Puertas en el campo

puerta en el campo

A Lucas le desahuciaron sin violencia hace cinco días. Vivía solo en un apartamento de la calle Fuencarral.

Habíamos coincidido durante dos cursos en el internado del colegio. Él venía del seminario del que trajo la costumbre de caminar para atrás cuando paseábamos por San Torcuato. Para poder mirarnos a la cara, decía. Era espigado, tenía la voz dulce, los gestos contenidos y el andar pausado como si diera los pasos sobre terciopelo. Parecía llegado de otro planeta. Aborrecía las discusiones y nos reconvenía cuando nos bullían las hormonas y les propinábamos frases subidas de tono a las chicas que pasaban: Sois como las vacas que mugen cuando ven la hierba a lo lejos. Se le amustió el ánimo después del episodio del río. Fue por mayo, estábamos Lucas, Ventura, Juanmi y yo tomando un baño en un remanso del Duero, al lado de una familia que tenía la comida dispuesta sobre un mantel a cuadros extendido en la hierba. Los dos niños jugaban en la arena. La mujer, con bañador negro y el pelo recogido en una coleta, se levantó con la toalla desplegada para recibir a su marido que chapoteaba lejos de la orilla. El marido era corpulento y tenía el cuerpo cuajadito de pelo, perdió pie cuando ya regresaba haciendo aspavientos para espantar el frío. La señora empezó a gritar con desespero. Que se lo lleva el remolino, que se lo lleva. Lucas se tiró en plancha sobre el agua y nadó hasta el punto en que el hombre había desaparecido. Buceó para encontrarlo. Pasaron unos segundos que se atascaron en el tiempo hasta que logró sacarlo a la superficie. El hombre se le agarró del cuello y los dos volvieron a hundirse. Por segunda vez Lucas consiguió que sacara la cabeza, pero se le enroscó con manos y piernas y, ambos, se sumergieron de nuevo. Del grupo, nadie más sabía nadar. Nos acercamos braceando a duras penas, sin perder pie. Juanmi tropezó y tuvimos que levantarlo. Nuestros gritos hacían coro con los de la señora. Pasaba más de un minuto y las aguas terrosas del río seguían su curso como si nada. La señora hincó las rodillas suplicando al Señor. Ventura daba puñetazos al río. Juanmi y yo, agarrados de la mano seguimos caminando sobre el limo con la raya del agua lamiendo nuestras bocas. Temblábamos. A una treintena de metros vimos emerger a Lucas que, con la boca abierta, se daba un atracón de aire. El señor apareció río abajo, en otro término municipal, veintiocho horas más tarde. Dicen que lo encontraron hinchado como un globo.

El agente judicial que levantó el acta se sorprendió porque faltaban todas las puertas y sus marcos, incluso las de los armarios. En cambio, permanecían intactos muebles, electrodomésticos, ropa, libros, cuadros, fotos enmarcadas… que tomó su tiempo enumerar. Evitó la relación prolija de los utensilios de cocina y de baño “dado su escaso valor económico para el banco acreedor”. Baste señalar, concluía, que hasta el cepillo de dientes sigue en un vaso de plástico en el estante de vidrio del baño.

Después del suceso del río, por la tarde, fuimos a la discoteca. Era la rutina de los domingos. Íbamos dispuestos a olvidar y emborracharnos. Estaba en un sótano. Lucas empezó a marearse en el último tramo de escalera. No puedo respirar, me falta el aire, sacadme de aquí. Lo arrastramos hacia arriba, peldaño a peldaño, hasta el espacio abierto de la calle. Ventura y Juanmi volvieron dentro. Me quedé con él esperando que se le pasara. No quería volver adentro. Aunque parecía un ataque de claustrofobia llegué a pensar que, tal vez, fuera una treta de Lucas. Siempre se quedaba bebiendo en la barra cuando ponían música lenta, y detestaba que, a la salida, hiciéramos alarde de las audacias en arrimos y manoseos. De hecho, cuando votamos que los domingos iríamos a la discoteca, fue el único que votó en contra. Vendimos nuestras entradas y nos fuimos a abrevar en las barras de los bares de la calle los Herreros. Dimos fin al vía crucis alcohólico en un  bar de la plaza Mayor. Allí, acodados sobre una cuba a modo de mesa, con la modorra encima, permanecimos un buen rato en silencio. Lucas miraba a un punto indefinido de los estantes donde formaban en fila las botellas de alcohol blancas, verdes y cobrizas. Cuando arrancó a hablar tenía en los ojos telarañas de agua. No podía deshacerme de él, tenía mucha fuerza, me arrastraba. Le pateé, le alcancé la mandíbula con un puñetazo, me ahogaba y seguía enroscado a mí como un pulpo. Le tuve que estrujar los huevos para que me soltase. Sorbió los mocos y pasó el dorso de la mano por la nariz. Se hundió con las manos extendidas, asiéndose al agua, y esos ojos abiertos como platos me miraban, perplejos, como se mira a un asesino.

