Je me demande

Luto París

Me pregunto: Con la sangre humana que se derrama en el mundo cada día, ¿cuántas hectáreas de tierra se podrían abonar? ¿Cuánto tiempo se tardaría en llenar un pantano como el de La Pinilla? ¿Y una presa como la de Assuam?

¿Emiten en la misma frecuencia las bombas que estallan adosadas a un cinturón que los misiles teledirigidos? ¿Los obuses de cañón, los proyectiles de un carro de combate, los cartuchos para un kalashnikof… se reproducen por esporas o los diseñan ingenieros, y los fabrican obreros que tal vez estén afiliados a un sindicato?

¿Le has preguntado a tu banco si presta tus ahorros a la industria armamentística? ¿Y al administrador de tu fondo de pensiones o de inversión? ¿Qué parte de tus impuestos sufraga la inversión en Investigación y Desarrollo de armas de destrucción relativa? ¿Cuántos de tus impuestos se destinan a I+D+I de armas de destrucción masiva?

Me gustaría saber cuánta metralla en los cuerpos de los muertos civiles sirios, libaneses, afganos, iraquíes, palestinos… son de la marca España y de la marca Europa y de la marca USA, o de China o de Rusia… Ya sé que son puntos de PIB y puestos de trabajo y dinero para los accionistas. Si hay guerra porque se consume. Si hay paz porque “si vis pacem para bellum”.

Sí sé porque nos hermanamos con las dictaduras principescas de Oriente Medio. Las que riegan con petrodólares a las sectas más duras del Islam. Las mismas dictaduras que degüellan púberes y luego les crucifican, porque les critican. Si sé porque nos hermanamos con los príncipes que lo mismo ordenan rebanar el cuello de los homosexuales, que lapidar a las mujeres por llevar un carrillo al descubierto o por haber echado un polvo con otro amo. Porque las mujeres no tienen padre ni marido, tienen amos, como los perros. Nos hermanamos porque el petróleo mueve montañas, como la fe.

No te confundas, no me siento culpable. O no más culpable de que en el mundo mueran diez mil niños al día de hambre, que cuatro millones de personas sean víctimas de trata cada año -de las que medio millón son niñas-, o de que entre nueve y veintisiete millones vivan en régimen de esclavitud.

Tampoco me siento culpable de que me duela más la sangre que se ha derramado en París, Madrid, Nueva York o Londres, que la que todos los días empapa la tierra en otras latitudes. He mamado de la misma teta cultural, he bebido su filosofía, he adaptado su forma de vida y, sobre todo, ejerzo su misma libertad. Y sí, me produce un ataque severo de envidia ver el video de los parisinos saliendo del estadio cantando La Marsellesa. Soy un sentimental.

No soy un tertuliano que en dos frases arreglan el mundo con una guerra, al estilo de las cruzadas: lancemos una lluvia de misiles, una nieve de drones y provoquemos una niebla de armas químicas. No me metas tampoco en el saco de los buenistas que piensan que con paz y amor van a dejar de cortar gargantas, explotar bombas y disparar a quemarropa a todo infiel que puedan llevarse por delante.

Pero, déjame soñar:

Si les cegaran las vías de financiación. Si a todo el que les vendiera armas, les comprara petróleo o les pagara un rescate fuera considerado terrorista y llevado ante el Tribunal Penal Internacional. ¿Qué tal si a cualquier  empresa de redes sociales o a los operadores de internet, se le imputara por propaganda criminal por cada video que cuelgan los bárbaros?

Romper relaciones diplomáticas y suspender las comerciales con las dictaduras que les apoyan o les han apoyado. Prohibir que  cualquier empresa o grupo comercie con los terroristas.

Terminar con los guetos en los arrabales de las ciudades. Distribuir el trabajo y la riqueza entre los ciudadanos con un nuevo New Deal para evitar la exclusión social. Sacar la religión de la escuela y que toda manifestación religiosa se circunscriba a la Mezquita, la Sinagoga, la Iglesia o el domicilio privado.

De aquellos polvos estos lodos  ¿Por qué no imputar a Bush, Blair y Aznar por masacrar un país y sustituirlo por un estado fallido?.

Lo de meter en la cárcel a los mulás que instigan al odio ya está en el código penal. Pero ¿qué pasa con aquellos que adoctrinan en la discriminación por sexo, raza, religión o condición sexual? Claro que si llevamos esto último por lo criminal algún cura, obispo o cardenal de los nuestros podría ser reo de cárcel.

Finalmente, me pregunto: Con la sangre humana que se ha derramado en el mundo en nombre de Alá, Dios o Jehová, ¿cuántos paraísos se llenarían? ¿Cuántos infiernos?

Con el corazón encogido y los ojos enaguados, desde aquí, a los familiares y amigos de las víctimas de la masacre del pasado viernes en París, mi pequeño homenaje en tres palabras: Liberté, égalité, fraternité.

J. Carlos

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