los paraísos fiscales de Nevada, Wyoming o Dakota del Sur estaban hartos de que los latinos le hicieran la competencia. Hay más de setenta paraísos fiscales, muchos de ellos en Europa, dos en la península Ibérica, sin ir más lejos. Las élites no van a contribuir nunca, voluntariamente, al acervo común, seguirán utilizando nuestros servicios gratis total y riéndose en nuestra cara porque siempre tendrán en el bolsillo a los escribanos del BOE. Siempre habrá una clase media que lleve a hombros el trono de la Santa Carga fiscal con fe y devoción como los costaleros de Semana Santa. No faltará el político que, desde un balcón, se arranque con una saeta.

Uno está entrando en la edad del descreimiento; tiene oídas arengas patrióticas con muchas loas, banderas al viento y profusión  de vivas, cuyos oradores tenían los riñones a buen recaudo en otras latitudes; ha escuchado relatar a jactanciosos las triquiñuelas que hacían para no pagar los tributos; conocido becarios con patrimonios pecaminosos y a subvencionados por la patilla; tenido compadres cuyo puesto de trabajo les tocó en la tómbola de un amigo de la familia; sufrido a directivos que recibían salarios que no merecería ni un Einstein y que, para mayor inri, pensaban que se los daban porque “ellos lo valían”. Y a Marios Conde, enganchados a la droga del latrocinio, dando clases magistrales de ética por televisión; a Puyoles trileando, sobre la mesa de la patria independiente, a la vista de todos; Messis, … Podría llenar veinte o treinta folios con nombres y fechorías hasta la náusea.

Confieso que no me gustan los escraches, tienen resabios de circos romanos y de los sambenitos de la Santa Inquisición. Prefiero practicar el vacío social, esto es, activarme como ciudadano y poner en marcha un abanico de actuaciones que son normales en otras latitudes: Desamistarme de los aprovechados de lo común y de los que se ciscan en sus obligaciones tributarias; no acudir a aquellos establecimientos públicos (restaurantes, bares, cines, teatros, etc.) donde se franquee la entrada a Condes, Ratos, Blesas, Puyoles y demás ralea; no ver o escuchar aquellos programas que inviten, elogien, glosen, o apologicen a estos sinvergüenzas; no comprar sus libros, discos, películas; cambiar de acera si me los encuentro, de club deportivo si pertenecen a él, de gimnasio, de tertulia.

Si no van a la cárcel física, que sufran la cárcel social.

J. Carlos

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