Más arriba en el acta, el agente judicial había reseñado que, el deudor les esperaba en el portal trajeado y con corbata. El demandado había extendido en la escalera una alfombrilla roja de felpa que llegaba hasta el 2º D. Se ofreció para acompañar a la comitiva y, ante el vano de la puerta, hizo formal entrega de la posesión de la casa, excusándose por no entregar las llaves. Resulta del todo innecesario –alegó.

Esa misma mañana me llamó a la redacción mi contacto en los juzgados para contarme el extraño desahucio. No lo consideré noticiable. Hay quien se lleva los grifos, los lavabos, el parquet o, deja el piso destrozado a martillazos. Fue por prurito profesional que le pedí el nombre del desahuciado.

Al terminar el colegio Lucas se fue a estudiar a Salamanca, yo a Madrid. Mantuvimos durante unos meses correspondencia. Fui yo quien cortó la relación epistolar cuando un compañero del colegio me previno que viajaba a Zamora los fines de semana para ver a Eva, con la que yo me carteaba en plan novios en la distancia. También corté con ella en dos páginas muy dolidas plagadas de supuestos agravios. No volví a tener noticias de Lucas hasta la fiesta del veinticinco aniversario de nuestra promoción. Él no acudió. Fue en las nuevas instalaciones del colegio, el antiguo lo demolieron para levantar edificios de seis pisos. Al reencontrarnos los compañeros, a modo de saludo, nos dijimos lo bien que nos veíamos los unos a los otros. Se notaban los gestos de espanto al reconocer los estropicios en los cabellos y en las caras. Seguramente cada cual pensó  que el paso del tiempo había sido más indulgente con él. En las copas que se sucedieron tras el almuerzo, Rendueles me aseguró que Lucas era homosexual y había tenido varias parejas. Siempre fue muy discreto –añadió- pero ya en el colegio sus andares y esos gestos tan delicados suscitaban recelos y corrió algún rumor malicioso.

Cuando escuché de boca de mi informante en los juzgados las tres palabras: Lucas Pareja Seisdedos, se me volteó el estómago. El cerebro empezó a tejer y destejer imágenes de Eva con su pelo negro al viento, de sus ojos como canicas de ámbar, de los versos que me escribía y que todavía sé de memoria y, del buzón vacío que fue, durante años, la misma definición del olvido. Todavía duele en el recuerdo. Regurgité un poco del café con leche del desayuno. Cuando me rehíce busqué en los archivos del periódico y pedí a Elvira, la documentalista, que me preparara un breve informe. Lucas era un dirigente destacado de la Plataforma Anti desahucios. Allí me dieron noticia de su particular paradero y un número de móvil. No le llamé, preferí presentarme de incógnito para hacerle una entrevista.

