La vida en un suspiro

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Es mi madre. Andará por la treintena, ya mediada. La estoy viendo reírse, sentada en un escabel sobre el poyete de la cocina, con el tronco doblado hacia adelante y las manos extendidas con las palmas buscando el calor de la lumbre. Siempre que le estalla la carcajada, cierra los ojos verdes, levanta un poco el tronco y vuelve la cara a los azulejos blancos que mi hermano y yo hemos adornado con las calcomanías que vienen en el envoltorio de lo chicles.

Es menuda, risueña, cuando viene de dar clase de la escuela de las niñas camina deprisa como si se fuera a acabar el mundo. Ya en casa se cambia en un santiamén y, juntos damos de comer a los cerdos. Voy a por el agua, ella trae el pienso, los vertemos en el comedero y me enseña a mezclarlos con una paleta de madera. Me quejo de que no me haya dado sus ojos verdes. Luego abrimos con cuidado la puerta de las conejeras y les echamos una ración de alfalfa a los conejos. Antes de preparar la cena me pone una madeja en los brazos y la va devanando en un ovillo que se hace cada vez más grande, a veces no acompaso bien sus movimientos y se rasga el hilo, tiene que atar los dos cabos con un nudo, mientras yo le vuelvo a preguntar por qué no tengo sus ojos verdes. Ella ordeña la cabra mientras yo intento sujetarla contra la pared, a veces se escapa o mete la pata en el recipiente y se desparrama por el suelo la mitad de la leche. En la lumbre me enseña a darle varios hervores, que burbujee durante varios minutos para evitar las fiebres amarillas, después de cada hervor se forma una capa de nata, si se extiende sobre una rebanada de pan y se le espolvorea unas pizcas de azúcar sabe a gloria. Eso me lo enseñó la abuela, le digo, para hacerla rabiar. No, eso te lo enseñó tu madre, y yo  vuelvo a preguntarle por qué no tengo sus ojos verdes.

Hay ritos que se suceden todos los días. Para sacarnos de la cama a los dos hermanos, abre de par en par los dos librillos de las ventanas aunque nieve, luego comienza una batalla que madre siempre gana, ambos nos aferramos a las mantas y ella termina arrebatándolas y quedamos a la intemperie. Después de lavarnos en la palangana con el agua a punto de congelación, nos peina con una onda sobre la frente y nos pellizca los carrillos para que nos salgan los colores. Por la tarde hay que hacer un dictado del Miranda Podadera, aunque siempre salgan una decena de palabras que no has oído en tu vida. Por la noche antes de acostarnos madre mete unas piedras pulidas entre las brasas, cuando están calientes las saca con unas tenazas de hierro, las envuelve en una talega de tela y las introduce debajo de las sábanas.

Un día padre trajo de la capital una caja de cartón con la tapa salpicada de agujeros como pequeños cráteres, contiene una docena de pollitos amarillos, todos apelotonados alrededor de una bombilla encendida. Madre me conduce la mano, dentro de la caja consigo asir uno, está calentito como el pan recién hecho, tiene la pluma muy suave, se le desboca el corazón de miedo, lo suelto. Me está haciendo un jersey de rombos y hay que probárselo, le falta una manga entera y la otra tiene todavía las agujas enhebrando los puntos de la lana. Estate quieto, te tira un poco de la sisa. No voy a tener lana suficiente, vas a tener que ir mañana a por otra madeja, con lo que sobre te haré unos guantes.

En el otoño se desgranaba el maíz sobre la mesa camilla, se hacía con los pulgares o frotando con otra mazorca limpia, siempre acudían otras mujeres, amigas, familiares y vecinas; se formaba una parva de grano y si las palabras tuvieran consistencia se habría formado otra parva más grande con ellas. Por los Santos hacía dulce de calabaza, ella echaba el azúcar y yo removía con un cucharón aquella pasta de melaza sobre el fuego. En Navidad me compró mis primeros pantalones largos y los reyes siempre traían huchas en forma de bota o de casa; todavía conservo aquella que tiene pintada una ventanilla con su cajero y todo, si la abres le sale una bandeja, pones sobre ella la moneda, la empujas y se traga la moneda y se cierra la caja. En carnavales se horneaban madalenas y bollos, ella me enseñó a  preparar los recipientes de papel de las madalenas, con sus cuatro esquinas como picos de pájaro. En primavera me hacía pantalones cortos y chaquetillas de lana. En verano subía a la era con el pañuelo cubriéndole parte de la cara y el sombrero de paja, estaba mal visto que el sol oscureciera su piel tan blanca, nos traía el almuerzo en la fiambrera. Fue una noche de verano que murió mi padre, estábamos acarreando y el carro volcó, me tocó a mí aporrear con los nudillos, a las tantas de la mañana, los vidrios de la ventana del dormitorio de madre. Salió espantada y ya nunca fue la misma, desde entonces se le fue la risa.

Ahora está sentada viendo la tele, con los brazos cruzados, recostada sobre un cojín, casi tumbada. Los ojos verdes, apagados, con la voz débil y el temperamento entero. Y me roban hijo, entran porque tienen copia de las llaves aunque hayas cambiado la cerradura. Son muy listas, pero nunca me hacéis caso. Son malas.

El día que reúne fuerzas suficientes o el Bromazepán le ha rebajado los niveles de ansiedad, salimos a la calle cogidos de la mano como dos novios, se apoya con la otra mano sobre un bastón con la contera muy gastada. Camina despacito, el pelo muy blanco y muy fino formando una onda por encima de la frente, como la que nos enseñó a peinar de pequeños. Si no veo hijo, no veo. En la farmacia le toman la tensión y al despedirse les dice, adiós hijas, seguramente no os volveré a ver. Se le quiebra la voz y le lagrimean lo ojos. De vuelta le pregunto por La Torrecilla, aquel pueblo de Huesca donde ejerció el magisterio por unos años cuando apenas había iniciado la veintena. Me relata todos los pormenores, tiene un prodigio de memoria donde caben todos sus alumnos con todas las anécdotas y toda su parentela. Por momentos le vuelve la risa y los ojos verdes que no me dio se le encienden como dos ascuas.

J. Carlos

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Una respuesta a “La vida en un suspiro

  1. Pilar, una mujer luchadora con el corazón dolorido por tantas dificultades.Pero Dios la ppremió con dos hijos extraordinarios. Angélica

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