Contrastes

IMG-20150602-WA0021El mundo encoge con el progreso como la ropa de lana con el agua caliente. No es sólo que nos hayamos convertido en una aldea global mediática que ya atisbó Herbert Marshall Mcluhan en los 70, es que te tiras un pedo en la red y suena en las antípodas al instante, como si un agujero de gusano uniera Madrid con Canberra. El mundo también ha encogido físicamente; te sientas en un avión en Barajas, tomas un café en Heathwrot y te aterrizan en un cuerno de la península arábiga, en el mismo tiempo que tardaba mi padre en salvar la distancia del pueblo a la capital, a lomos de una caballería, hace tan sólo sesenta años.

Sales del avión con la sensación de que has metido la cabeza en un horno. A partir de ahí, vas a estar saltando de burbuja en burbuja de aire climatizado; del coche al hotel, del hotel al centro comercial, del centro comercial a la noche; así que ves el desierto a través de cristaleras con veinte grados en la superficie cercana a tus ojos y casi cincuenta en la opuesta. En Salmiya, la luz es de un dorado sucio desvaído porque la gravedad no puede con el polvo de arena y se queda flotando en el aire. Ahí empiezan los contrastes. Edificios que rascan el cielo con toneladas de metal, vidrio y mármol, calcados a los de Manhattan, Berlín o París, pero que enturbiados por la luz tamizada en el velo de arena parecen gigantes en un espejismo de desierto. También están deslucidos los arcos ojivales, los minaretes y las bóvedas de los cuatro palacios idénticos que un jeque ha construido para cada una de sus cuatro esposas a dos leguas del centro de Kuwait city. Lo que más perturba la vista es la estructura urbana de aluvión sin geometría aparente, sin aceras, sin pasos de cebra ni semáforos de peatones, sin espacios para el paseo y la convivencia que no sean los religiosos de las mezquitas, o los del consumo de los centros comerciales. Desconcierta que la ciudad esté cosida por cicatrices de autopistas, insalvables para los pies, con cuatro carriles por sentido, donde los atascos se aprovechan para ligar lanzando un papel con el número de móvil de ventanilla a ventanilla. Sorprende la precariedad del transporte público, reducido a unas pocas líneas de autobuses añejos, donde los hombres y las mujeres no pueden sentarse juntos. En el desierto no hay mies que sembrar ni espigas que recoger, basta con introducir un tubo por el culo de la tierra y extraer los deshechos de las plantas y otros organismos enterrados hace varios millones de años. De ello viven, sin sembrar, casi sin trabajar, como si no hubiera un mañana. El crudo es negro y sucio pero les provee de dólares limpitos, recién impresos, mientras el sol les alumbra todos los días con una energía limpia que calienta la atmósfera a cincuenta grados y, en vez de utilizarla, la combaten con aire acondicionado quemando petróleo. Contrasta la túnica blanca (dishdash) de los hombres, tocados con un ghutra, del mismo color, que les deja a la vista el cuello y el rostro, frente al albayal y el hijab, negros, de las mujeres con que se cubren el cuerpo y se tapan el cabello y el cuello; algunas también se cubren el rostro con el niqab, dejando sólo a la vista los ojos negros de mirada brillante y profunda. Se perfilan los ojos con khol (galena molida mezclada con otros ingredientes) que penetra en el lacrimal y crea una lámina de agua en la córnea. Conturba que la mujer use un color que absorbe toda la radiación del sol y el hombre se vista con el color que la repele, pero inquieta más que la religión ordene a la mujer esconder sus formas y parecerse a un saco de harina o a un costal de grano para que el instinto de los hombres permanezca silente y la tentación decaiga. Extraña que los alminares de las mezquitas estén infestados de altavoces como nódulos en una cuerda vocal para que, desde las tres de la mañana hasta las siete de la tarde, amplifiquen la voz tronante del almuecín cinco veces llamando a la oración; del mismo modo te parece raro que, dentro de los templos del consumo (Mall), haya una habitación para elevar preces situada entre las tiendas de Zara y de Gucci, o que en el hotel haya un Corán sobre una alfombrilla doblada y, en el techo, se dibuje una flecha que indica la orientación de La Meca.

