Todo aprovecha

carro con estiercol

La Aldeana era una mula mansa, cachazuda y tranquila. La Burgalesa vivía en un puro nervio, era esquiva y si le tocabas los cuartos traseros te coceaba. En aquella tarde limpia de otoño, atadas al yugo, tiraban del carro a paso de carga por el camino de Fuentes. Mi padre iba de pinote, sobre la viga. Yo iba encima, sentado. Entre el estiércol y mis nalgas había una manta impermeable de un color beige apagado, de las que se usaban para tapar a las caballerías cuando las nubes se derramaban en lluvia o en nieve. De pronto, vi cómo surgía del estiércol un gusano de un color blanco puro que contrastaba con el parduzco, casi negro, del material que acarreábamos; tenía un cuerpo cilíndrico del tamaño de mi dedo pulgar, afilado en los extremos; se movía a espasmos como un acordeón; lo más curioso era que, con cada movimiento, se despojaba de las motas de estiércol y quedaba limpio como si se hubiera bañado en leche. Aquel día, al llegar a la finca, mi padre me dejó guiar el carro por primera vez. Encaramado sobre el abono, lo descargaba sobre la tierra, hincando una horca de hierro de cinco puntas. Mi padre, abajo, esparcía el montón por el contorno con otra horca. Después, moví las riendas arriba y abajo, chasqué la lengua y solté un “arre” para poner en marcha a las bestias. A los veinte o treinta pasos tiré de las riendas y con un “soooo” se detuvieron. Vuelta  a la faena de descargar otro montón de estiércol. Ya de vuelta, ambos de pie en la caja vacía del carro, con las mulas a buen paso por volver a su cuadra, el sol enrojecía y se dejaba ojear. Mi natural curioso ponía en aprietos a mi padre, que si a qué distancia está el sol, por qué se pone por el oeste, si los australianos están debajo de nosotros por qué no se caen…. Cuando le faltaba contestación decía, eso pegúntaselo a tu madre que tiene estudios. A llegar a casa el sol ya había desaparecido tras las montañas de azul cobalto que estaban muy lejos, seguramente en la raya con Portugal.

En aquellos tiempos el ciclo se cerraba como un anillo de desposar. Alimentabas a los animales de carga con la misma paja y el mismo grano que habías segado, acarreado, trillado y limpiado con tu trabajo y el de tus bestias. Los niños solíamos tener asignadas las tareas de llenar las pajeras, trasladando la paja desde el pajar con un saco de arpillera y de limpiar las cuadras, acarreando el estiércol con un cesto de mimbre. En el corral había una sección abierta, aunque lo más apartada posible, donde se acumulaban los desechos de las digestiones de los seres vivos de cada casa. En primavera y en otoño se vaciaban los corrales y su materia orgánica se esparcía por las fincas, con la sabiduría ancestral de que, sus nutrientes servían de alimento a las futuras plantas y, éstas, en verano, granadas y secas, devolvían con creces el esfuerzo.

Nuestros padres y abuelos ya sabían que la mierda, como la energía, no se destruye y que volvía, transformada, a su boca. El urbanita hoy tiene muy fina la pituitaria y se deshace de sus deposiciones como el asesino de su víctima, no dejando ni rastro del cuerpo del delito. Sin embargo, por extraño que parezca, no le importa tragarse las impudicias de la combustión del tabaco o las que pedorrean los coches por sus tubos de escape. Pero donde menos los esperas salta la paradoja. Hete aquí que el tabaco, los coches, el estrés y los antibióticos están debilitando, cuando no asesinando, nuestra flora microbiana. Estamos hablando de más de cien billones de seres vivos diminutos, un número muy superior a todas nuestras células, que forman parte de nosotros mismos y regulan nuestro balance energético, ayudan al sistema inmune, nos permiten asimilar proteínas… De resultas, nuestras tripas andan ulcerosas e irritables y nos vamos por las patas abajo; y lo que es peor, esos “bichitos” que hospedamos dejan de hacer una tarea esencial, la de provocar la apoptosis –muerte- de las células que se rebelan y forman un cáncer.

Los americanos, que para eso no son tan remilgados como los europeos, han inventado el trasplante de excrementos. Se trata de inyectar en el intestino del enfermo, con ayuda de un colonoscopio, un enema o una sonda nasogástrica, la materia fecal de un donante que tenga lozana su flora intestinal. Sus resultados son tan halagüeños que ya se practica en más de trescientos cincuenta hospitales de EEUU. Incluso hay un banco de heces, el Open Biome, que paga a razón de cuarenta dólares si la donación pasa los controles y la población bacteriana depuesta goza de buena salud. Si padecen de algún mal tus tripas y no soportas que te entren por la popa, no te preocupes, en un pispás conseguirán encapsular la mierda y le podrán sabores de sirope de chocolate o de nata. La venderán en cajitas de colores vivos los Pfizer y los Roche, y en el prospecto figurará un recuento poblacional de las especies que contiene y su poder curativo.

El excremento humano no cambia de color con la piel ni con la raza ni con el lugar donde se viva. Así que los racistas y los xenófobos no harán ascos a la mierda de los negros o de los migrantes. Lo siento por las poblaciones de países subdesarrollados, al parecer, tienen una flora bacteriana de lo más apetitosa y saludable. No ingieren antibióticos, no tienen automóviles que petardeen deyecciones gaseosas… no tienen nada que les disturbe el hábitat microbiano de sus tripas; lo único que tienen en abundancia es hambre. En cualquier momento aparecerán representantes de los Pfizer o de los Roche por sus aldeas insalubres, a comprarles su caca a cambio de un chicle o un caramelo por cada diez deposiciones.

Siguiendo ese hilo argumental de oferta y demanda, quiero desde aquí hacer un llamamiento a las autoridades de la Unión Europea y también a las autoridades austriacas y a las de los länder alemanes que requisan los bienes de los sirios que acogen. Les solicito, encarecidamente, que asilen a todos los refugiados que huyen de la guerra. Bastaría con que caguen en bacinillas desinfectadas para cobrarles la estancia con la moneda de sus excrementos. Todo sea por velar por la salud de la flora intestinal europea, que se nos está yendo por las perneras del pantalón.

Ignoro cuál es la situación intestinal de los españoles. Creo que el Gregorio Marañón ya está en disposición de hacer este tipo de trasplantes. Desgraciadamente no se incluyen las diarreas mentales. Si se pudieran curar este tipo de trastornos, metiendo el colonoscopio por el recto e inyectando unos centilitros de deposiciones bien pobladas, esta semana yo le hubiera pagado la intervención quirúrgica al académico Félix de Azúa, quien excretó por esa boca: “Ada Colau debería estar sirviendo en un puesto de pescado”. También me habría rascado el bolsillo para que a Teresa Rodríguez, que comparó a Andrés Bódalo con Miguel Hernández, le hubieran saneado del mismo modo la flora neuronal.

En fin, que en la vida todo aprovecha y hay que apurarla hasta las heces. Porque yo he visto nacer de ellas gusanos blancos como de nata y espigas verdes.

J. Carlos

Anuncios

Una respuesta a “Todo aprovecha

  1. Muy bien llevado.!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s