Héroes

Héroes

Somos de natural narcisista. Si preguntas a los de cualquier generación sobre sus aportaciones te responderán que: en su juventud fueron unos valientes rebeldes que cambiaron el mundo para bien, en la madurez trabajaron con denuedo y salvaron el país, y en la vejez están persuadidos de que las nuevas generaciones han perdido el norte y los valores. No sé si eso es así desde que el mundo es mundo, o desde hace cinco segundos en el dilatado tiempo del universo, pero me temo lo peor. Se le atribuye a Sócrates aquello de: “Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros. Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros”. Sólo han pasado algo más de 2.400 años

Las ideas son como los espermatozoides una vez que penetran en el óvulo del cerebro, éste se cierra a cal y canto y no deja pasar ninguna más. Y lo peor es que germinan. Tienen luego que venir genios como Aristarco de Samos, que vivió en el siglo VI antes de Cristo, a decirnos que la Tierra no era el centro del universo y, claro, no se le hizo ni puñetero caso. Tampoco Copérnico que recogió el guante consiguió quitarnos la idea de la cabeza. Galileo lo consiguió pero El Santo Oficio le obligó a abjurar. Habían pasado algo más de 2.200 años.

A riesgo de que los de mi generación me odien –por lo de las ideas exclusivas que se instalan y germinan-, te aseguro que en el orden ético lo tuvimos más fácil que las generaciones actuales. Bien sabes que no venimos al mundo con un código bajo el brazo en el que se reglamenta lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, se distingue la verdad de la mentira o los actos piadosos de los crueles. Para los de mi generación conocer el código fue un largo proceso de aprendizaje en que la tiranía del bebé se diluía en lágrimas, seguramente dolorosas para los padres, hasta que adquirías los hábitos adecuados y te sometías a la regla sencilla de que, las normas no las ponías tú por más que rabiaras o patalearas. De niño, el código ético se marcaba primero en las nalgas de los demás, generalmente tus hermanos mayores. Las azotainas o los soplamocos estaban entonces a la orden del día, y el maestro tenía una palmeta que, como su propio nombre indica, se usaba para que la sangre aflorara con rapidez a la palma de la mano. La lógica era simple, si tocabas el brasero encendido te quemabas, si hacías algo malo te daban un sopapo. Había quien tenía la mano más larga y quien la tenía más corta. Casi siempre aprendías más de la decepción en los ojos de quien no utilizaba la mano para marcar tu cara o tu culo. Ya sé que ahora te parece un sindios, en aquel entonces era moneda corriente. Cuando alcanzabas el uso de razón -según los curas, a partir de lo siete años- los correctivos físicos mermaban hasta desparecer y el código ético se hacía carne contigo. Se constituía en un hábito que te permeaba hasta el tuétano de los huesos y que adquirías por ósmosis del ejemplo de la integridad de tus padres y vecinos. Se ganaban tu pan y el suyo destripando terrones, ya lloviera o nevase, ya saliera el sol o corriera desbocado el aire y tenían una cultura del esfuerzo, del trabajo bien hecho y, sobre todo, una concepción tan estricta de lo que era éticamente correcto que, la palabra dada tenía más fuerza que todas las Escrituras notariales y todos los Registros civiles y mercantiles juntos. Se respetaban las lindes, el grano en las eras estaba más seguro que en una caja de caudales y, si las campanas tocaban a rebato porque se incendiaba una trilla, todos acudían a sofocar el fuego, incluido el que mantenía con el dueño enemistades eternas.

Los jóvenes de las últimas generaciones son unos héroes. La inmensa mayoría conocen y están habituados a practicar un código ético bastante estricto. De la teta de sus padres sólo han mamado que las rabietas terminaban con un capricho conseguido. De la escuela que si el maestro les recrimina, se le cae el pelo o, en casos puntuales, el padre le calza un tortazo –al maestro, digo-. De la teta de la televisión maman que los grandes chorizos consumen horas de pantalla bien pagadas y, que si tienes la suerte de tirarte a un famoso/a, puedes vivir, tan ricamente, de airearlo por los años de los años, amén. De la política aprenden que el más tonto de la clase hace una fortuna con el sudor de los administrados. De la teta de la empresa  maman que si te forjas una personalidad psicopática tienes grandes papeletas para llegar lejos. De la sociedad saben que nadie les va a preguntar, como en el cuplé de La chica del diecisiete, “de donde saca pa tanto como destaca”.

Aún así, son limpios de corazón, empáticos, solidarios y piadosos. Por eso los admiro. Son mis héroes. Nuestra generación, por más que os traigan a colación a Sócrates o al Sursuncorda, lo tuvo mucho más fácil.

J. Carlos

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