Vuelves a Madrid, donde el calor diurno del que se queja todo quisque te parece más refrescante que una noche Kuwaití. Madrid está plagada de iglesias, más de quinientas, y hay mujeres, pocas, que visten túnicas que le desdibujan las formas y tocas que esconden su cabello y su cuello. Recuerdas que has estado leyendo estos días, cuando el sol sofocaba y estabas en el hotel a la espera de que una burbuja de aire fresco te llevara de aquí para allá, Un silencio inquietante de Paul Davies, donde el científico elucubra sobre la posibilidad de que los alienígenas nos hayan dejado algún aviso, en el genoma de un virus por ejemplo; o que de las inciertas civilizaciones exteriores no quede inteligencia biológica, sólo máquinas auto replicantes que, tal vez, nos observen escondidas desde el frío espacio alimentadas por la energía de los rayos cósmicos. ¡Qué contraste¡ la ciencia sometiéndose a la prueba del algodón de la consistencia, devorando como Saturno a sus hijos cuando sus teorías no concuerdan con lo observado; mientras el Dios único, mudo, sin rostro y sin cuerpo, es omnimegasúperpoderoso y no tiene que someterse a prueba alguna, aunque a algunos incrédulos nos resulte un poco infantil su necesidad de que le hagan loas, lo adoren y le rueguen como a una diva.

Imagina que los templos fueran laboratorios, escuelas, universidades… Imagina que los imanes, los curas y los rabinos se hubieran dedicado a cultivar la inteligencia en vez de preservar en la fe. Cuánta sangre nos habríamos ahorrado por un quítame allá un versículo de más o de menos, o por un vocablo mal traducido. Cuánto odio se hubiera dejado de destilar si no comparásemos que dios la tiene más larga y mea más alto. Cuánta materia gris no se hubiera malogrado en debatir sobre el sexo de los ángeles o determinar el tipo de interpretación (Pardes) de la Torá. Cuántos cadáveres como el de Giordano Bruno o Miguel Servet no hubieran olido a chamusquina. Cuántas cabezas de millones de personas habrían permanecido sobre su cuello. Te has fijado que los dioses y sus delegados en la Tierra no suelen tener sentido del humor, y que en los templos la risa suele estar ausente. No me extraña, ambos son síntomas de escepticismo.

Hay una relato de Thomas Mann, Las tablas de la ley, donde nos alumbra un Moisés de carne y hueso, un hombre resentido, un pastor fanático que sabe apacentar rebaños. Primero convence a u grey de que están esclavizados por un enemigo común al que hay que vencer, el victimismo es la espoleta; luego les promete la Arcadia feliz en una tierra fértil y abundante; en tercer lugar, les asegura que hay un dios invisible que sólo habla con el propio Moisés, que les ha elegido de entre todos los pueblos y vela por ellos a cambio de que lo adoren y cumplan sus preceptos; por último, les transmite la ley en forma de decálogo esculpido en piedra. Moisés es fanático pero no estúpido, tiene a su lado a Josué que se encarga de la impedimenta militar y de hacer creíbles sus aparentes milagros.

Como digo, vuelves a Madrid, ha pasado una semana y los pitos al himno siguen rebotando de oreja en oreja, y sigue dando vueltas por la red, como un tiovivo, la foto con la sonrisa autocomplaciente del Moisés catalán. Ese Moisés que delira con que está atravesando el desierto al frente de su pueblo y, que el 27 de septiembre, subirá al Sinaí y no bajará hasta que su Dios le entregue las tablas de la ley. Lo que Artur Mas tal vez ignora es que, según el relato bíblico (Éxodo, Números y Deuteronomio), Moisés no llegó a pisar la tierra prometida; tampoco los hebreos que vivieron el éxodo, todos ellos murieron en el desierto. Lo que no ignora es el Evangelio de Juan, según el cual, Jesús le dice a Simón Pedro: “pastorea mis ovejas”. Artur Mas regala silbatos a su grey y la grey silba; el otro rebaño pita a Piqué en León y la grey catalana bala furiosa. Un buen mastín ha de mantener el rebaño a buen recaudo en su majada.

J. Carlos

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