Relatos épicos

Caza

Si a la mayor parte de la historia de la humanidad le quitas la épica, te queda un perfecto manual de psicopatía. Porque la mayor parte de la historia ha sido una sucesión de acontecimientos en los que,  una parte de la humanidad le rompía la crisma a la otra en nombre de intereses o creencias de algún iluminado hijo de puta que, para más inri, se retiraba a sus palacios hasta que pasase la orgía de sangre. Después venían los poetas a escribir letras inflamadas con los acentos prosódicos marcando el ritmo de la paz, y loando las pretendidas virtudes del insigne hijo de puta que se hubiera erigido vencedor.  Ahí nacía la épica. Con el estercolero de sangre, tripas y heces humanas se tejía el arte de la guerra, como se teje el arte de Cúchares con el estercolero de los toros. A los niños en las escuelas nos enseñaban a rendir admiración y pleitesía a reyes y caudillos con la misma devoción con que rezábamos a santos, vírgenes y dioses.

La segunda guerra mundial fue una suerte de vacuna. La hemos vivido en diferido en toda clase de pantallas. La hemos leído y estudiado. La han novelado hasta el hastío. Nos hemos inoculado de su épica, seguramente por ósmosis, en cientos de patrióticas películas americanas. Sin embargo, al igual que en los toros, aunque te enseñen el revoleo del capote y la valentía del torero, a poco que tengas un poco de sensibilidad, no dejas de ver el estercolero de sangre, tripas y heces. Y, menos mal que, por ahora, a la butaca no te llega el olor a mierda. Total que, esa vacuna, como todas las vacunas, tiene una eficacia limitada y a mí se me está agotando.

Estos últimos días he leído El psicópata de Vicente Garrido, un estudio sistematizado y riguroso, casi un manual de uso para descubrir a estas personas que, “por su desvinculación de los sentimientos humanos les deja en una situación de privilegio para emprender acciones muy dañinas contra sus semejantes.” No es difícil descubrir a un psicópata “puro”. Ahí tienes a Hitler, Stalin, Pol Pot… Lo malo es cuántos cayeron en sus redes y, por fanatismo, credo o miedo cometieron el supremo pecado de ignorar la dignidad del hombre silenciando su propia empatía. El que carece de empatía de fábrica es un cabrón al que hay que atar muy corto. El que viene con la empatía bien engastada en el anillo del cerebro y la silencia, es un hijo de la gran puta y se merece todo nuestro desprecio.

Hoy, los psicópatas están de enhorabuena porque las estructuras económicas y políticas han doblegado a la conciencia social. La palabra clave es competencia: No colabores con el prójimo, aprovéchate de él, si no, él se aprovechará de ti. Los buenos son los que ganan las batallas contra otros. Sólo de ellos es el reino de los cielos, esto es, la fama, el poder y el dinero. Cualquier signo de solidaridad o de empatía es una debilidad y en el sistema capitalista eso es un delito de lesa patria, porque la empresa es tu patria, sus objetivos las tablas de la ley y su mandamás tu único dios.

Los hijos de puta lo tienen hoy mucho más fácil porque ya te han metido el miedo en el cuerpo. Te dirán que no estás con el sistema, o que no se te ve cómodo con las nuevas directrices, o que si no lo haces tú –una ilegalidad o cualquier tropelía contra el cliente- otro lo hará. (Déjame anotar aquí una idea para un cuento: Ingeniero alemán al que pidieron que trucara los coches, aunque gaseara el ambiente, resulta ser nieto de un ingeniero al que las SS le pidió el diseño del sistema para gasear judíos).

Como digo, los iluminados están de suerte. Mandar a un soldado a la guerra es complicado porque, a posteriori, tienen la indecencia de caer en la batalla, después hay que recibirlos con honores en un ataúd de plomo envuelto en la bandera, y eso da mucha grima y quita votos a mansalva. Pero si le cuentas que va a trabajar en una sala con aire acondicionado, a unos metros de su hogar, frente a una consola que controla un dron. Si le dices que sólo ha de oprimir una tecla, con las coordenadas que ha mandado otro, para despachar a un centenar de indeseables. Si le añades que podrá irse a casa a comer con sus hijos y, si se tercia, esa misma noche podrá invitar a su pareja a cenar en un Burguer. Ya no te digo, si, además, les pones una medalla y le haces creer que está salvando los valores sacrosantos de media humanidad.

En estos días, los psicópatas iluminados hijos de puta tienen el viento a favor, porque con las redes sociales, el cine y la televisión es muy sencillo construir una épica inmediata. Ya no se necesitan poetas, ni letras inflamadas con acentos prosódicos dispuestos con ritmo de marcha militar. Basta una fila de hombres encadenados, arrodillados sobre la arena, un niño detrás, de pie, con un alfanje, rebanando cuellos y una cámara filmando a favor del sol. Ya no se necesitan películas protagonizadas por lo más granado de Hollywood. Basta la secuencia del despegue de un bombardero sobre la pista de un portaaviones y, sin solución de continuidad, el pantallazo, en blanco y negro, desde la cámara dispuesta en la barriga del avión, donde se aprecia la mira electrónica con su cruz zangoloteando y la explosión del misil. La toma dura tres segundos nada más, el hongo de polvo y humo tapa el estercolero de sangre, cascotes, tripas, cristales, heces, miembros de niño ardiendo en el suelo…

Haciendo memoria de los relatos épicos que he tenido que pastar a lo largo de la vida, caigo en la cuenta de que muchos de sus protagonistas o son psicópatas “puros” o, lo que es peor, silenciaron su empatía. Me temo que, mucho hijo de puta ha sido recibido en loor de multitudes, con estandartes y guiones al viento y estruendo de trompetería.

Y lo que te rondaré morena.

J. Carlos

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