Fotos

Paquirri y su hijaKatrina Pierson

Las fotos las carga el diablo. La de Francisco Rivera la están paseando por ahí, unos para conducirla al cadalso, otros la llevan en procesión sobre andas y bajo palio. Es una instantánea de un torturador y matador de toros que sostiene a su hija de cinco meses en el brazo izquierdo, mientras con el derecho da un pase de muleta a una becerra que tiene el lomo brotado de sangre. Nada se nos dice del pronóstico de la herida del animal, ignoramos si la causó un puyazo de un descerebrado a caballo, o si había sido alanceado por el propio padre de la criatura. Tampoco se nos informa de cuánto vivió el herbívoro. Nos tememos que, minutos después, una vez puesta a buen recaudo la niña, la misma mano que antes la mecía, bajó el engaño hasta tocar el albero para que la becerra hocicara y quedara su cruz a tino. Imagino el estoque penetrando silencioso hasta la bola rasgando órganos y tejidos, un bramido ronco, estertores y vómitos de sangre. A esas alturas suponemos a la niña dormida plácidamente, con el hombro de su madre por almohada, sin que la despierten los aplausos y los oles. El matador satisfecho. Acaba de bautizar a su vástago con sangre, a falta de agua bendita.

Eso es lo que yo veo en la foto. Eso y, si quieres, una patética necesidad de reivindicar su “profesión”. Vamos, como si el verdugo posara con su criatura de cinco meses al lado del que va ser ajusticiado, poco antes de darle garrote vil. O, por poner otro ejemplo, como el cazador que se hace un selfie con su niña en brazos ante una piara de jabalíes yacentes, dispuestos en un semicírculo sobre una alfombra de hierba salpicada de sangre.

Debo tener una presbicia avanzada. La polvareda que advierte el personal en la instantánea no la levanta el animal que, a buen seguro descansa en paz enterrado en los estómagos del matador, su familia y amigos. Lo que ha levantado más polvo que el Simún del desierto es, el presunto riesgo que corrió la niña. Va a resultar que los púberes castellers que se elevan hasta las torres de los castells no corren riesgos de romperse la crisma o algún huesecillo. O que no podremos enseñar a los niños a trepar por un rocódromo o a montar en bici. No, si al final, para evitar la cárcel, habremos de meter a los niños en esas bolas gigantes de plástico para que no sufran ni un rasguño.

Tal vez mi diagnóstico sean cataratas. Es como si tuviera brumas o telarañas en los ojos porque el único riesgo infantil que yo veo es, el de que uno de cada diez niños hoy en España sufre pobreza severa. Lo dice un informe de La Caixa de 2015. Lo que aprecian mis ojos es que, en periodo de vacaciones, si cierran los comedores escolares, esos niños no pueden hacer ni una comida decente al día. De la niña del matador el único riesgo que acierto a vislumbrar es que, terminará sabiendo que el pan de cada día se lo pagan aquellos a quienes les pone ver como su padre, vestido de luces y en zapatillas, tortura y masacra a unos animales nobles. Supongo que llevar el sambenito de que debes tu pan, tu vestido y tu vida aseada al sudor de un verdugo no debe ser plato de gusto.

Iré al oculista. Puede que no sea presbicia ni cataratas, tal vez sea astigmatismo porque es obvio que mi córnea deforma las imágenes y difumina los contornos. Veo que unos cuantos corifeos, matadores todos, han subido las fotos del “bautismo” de su prole, a modo de palio con el que arropar solemnemente a su compinche. Resultan menos osados o, quizá, son más sibilinos. No hay ni una mísera gota de sangre en las vaquillas. ¿Han rebajado el bautismo a unos simples mantazos de capea, o es que han empleado el Photoshop para borrar las huellas que imprime el sadismo de su “arte”? Se comprende que luchen por su condumio, aunque la manera de ganarlo sea infame. Presiento que saben que la cultura y el tiempo terminan permeando como la lluvia fina y se les va acabando el chollo. Espero que esa foto de Rivera Paquirri con su hija termine donde debe, en un museo de los horrores junto con los estoques, las banderillas y demás parafernalia de torturar y sacrificar toros.

Hay fotos en las que veo cosas imposibles, como la de Katrina Pierson. La miro y me pone los pelos como el somier de un faquir. ¿Querrás creer que mis ojos cansados ven alrededor de su cuello una gargantilla, está hecha de cartuchos cargados de pólvora con balas listas para salir disparadas y matar. La señora en cuestión es la portavoz del peligroso Donald Trump. Si fuera verdad lo que aprecian mis ojos, me imagino que sería una exigencia de su jefe y que, cualquier día de estos, le pediría el collar para disparar a la gente en la Quinta Avenida, aunque sea sólo para ver si se cumple su profecía de que no perdería votantes.

Como te decía, las fotos las carga el diablo, aunque no todas. Algunas vienen cargadas de casa. Cuando estallan en la red, te nublan la vista y, si te descuidas, te alcanza la metralla. O es eso, o me estoy quedando cegato. Ya te contaré qué me dice el oculista.

J. Carlos

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Una respuesta a “Fotos

  1. Unas veces la intención del que posa en la foto es manifiesta, o mejor dicho, la intención manipuladora del que “encarga” la foto. Otras veces procede de quien “la lee” y pretende imponer “su lectura”.
    Como me dijeron “la foto no engaña sino quien la utiliza”

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