Qué antiguo todo, qué viejuno

 

Beso de Iglesias

El jueves, a la hora de la siesta, en la desembocadura de la calle del Prado con la Plaza de las Cortes se había formado un delta de gente. Creí que era una manifestación que acudía a la marisma del Congreso. Incluso me permití apostar conmigo mismo si serían de los que iban con un saco de cal viva para vaciarlo sobre el palacio de San Jerónimo, o de los que llevarán la escoba para barrer la cal que el día anterior había volcado Pablo Iglesias en el hemiciclo. Perdí las dos apuestas. Me debo veinte euros. El personal allí sedimentado, que también ocupaba las calles adyacentes, no esperaba para asistir al concierto de un cantante de moda. No. Llevaban allí apostados quince días con sus noches para acercar sus labios al pie izquierdo de una talla de madera, en el convencimiento de que ese gesto les librará de alguna desgracia. Dicen los Capuchinos que, a partir de las cero horas del viernes, más de tres mil bocas afluyeron a ese trozo de madera bruñida y estamparon sus besos a la espera de un milagro. También hay reventa, como en el fútbol, y también se paga en función de la localidad. Se conoce que el Cristo de Medinaceli milagrea más al principio y luego se va desganando. Como en España las instituciones se mezclan con la magia de la fe, la reina madre acudió al singular evento, sin guardar cola, claro y, no sin que antes un escolta limpiara, con un pañuelo bañado en desinfectante, el lugar donde depositaría la real señora su ósculo, no fuera a ser que se le pegaran los gérmenes del pueblo

Beso de SofíaLa metáfora es un plato que se sirve frío, como la venganza. Resulta que a dos pasos de la Basílica de Jesús de Medinaceli, en el Santa Sanctorum de nuestra democracia, se resolvía estos días la duda metafísica de quién iba a llevar las riendas del BOE el próximo cuatrienio.

Allí estaba la socialdemocracia intentando hacerse con las llaves del reino. Anda magra en escaños porque lleva lustros sin sacar el adjetivo social de paseo y huele a naftalina que echa para atrás. Camina del bracete con una derecha ilustrada y culta, una derecha europea. Llevan, entrambos, un pacto en el que el adjetivo susodicho vuelve al cajón de la cómoda para evitar que con el uso se desgracie.

Campeaba por aquellos lares, todavía,  como si de un casino de capital de provincia se tratara, el valedor de la derecha dura, esa derecha que, ahora, por comparación, ya sabemos que es extrema. Estuvo el hombre socarrón, irónico, luciendo fina estampa del siglo XIX; mascaba chicle a mandíbula batiente mientras hacía la siesta arrullado por el murmullo de sus señorías. En su comparecencia miró por encima del hombro, enseñoreándose en su oratoria decimonónica, baldía y perezosa como él mismo. A la media hora de trabajo ya es sabido que se le cortocircuitan las neuronas, se sucede un extravío de ojos, los músculos de la cara se le sobresaltan y le brota de la boca una verdad incómoda: “Lo único que hemos hecho nosotros es engañar a la gente”.

La estrella invitada era Pablo Iglesias, subió al estrado con una cogorza lenninista y, en vez de darle por la risa o el llanto, le dio por la furia. Primero roció con cal viva la memoria del partido del candidato Sánchez y luego, a medida que los efluvios marxistas se diluían, selló un beso en los morros de un conmilitón para darla carnaza a los plumíferos. Buen conocedor de los medios, sabe que un buen relato exige echar sal en la herida del antagonista y, al final, premiar los desvelos del héroe con un beso de tornillo. Y lo consiguió, el morreo saltó a las pantallas y periódicos de medio mundo. Otro chute de autoestima.

Este Pablo, sobre el que algunos quieren edificar una iglesia social y otros una revolución bolivariana, gasta un cesarismo aznarista que puede terminar diluyéndose como un azucarillo. Es un personaje bipolar, se tiene una autoestima de tal calibre que, nada puede salir de ella, si acaso, un poco de bilis. Hay días, sin embargo, que se ducha con agua de melaza y queda más empalagoso que una abuela primeriza. Mal camino. La derecha se mueve por intereses, es alérgica a la autocrítica y una vez que sube al pedestal un cabeza visible, lo santifica y le besa los pies; cuando ya no sirve a sus principios lo despide con oro, incienso y mirra. La izquierda ejerce la autocrítica con la inocencia del principiante, se mueve por emociones pero, sobre todo, se mueve por ideología y principios éticos, así que pone en solfa permanente a sus líderes y no duda en cortarles el cuello si considera que han traicionado una sola célula del pie de su entramado ideológico.

Las comparaciones nunca vienen solas y junto a la cal viva que trajo a nuestra memoria, algunos nos acordamos también de los sacos de escombros de Hipercor, la chapa y los cristales de tantos coches que volaron por los aires… Y querido Pablo, también imaginamos las balas y los barrotes que terminan con la vida o la libertad de los opositores a los tiranos de Venezuela, también intuimos las sogas con las que ahorcan los ayatolás a homosexuales y las piedras con las que lapidan a las mujeres.

En el plato de sus metáforas, Don Pablo, si se escarba con el tenedor, se pueden observar que su dinero no es de color negro ni viene en cajas de puros, pero algunos billetes tienen marchas rojas, como de carmín, a lo peor no son rastros de besos sino de sangre.

Permítame un consejo, Don Pablo, cuídese de los idus de marzo. Errejón puso cara de Bruto, sin querer, cuando mencionó la cal viva.

Mientras estos enredos se suceden, me refiero a los besapies y besamorros, el señor del casino de Pontevedra sigue sesteando, convencido, en su duermevela, de ser un salvapatrias. Procedió a la amputación quirúrgica del cuerpo social y sus derechos con el bisturí del capitalismo salvaje. También tuvo que convivir, o participar, ¿quién sabe?, con la  corrupción que emponzoña su partido hasta las entretelas. Meros daños colaterales. Es como si se baila un rigodón, se termina pisando a alguien. El señor del casino de Pontevedra sabe que mientras siga vivo políticamente, sus mesnadas abrevarán en el comedero público y besarán el polvo por donde pisa. Y, en todo caso, cuando le vuelen la sesera tendrá a su disposición oro, incienso y mirra. Le bastará con aznardear por ahí con conferencias, consejos de administración y libros inanes que escribirá algún negro para acumular un aseado patrimonio. El capital siempre paga bien a los que le favorecen. Eso sí, igual que Roma, no paga a los que le traicionan.

En esas estamos. Todo muy manido, muy déjà vu.

J. Carlos

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