El más allá

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Casi todas las religiones, unas con mejor y otras con peor fortuna, nos ponen delante de las narices la zanahoria del más allá, lugar etéreo donde seremos felices ad eternum. Casi todas las religiones nos enseñan que sus dioses nos han metido en materia hecha carne y nos han arrojado sobre una mota de polvo del universo, con el fin de que, esos mismos dioses, puedan juzgar si en la oposición de la vida hemos aprobado o suspendido. Si ganamos la oposición, sea por nuestras virtudes, sea por rebanar los cuellos de los infieles, resucitaremos en un lugar paradisíaco donde la felicidad está garantizada, como el sueldo de los funcionarios.

Días antes de que las moscardas y las moscas de la carne dejen sus huevos bajo nuestra piel para que, cuando rompan el cascarón sus larvas, nos dejen los huesos mondos y lirondos. Horas previas a que las bacterias anaeróbicas se den un festín con nuestras células. Minutos antes de que las bacterias que vivían realquiladas en nuestros órganos se coman sus paredes. En los segundos que preceden a que nuestras enzimas comiencen a comerse las membranas de nuestras propias células. Para ser exactos, en el preciso instante en que las neuronas cesen su parloteo eléctrico, cuentan, casi todas las religiones, que exhalaremos un hálito, llámalo alma, cuyo primer empeño será volar hacia el tablón donde cuelgan las listas de opositores. Allí comprobarán si al lado de su nombre luce un emoticono con el pulgar hacia arriba o hacia abajo.

Esto de que tu cuerpo en putrefacción sea útero de millones de otras formas de vida es muy natural. Cada bacteria se divide como loca después del condumio y cada mosca pone doscientos cincuenta huevos. Ya sabes, la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma y, la vida, sólo tiene una ley, propagarse. Que a ti, un eslabón más en la cadena, te joda ser una mera correa de transmisión de la vida y de la energía, le importa un bledo al Universo. Le puedes maldecir por haberte dado conciencia de que existes. Él te replicará que la energía es muy suya, se transforma como quiere y que la conciencia no deja de ser una probabilidad cuántica, así que pueda estar viva o muerta al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger.

Ayer estuve en un cementerio. Había lápidas que habían colapsado sobre las tumbas y dejaban al descubierto un montón de tierra parda. Flores sintéticas de colores imposibles, compradas en los Chinos, rompían la monotonía gris de los sepulcros. Coronas de flores frescas, rojas y blancas, testimoniaban lágrimas recién vertidas. Gente silenciosa que baldeaba mármoles y granitos y, con un cepillo, rascaba el musgo de las junturas. A la salida, observé a un gato que descansaba sobre una tumba, ajeno a la paradoja de Schrödinger. Estaba vivo. Fue entonces que caí en la cuenta de que la Naturaleza es muy sibilina, muchos de aquellos cuerpos comidos por los gusanos, todavía andaban en los parloteos eléctricos de las neuronas de los vivos. Formaban parte de sus recuerdos, seguramente seguían suscitando emociones y querencias y dolor. Así que se cumplía la paradoja de Schrödinger, si levantas la lápida constatas que están muertos, pero si levantas la tapa de los sesos de quienes lo quisieron sigue allí vivito y coleando.

Si te soy sincero, no me importa perderme ese cielo de felicidad eterna que predican las religiones. Eso sí, como soy de natural curioso, me fastidia perderme el desarrollo y el desenlace de esta novela, que llamamos vida, en la que durante unos años fui un personaje más. Y, lo que más me jode, es que tampoco sabré qué pensaban, en realidad, aquellos con quienes coincidí. Sólo puedo suponerlo.

J. Carlos

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Una respuesta a “El más allá

  1. Sólo te puedo decir que “viví” los momentos en que mi mama, presintiendo el poco tiempo que le quedaba en este material mundo, gritaba “perdón ! no sé a quien ni porque! pero su rostro estaba tranquilo cuando se fue.
    Todos aquellos que me quisieron y a los que sigo queriendo siguen vivos en mí.
    Sólo espero transmitir este sentimiento a nuestros hijos.

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