¿Cuándo y dónde?

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La vida es azarosa. A la misma hora en que las Torres gemelas eran reventadas por dos aviones de pasajeros convertidos en obuses, llovía en Bruselas. Con mi tarjeta de visitante apuraba un café en un recodo de los pasillos del edificio del Parlamento europeo. A la misma hora en que dos explosiones reventaban el aeropuerto de Zaventem en Bruselas, la niebla desleía los marcadores de neón rojo del reloj de la estación central de Copenague. Yo tenía en los labios la taza de café del desayuno y miraba pasar, tras los cristales del comedor del Hotel Astoria, las siluetas deslucidas de los viajeros que salían con prisa de la estación bien abrigados contra el frío. Una hora más tarde la niebla casi se había disipado, se veían con cierta nitidez las manecillas doradas del reloj en la torre de la iglesia de St. Nikolai. Eran las nueve. Le hice una foto sin saber que, en ese mismo instante otro artefacto explosivo desventraba los vagones de un tren en la estación de Maelbeek, también en Bruselas. Ahora sé que esas manecillas, paradas para siempre en la imagen que proyecta la pantalla de mi móvil, marcan un tiempo de espanto y horror.

En estos días toca el duelo, y el miedo, porque volverán a atacarnos. No sabemos cuándo ni dónde, pero volverán. Como volvía ETA una y otra vez, ganando escaramuzas, porque es fácil reventar vidas humanas a bombazos, pero perdió la guerra. Estos también perderán la guerra. Habrá, entre otras muchas cosas, que secar sus fuentes de financiación, acallar los altavoces mediáticos de sus voceros y apagar sus cámaras, habrá que llevar al Tribunal Penal Internacional, como criminales de guerra, a sus instigadores, sean gobernantes, príncipes, o clérigos. En estos días, sobre todo, toca vivir. No hay mejor batalla que la de la vida cotidiana. Es buena noticia que en Bruselas, como en Madrid después de aquel fatídico 11 de marzo, no haya dejado de fluir el rio de la normalidad. No pararon los trenes, el metro, las escuelas, las fábricas, las oficinas, los restaurantes, las cafeterías… Lo de París fue una debilidad imperdonable. No sólo fue declarar la emergencia nacional y su corolario de suspensión de libertades fundamentales, es que llegaron a pedir a los parisinos que se autoarrestaran en su propia casa. Ahí nos ganaron la batalla.

Los agoreros que invocan el apocalipsis piensan que nos debilitan las lágrimas y las flores, creen que poner en solfa la labor de la policía belga nos hace vulnerables, o que sus ministros responsables presenten su dimisión es hacer la ola a los bárbaros. Al contrario, es un signo de fortaleza y de la inteligencia de nuestro sistema de gobierno. En los países soñados de los asesinos cualquier discrepancia es un delito que se pena con el degüello en la plaza pública. Nuestro “no pasarán” está en la normalidad, en seguir llenando las calles con el clamor de los gestos habituales, con nuestras rutinas y nuestro modo de vida. Porque en esos gestos y rutinas anidan nuestros principios, nuestros valores y nuestra fuerza. Están en el modo de vestir, el modo de amarnos, el modo de gobernarnos, el modo de pensar. Y, sobre todo, están en el ejercicio de la libertad.

Nuestra ciencia les desenmascara y les desarma porque cura enfermedades y alarga la vida, diseña aviones, edificios, teléfonos, escudriña los confines del universo, desencripta el genoma humano o descubre las partículas elementales. El mundo islámico vivió una edad dorada desde la fundación de Bagdad en 762 hasta que sufrieron la invasión del conquistador mongol Halaku en 1258. En esa época histórica fueron ellos quienes portaron la antorcha de la ciencia porque el islam incitaba a la erudición, y destacaron en todas sus ramas: en medicina con Avicena y Averroes; en química descubriendo el alcohol, los ácidos y las sales; en matemáticas introdujeron el algebra y nos legaron los números arábigos; en agricultura construyeron aljibes, canales, norias y desarrollaron los fertilizantes; fueron los inventores del molino de viento, el astrolabio, las lentes de aumento, el papel, el catéter de plata. ¿Por qué no se preguntan los líderes del mundo árabe qué han estado haciendo desde entonces sus pueblos, más allá de rezar cinco veces al día, ayunar en el ramadán, visitar La Meca y sojuzgar a sus mujeres?

En occidente, hace tres siglos, nuestros filósofos y científicos amparados en la Razón descubrieron antídotos contra los venenos de las creencias que oscurecieron la Edad Media y, ahora, nuestras religiones están en gran parte recluidas en las conciencias particulares y tienen restringida su dictadura pública. Desde entonces la vida y el saber han progresado geométricamente.

Pobre Europa, situada como la rana del cuento entre el charco del océano Atlántico y los charcos de los mares del Norte, Báltico y Mediterráneo. Lleva a sus espaldas dos escorpiones, el extraño que encarna el terrorismo yihadista y el propio que se envuelve en la bandera del odio, la xenofobia y el racismo. Los dos le van a picar, está en su naturaleza. Ojalá encuentre pronto el antídoto contra su veneno. Los principios básicos para fabricarlo son abundantes, están en sus colegios, calles  y universidades, son tres: educación, ciencia y libertad.

J. Carlos

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