Conducta

Conducta

Conducta es una película cubana, dirigida por Ernesto Daranas, que ha ganado la Biznaga de plata en el Festival de Málaga de 2012, en la Sección Territorio Latinoamericano. Pertenece a esa rara avis de películas que segrega un régimen político agotado, con el cuerpo ideológico viejo y esclerotizado, no sé si para intentar la redención o porque sabe que la muerte le pisa los talones.

Es una película poderosa. Curiosamente financiada por ese régimen que, en su agonía, sigue pensando que le queda la baza de un cierto aperturismo ético que impedirá su disolución. Su factura técnica es impecable. Se sustenta en un guión redondo que cuenta con una partitura que, como las buenas obras musicales pauta los tiempos y los silencios. Entrelaza varias historias que se van sucediendo, con un ritmo sosegado, y que se sustentan las unas a las otras, multiplicando su visión dentro de ese caleidoscopio que es la vida. Está Chala, el niño protagonista, con once años, que cuida perros de pelea para dar de comer a su madre drogadicta que, seguramente, se prostituye para chutarse. Está el colegio y la maestra Carmela que antepone la realidad y el sentido común a la burocracia política y el endemismo ideológico. Yeni, la niña inteligente, hija de un palestino –que viene de otras provincias sin permiso- que apenas puede ganarse la vida y, aún, ha de sobornar a la policía para que no le expulsen de la Habana. No falta la comisaria política en la escuela, la joven y nueva maestra, el director de la escuela de conducta –que fue alumno de la propia Carmela-. Y está la Habana mísera que se levanta todos los días y trabaja, o se busca la vida, y se ríe y aguanta y chanchullea… Todo ello desgranado al través de la lectura de la carta de despedida de la maestra Carmela, en un largo flash back.

La fotografía en sepia refleja la vida pobre del barrio, como de un tiempo remoto, que contrasta con los colores del uniforme de los niños, las camisas blancas de la inocencia, los pañuelos rojos que, aunque símbolos ideológicos de la revolución, representan la pasión y la sangre de los jóvenes. El cielo tiene una azul purísimo –la esperanza y el futuro-, a veces, pespunteado de nubes blancas, que el niño mira desde la terraza donde da de comer a los perros y cuida de sus palomas mensajeras, con las que también trafica. El rojo de los abanicos con los que bailan las niñas ritmos flamencos.

Los movimientos de la cámara, lentos, audaces, con planos largos que captan, a pleno zoom, el movimiento lejano de los personajes, a través de la celosía que producen los trenes, los coches, las bicis, los carretillos o las personas que pasan delante del tiro de cámara. A veces, la lente enfoca tan lejana que llega a deformar la realidad, tal sucede cuando los vagones de los trenes  parecen rodar por vías que dibujan curvas imposibles.

El trabajo de los actores es encomiable en general, pero extraordinario en el caso de Alina Rodríguez que borda el personaje de Carmela, la maestra, con una interpretación impecable y es que, Alina tiene una capacidad sobrenatural de transmitir emoción al espectador con sus ojos, sus gestos, su voz y con su lenguaje corporal. Armando Valdés Freire, que encarna al Chala, es un prodigio de espontaneidad y logra desenvolverse con la misma naturalidad en todas las tesituras. En general la interpretación de todos los niños alcanza un grado muy notable; o son muy buenos actores o, hay que meritar el trabajo del director de casting y del propio director de la película, también pudiera ser que, los tres factores hayan confluido. Es preciso destacar también el trabajo de Juliet Cruz en el personaje de Sonia, la madre drogadicta, que no por fácil resulta menos creíble.

La localización es otro beneficio de la película. Se trata de un barrio alejado de la parte turística de la Habana, donde se desarrolla la sufrida vida “real” del pueblo cubano. Está formado por un dédalo de calles, casas, patios, plazas, colegios, monumentos, estaciones…, que forman una estampa desvaída como si hubieran salido de una postal antigua, permanecen en pie a base de  tesón, por pura necesidad, desvencijados, arruinados por el tiempo y la pobreza, pero vividos, casi agotados de tanta vida

Película que, con una apariencia modesta, como de ligereza,  resulta muy compleja por la cantidad de temas que aborda:

El tema educativo, sin adentrarse en temas conceptuales farragosos, lo sintetiza y concreta con lucidez en una lección básica de afectos, emoción y ternura. Es el relato crudo del  viaje a la madurez de un preadolescente, seguramente abocado al fracaso, a quien redime la bondad, el sentido común y la experiencia de la maestra Carmela, frente a la burocracia y la represión de la Escuela de conducta –reformatorio-. “Si se le trata como a un delincuente terminará siendo delincuente” –manifiesta Carmela-, y sigue: “La educación tiene cuatro pilares: casa, escuela, rigor y afecto”. Imposible resumir mejor la labor pedagógica. La conclusión de la película es dura, el sistema es rígido, no tiene empatía, aunque el Chala se redima, como tantos otros, los será por la heroicidad y la lucha individual de la maestra. Si bien, y esto es lo bueno, el ejemplo y la ética de Carmela termina permeando las mentes de aquellos que, por no perder el cargo, porque lo que manda el partido o, por miedo a las represalias, estaban dispuestos a cumplir con lo establecido a sabiendas de que iban a condenar al chico a una segura delincuencia.