Vivía entre Getafe y Villaverde, en el campo. Había plantado todas las puertas del piso desahuciado, con sus marcos y sus jambas, en un huerto de cien metros cuadrados en las afueras de la ciudad. El uso y disfrute de la pequeña finca le había correspondido, por riguroso sorteo, en virtud de cesión del ayuntamiento por dos años, para su solaz. Era extraño ver las puertas plantadas en el campo, sin la continuidad de las paredes. Resultaba inquietante, como esos pensamientos raros, fuera de contexto, que, a veces, se suceden en la duermevela. Formaban una figura geométrica que semejaba, vagamente, una ele dibujada con trazos discontinuos. Llamé con los nudillos a la puerta principal. Lo hice con sumo cuidado, temía que se me cayera encima. El marco era lo único anclado en tierra, no había tiradores ni vientos. Era de las blindadas, tenía el barniz picado por debajo de la cerradura. Me quedé esperando frente a la mirilla, me parecía deshonesto mirar a través de la pared inexistente. Escuché unos pasos blandos y que descorrían los cerrojos. Cuando abrió la puerta se quedó paralizado un instante. Yo lo había visto en fotos al documentarme. Él hacía más de treinta años que no me veía. No obstante, me reconoció. Nos dimos un abrazo. Pegó tanto su cara contra la mía que se le cayó el sombrero de fieltro azul. Estaba igual que en las fotos, moreno, flaco, la nariz larga, el mentón picudo, las mejillas descarnadas y el pelo largo con un cierto desaliño. Con un gesto me franqueó la entrada a un pasillo en el que florecen seis rosales dispuestos en una línea que se acoda a la derecha. Se adelantó para abrirme la puerta de la cocina, está a la izquierda, es la única que tiene un vitral traslúcido en arco. Dentro hay un espacio donde hojea un viñedo con nueve cepas dispuestas en un cuadrado de tres por tres. Al fondo de la cocina, sobre una calva de tierra, una bombona azul de camping gas con quemador y una tinaja llena de agua con una tapa de madera donde descansan tres botellas de vino. Abrió una botella de vino de Toro, Colegiata, llenó dos copas. No brindamos, ni hablamos del pasado. Me pidió que le hiciera un reportaje muy visual. Es mi forma de luchar contra los desahucios. Ya pasó el tiempo de las manifestaciones, además, en las grandes ciudades ya mandan los nuestros. Les haríamos un flaco favor con imágenes de los policías municipales repartiendo estopa mientras echan de su casa a una anciana que vive con sus nietos. Quiero crear un lugar icónico que se meta en las pupilas de la gente. Un hombre solo que vive en un huerto, sin paredes, sólo puertas. Una casa transparente, sin intimidad, donde se me puede ver mientras me ducho, leo, toco la guitarra o, cago como un animal en el zoo. Ese es el icono que busco, que la gente comprenda que a un desahuciado se le condena a regresar al estado de un animal. Ojalá los sentimientos, como esta casa, no estuvieran emparedados y fueran transparentes o, al menos, –y aquí esbozó una sonrisa- traslúcidos. Con la copa en la mano, salimos de nuevo al pasillo. Me mostró, a la derecha, el baño. Se accede por una puerta abatible de dos hojas con espacios vacíos arriba y abajo, como la de los salones de las películas del oeste. Detrás no habrá más allá de cuatro metros cuadrados en los que caben dos filas de pimientos y una de cebollas, también un cuenco de barro cocido con ribetes de esmalte azul, una regadera y un palo clavado en tierra en el que se enrosca una manga de agua. La puerta del comedor está en el pasillo, a la izquierda. Es corrediza, abierta deja ver un terreno amplio con tres espacios diferentes, uno sembrado de patatas, otro de maíz y, el tercero, reservado para una mesa de listones sueltos de madera sobre dos caballetes, y cuatro asientos de tocón de árbol, en uno de los cuales descansa una guitarra de siete cuerdas. Al salir cierra la puerta con cuidado como si tuviera miedo de que se viniese abajo, aunque me cuenta que, todos los marcos están reforzados con barras de hierro que se anclan a la tierra y se hunden más de un metro y medio. El dormitorio está al final del recodo del pasillo. Tras la puerta hay cinco camellones, tres brotados de tomates, uno sembrado de lechugas y otro de calabacines; a un lado un tablón grande con un saco de dormir azul recogido encima. Aunque no existen paredes que jalonen y dividan los espacios, las cuatro hileras de los contornos de la finca están pespunteadas de naranjos y melocotoneros, un granado, dos almendros y una higuera enorme. Las puertas de los armarios están ancladas a medio metro de los árboles que dan al baño y al dormitorio. Están cerradas, allí guarda su ropa dispuesta en perchas que cuelgan de unas cuerdas atadas a las ramas.

En el quicio de la puerta de entrada, antes de despedirme, le pido autorización para enviar a Irene, la fotógrafa que hará el reportaje gráfico. Los iconos necesitan muchas imágenes y pocas palabras, le digo. Y no te preocupes, concluyo, escribiré un reportaje muy profesional, sin rencor. Aparta la mirada y se muerde el labio inferior. Para romper la incomodidad que le han producido mis últimas palabras, le pregunto si necesita algo.

Sí, contesta irónico, no me vendría mal un bote de Tres en uno, porque las bisagras de la puerta principal chirrían y rompen el silencio del campo. Nos damos la mano, él esboza una sonrisa forzada y fría. Anudo mi brazo a su cuello y nos fundimos en un abrazo. Vuelve a pegar su cara y quedan nuestros pómulos separados sólo por el ala del sombrero. Con la voz quebrada y los labios pegados a mi oreja, me dice: Han pasado los años, pero sigues siendo igual de gilipollas. Hace una pausa, se separa y despacio, muy despacio, sube sus manos abiertas hasta mis mejillas y las aprieta con un poco de rabia. Me acerqué a Eva porque estaba enamorado de ti. Aquellos domingos que viajaba a Zamora desde Salamanca nos íbamos a pasear al bosque de Valorio. Nos leíamos tus cartas el uno al otro. Tú eras nuestro único tema de conversación. Aquella muchacha estaba loca por ti y a mí, entonces, me bastaba con estar cerca de lo que más querías. Retira las manos, arrastra con sus dedos por detrás de las orejas el pelo entrecano que todavía tiene irisaciones doradas y se da la vuelta. Antes de dar un portazo y de que el marco tiemble peligrosamente me espeta: Siempre fuiste un orgulloso y, si me lo permites, un poco estúpido. ¡Ah!, y me tiré al agua por ti, para que me admiraras un poco. Sólo por eso.

J. Carlos

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