Fervorizar

artur-estelada

Los muñidores de patrias son como los misioneros que propagan la palabra de Dios (te alabamos Señor). Se inventan un Creador de la nación, un Cielo o Arcadia feliz que se alcanzará con la independencia, y un Demonio que encarna todos los males y que llaman Imperio. Este artefacto de tres piezas, más sencillo que el mecanismo de un chupete, vale tanto para construir una patria, una ideología, una religión o un equipo de fútbol. Es fácil montarlo, lo difícil es conseguir que funcione, porque la mente de los parroquianos es débil, como la carne, y precisa de iconos o símbolos que instalen la creencia en el sistema límbico, donde bullen las emociones primarias. Ahí tienes la Cruz de los cristianos, la Kaaba del Islam, el Menoráh judío, el Escudo del Real Madrid o la Estelada de Mas y sus acólitos. El símbolo tiene la misma misión del silbato cuyo pitido hacía salivar al perro de Paulov. El artefacto armado con la espoleta de un  símbolo no obedece a leyes físicas ni a postulados racionales, se basa en la fe. Has de creerte, por raro que te parezca, que estás comiendo el cuerpo de un rebelde que ajusticiaron hace dos mil años, llamado Jesús, cuando el cura te da un trozo de oblea. Del mismo modo has de creer que, si te envuelves en una Estelada y comulgas el próximo 27 con tu voto por el sí, se sucederán los milagros: el Moisés, Artur Mas, conducirá a su grey catalana en la larga travesía del desierto y les dará a comer el maná con las coimas del 3%, separará las aguas del proceloso mar fiscal español y subirá al Montserrat, donde Rafael Casanova le entregará las Tablas de la Ley. Amén.

Sin duda, las religiones, las patrias y las ideologías tienen una innegable función social de cohesión. Son instrumentos que han contribuido decisivamente en nuestra evolución como especie, aunque no podemos obviar que en su nombre se han perpetrado las mayores carnicerías humanas y que, aún, se siguen produciendo. Estarás conmigo que hay otros elementos de cohesión social como los equipos de fútbol o los bares que resultan menos cruentos. Incluso hay otras herramientas de cohesión social totalmente pacíficas, y mucho más efectivas, como la sanidad y la educación universal, la atención a la dependencia, el acceso a la cultura, la igualdad de oportunidades, la búsqueda del talento y la aplicación del método científico. Te hablo de herramientas humanas que no tienen creadores, ni cielos, ni demonios. Te hablo de instrumentos que impulsan el progreso y el bienestar social y, con ellos, la ética y la empatía.

Los patriotas, los religiosos y los ideólogos lo tienen fácil. Colocan en los portaestandartes sus banderas, cruces, hoces y martillos para que saliven sus mesnadas y, después, los enfervorizan con arengas donde se mezcla el enemigo que nos roba con cielos azules, tierras prometidas y libertad, libertad, libertad… Sin ir más lejos, ahí tienes el ejemplo del once de septiembre: la Meridiana de Barcelona desbordada por un caudal de telas estampadas con estrellitas azules y barras rojas y gualdas y, debajo, unos cientos de  miles de personas con la prole al hombro y el cerebro inundado de oxitocina, a punto de tocar con las yemas de los dedos, como cualquier santo, el reino de los cielos.

Te lo tengo dicho, los que no profesamos la fe de las patrias sólo tenemos el mecanismo torpe del sexo para darnos un chute de oxitocina. Por no tener, carecemos hasta de banderas y de símbolos que nos hagan babear como al perro de Paulov. Y nuestras arengas no tienen garra, les falta la creencia en el Supremo Hacedor, la fe en un cielo donde esperan las huríes y el invento mágico de un enemigo que nos sojuzga. Los que no profesamos la fe de las patrias sólo nos preocupan cosas insulsas: Queremos vivir en un país en que la sanidad y la educación sean tratadas como las joyas de la corona, donde haya más investigadores de élite que deportista de élite. Soñamos con una ciudadanía crítica que no vota al corrupto ni admite en sociedad al que corrompe. Nos ilusionan unos gobernantes que fomenten la igualdad de oportunidades y la redistribución de la riqueza. Pensamos que en los medios públicos deberían tener cabida los maestros, los científicos, los filósofos, los escritores, y no la retahíla de indigentes culturales y analfabetos funcionales que los copan.

Los que no profesamos la fe de las patrias no nos gusta la nuestra del Toro de la Vega, Sálvame y los recortes, la de la ley mordaza, concertinas y desigualdad. Y nos aterran las nuevas patrias que construyen los del 3%, los mismos que votaron la reforma laboral y practicaron los recortes sociales más salvajes de la piel de toro.

Carecemos de creencias, no tenemos símbolos ni banderas y, además, nuestras propuestas son tan insulsas que no fervorizan ni al Tato así que, si queremos oxitocina, no nos queda otra que practicar sexo. ¡Qué pereza!

J. Carlos

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