Muestra el agotamiento de un régimen cuyo compromiso ético, como les ha pasado a tantos, ha quedado varado en las grandes palabras y no en los valores reales, y que no duda en utilizar la represión y la persecución ideológica para mantenerse.

La película no escatima los brochazos de realismo sucio que también se dan en esa pretendida sociedad “igualitaria”.  Hay alcoholismo, droga, violencia y, sobre todo, subsiste la necesidad de buscarse la vida más allá de los cauces legales, sea con la lucha de perros, la prostitución o, teniendo que emigrar al país rico del norte para gozar de una vida más cómoda. Están presentes, asimismo,  la corrupción y el acoso policial en forma de soborno al padre de Yeni por ser “palestino”. Aparecen también cuestiones adláteres como la religión, la violencia, la paternidad, la enfermedad, la lejanía, la soledad, el amor… Nunca falta el sentimiento hondo, la ternura y la crudeza salpicada con diálogos cortos, breves y, a veces, agrios como la vida misma: “No tengo tanto tiempo en el aula como el que llevan en el poder las personas que dirigen el estado” –afirma Carmela cuando quieren jubilarla-.  Una de las escenas más logradas es la de la apuesta de los dos muchachos de cruzar a nado el malecón y, cuando el niño adversario del Chala está sin fuelle, a punto de ahogarse, éste le echa un pie para que llegue hasta la boya.

El desarrollo de la película se hace lento en ocasiones, con planos largos, que reitera como si el espectador necesitara más tiempo para “meterse” en el ambiente, desconfiando, tal vez, de sus propias cualidades técnicas o, pensando que el espectador no tiene todavía claves suficientes para bucear de lleno en el relato. Al contrario, el metraje está plagado de metáforas que explican, adornan y redondean la obra. Las palomas mensajeras que cuida el Chala en la terraza del edificio donde vive y con las que también se gana la vida, son un símbolo de la falta de afectos y de la incomunicación familiar; no pude mantener una conversación con su madre, o está borracha o está cansada, no tiene padre o, mejor, no  sabe quién es su padre, cuando le pregunta a quien le paga por cuidar a los perros de pelea, le contesta que tampoco está seguro que él sea  su padre; significan también el ansia de libertad, de volar y huir de esa vida que lleva; las palomas vuelven a su mano cuando las llama, se siente importante porque hay algo que controla, algo que le responde, que hace caso a su llamada. Los perros son la violencia gratuita, pero son su medio de subsistencia y el de su madre; sabe que pueden morir en la pelea, pero se cae del caballo, como Pablo, cuando observa que uno de “sus” perros muere, pero el dueño–su posible padre- ha apostado contra él, es decir, ha hecho trampas porque ha antepuesto el dinero a la vida del perro. Los trenes viejos, caducos y lentos, que trascurren por bucles de vías, están siempre pasando, al fondo, en muchos de los planos; son una posibilidad remota de huir, pero también simbolizan la dificultad de romper con la forma de vida y una tentación latente. El lugar entre vías donde vive Yeni, allí habla con ella a solas, es un cruce de caminos que no lleva a ninguna parte, un pequeño oasis de césped y maleza, donde los dos pueden sentirse aislados, alejados de los problemas, un pequeño resquicio para la esperanza, para la huida, quizá. El abanico rojo que le regala Chala a Yeni para que pueda acariciar el aire con su mano en el vagón donde se reúnen con sus amigas a bailar; símbolo del compromiso, el te quiero que se funde con la estética del ritmo y el movimiento, con el arte y la creación que surge en medio de la fealdad y la monotonía del barrio, como la rosa puede brotar en medio de un muladar; por eso a él le gusta contemplarla, desde lejos, sin que ella le vea, bailando los ritmos flamencos con sus amigas en el proscenio de un vagón abandonado. El libro que Yeni le regala a Chala, Colmillo blanco, para que aprenda que los valores son lo más importante, incluso, que están por encima de las necesidades.

En suma, una película extraordinaria, donde la única disonancia reseñable es, que muchos  de los diálogos de los chicos se pierden para nuestras entendederas por estar grabados en exterior y, porque su lenguaje está plagado de giros y modismos urbanos de allá.

J. Carlos

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