Rajoy, el caballero desencarnado

RAJOY

Un día de estos nos despertarán con la mala noticia de que el cáncer de hígado ha borrado las constantes vitales de Oliver Sacks. La necrológicas se harán eco, sin duda, de estas palabras con que concluía su carta de despedida: Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura. Uno de los textos más hermosos, más humildes y con más sustancia que he leído en mi vida.

En su libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, narra la historia de La dama desencarnada. Se llama Christina, y de la noche a la mañana, pierde la noción de su cuerpo; no lo siente, desconoce la posición de sus manos, sus piernas, su tronco…, salvo que mantenga fija la vista en sus miembros. Se siente rara, desencarnada, no puede comer porque nunca sabe donde tiene la mano ni la boca, no puede dar un paso, ignora en qué posición están sus pies y sus piernas. Le diagnostican una polineuritis aguda que afectaba a las raíces sensitivas de los nervios craneales y espinales, lo que provoca la pérdida del sentido de la propiocepción. Este sentido funciona como los ojos del cuerpo y nos permite conocer, a través de la sensibilidad de cada tendón, cada músculo y articulación, en qué posición espacial está cada parte del cuerpo. Si se pierde este sentido, como le pasó a Christina, nos convertimos en un muñeco de trapo.

He visto y he oído a Rajoy estas últimas semanas, parece un hombre desencarnado. Ignoro cuál es el diagnóstico de su enfermedad, pero sus síntomas son claros: Ha perdido la percepción del cuerpo social. Parece un pelele, desarticulado, intenta llevarse la mano del trabajo a la boca y no la encuentra, quiere adelantar la pierna de la educación para dar un paso, pero ignora en qué lugar del espacio se encuentra y trastabilla, pretende llevar el brazo de la justicia hacia adelante para amortiguar el golpe y no se lo encuentra, no lo siente. Todos sus miembros son como elementos extraños pegados entre sí, desmadejados y moviéndose a cada golpe de viento como los miembros de un pelele. Sólo mueve la boca, con los labios acartonados, recitando datos macroeconómicos que le proveen el FMI, la OCDE y la UE, las mismas instituciones que le inocularon la insensibilidad al cuerpo social.

Oliver Sacks y su equipo recetaron a Christina que utilizara el sentido de la vista para posicionar cada parte del cuerpo en el espacio y, después de un año de rehabilitación y de fijar automatismos, llegó a hacer una vida casi normal. Sigue sin percibir su cuerpo pero es capaz  de que sus miembros hagan parte de lo que se requiere para vivir con una cierta autonomía, gracias a la reeducación de sus ojos y de sus reflejos.

Rajoy, el hombre desencarnado, ha preferido ignorar el cuerpo social. En vez de poner la vista en cada uno de sus extremidades para fijarlas espacialmente y trabajar la rehabilitación fomentando los automatismos reflejos, ha preferido utilizar la boca para ordenar a cada una de sus extremidades que se muevan. Como su voz no llega muy lejos, ha puesto a gritar a unos cuantos voceros jovencitos para que se desgañiten hasta ver si se hace con el cuerpo social y deja de bambolearse como un gallo sin cabeza. Es tal su desvinculación con el cuerpo que,  si un pie está a punto de hundirse por culpa del río de la corrupción, se tapa los ojos; si una mano se agita contra los recortes, procede a atarla con la Ley Mordaza; si un brazo está a punto de ser amputado por la guadaña del paro, lo ignora rebajando los subsidios; si una pierna está a punto de quedarse sin educación universitaria, le sube las tasas; si el tronco enferma le pone en la lista de espera y le exige un copago; si unos brazos están dispuestos a trabajar les sugiere que practiquen la “movilidad exterior”.

Oliver Sacks diagnosticaría a Rajoy como el caballero desencarnado porque es incapaz de percibir el cuerpo social y, seguramente, le recetaría que se quitara la venda de los ojos y mirara a cada miembro para empezar a descubrirlos. Si lo hiciera caería en la cuenta de las heridas infligidas durante casi cuatro años y observaría un cuerpo inerte, desmadejado, hecho un pelele.

Puede gritar o cantar loas a mayor gloria de sí mismo, los miembros del cuerpo social no se van a mover, necesitan a alguien que los perciba y que los sienta como propios, como se siente y se percibe el propio cuerpo.

J. Carlos

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